lunes, 16 de marzo de 2009

Satanás y el Destino

Señoras y señores: pongámonos metafísicos hoy. Estamos todos ante una crisis constante, una crisis diaria: Aquél que no cree en que tenemos un solo destino imperturbable no puede creer en un Dios todopoderoso.

Aun cuando creamos que Dios nos da el libre albedrío para acomodar nuestros actos a Su voluntad, es obvio que Él ya sabe —y siempre ha sabido— nuestras causas y nuestros efectos. Si creemos que podemos cambiar el destino, siento mucho decirlo, somos llanamente satánicos.

Primeramente, recordemos la mitología que rodea a Satanás: los ángeles no tienen alma, no tienen personalidad y mucho menos voluntad, son mensajes (“ángel” en hebreo es “mensaje”), son la Palabra de Dios, una especie de software espiritual.

El ángel que Milton llamó Lucifer se rebeló contra Dios (este acto personal sólo puede explicarse por la voluntad divina: Él provocó la rebelión) y cometió el primer pecado y fue expulsado del Paraíso, arrojado al abismo.

Muchos intérpretes y teólogos (Elaine Pagels, Rocco Sifredi) creen que la rebelión de Satán es un calco o eco de la rebelión de Adán, que decide tomar el fruto del árbol de la ciencia. Yo creo que son la misma cosa, la misma crónica de una sola caída del orgullo, sólo que el Antiguo Testamento es muy chico para que cupieran ambas.

Satanás, un mero mensaje —no un mensajero—, un poema, no un poeta, comete el pecado de pensar que puede trascender su destino de instrumento. Ese debería ser el pecado original, y en cierta forma lo es: Adán quiso desatarse del destino único de ser feliz e ignorante y es castigado.

Aparte de este pecado, el papel de Diablo no es tan malvado en el resto de las Escrituras, es el tentador, el acusador, sus pecados no son ofensas directas, son menores: nunca lo vemos matando o violando a alguien: en muchos sentidos Hitler, Stalin y Porfirio Díaz son más malos que el Diablo.

Otra teoría interesante —aunque es gnóstica, ergo herética y mariguana— es que la serpiente es Cristo, es decir, el destructor del viejo código, el que dijo que la verdad nos hará libres (y salvos). Su seducción de Adán y Eva es el Evangelion y el Dios dictatorial del Edén es el demiurgo malvado, una emanación muy pero muy lejana del Dios verdadero.

Pero volvamos al punto. El único y constante pecado satánico es asumir que podemos vencer nuestro destino. La Escritura lo comprueba: Satanás sabe que perderá la guerra final contra Dios, pero sigue intentando juntar las huestes del Armagedón con cada una de nuestras almas.

Los tiempos modernos, que entronizan el progreso, nos han enseñado que podemos abrirnos el camino por nosotros mismos, triunfar, rebasar nuestro destino. Nos enseña la inconformidad y nuestros derechos inalienables.

Pero nosotros llevamos todo muy lejos y nos pensamos libres de los hilos férreos de Dios, independientes del programa invencible que tenemos pegado, atenazado en cada célula como minúsculas bombas de tiempo. Se nos olvida la muerte y cómo ella deja en ridículo todos nuestros planes y escupe en la cara de nuestro progreso.

La crisis y el dilema están aquí: nuestros actos de resistencia contra el único destino que conocemos, la muerte, son los que nos hacen humanos: no podemos dejarnos morir sólo porque está escrito en nuestros cuerpos como una ley de hierro.

La Iglesia medieval inventó una excusa respetable: debemos vivir para demostrar con nuestros actos que somos cristianos. Sin embargo, olvidaban que el mismo Cristo nos aseguró que nuestros actos no garantizan nada y con sólo creer somos salvos. Entonces ¿qué demonios hacemos con el resto del tiempo?

¿Cómo podemos aceptar nuestro destino (diseñado por Dios con todos sus detalles) sin comprometer nuestra vida humana? Señores, señoras, esta pregunta ha estado flotándonos entre las orejas como una polilla gorda y ruidosa por milenios. Y parece que no hay respuesta. Me gusta revolver los frijoles pútridos del espíritu. Por joder, nada más.

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