miércoles 4 de noviembre de 2009

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viernes 9 de octubre de 2009

El Nobel de Obama

Esta mañana desperté temprano porque tenía una junta del trabajo. Con modorra y la boca repleta de microbios fui al baño, calenté algo para desayunar y abrí mi periódico, que no es de papel, sino es mi Google Reader.

Leí sobre muertos por una avalancha de lodo en Asia y algo sobre Heidi Klum bañada en chocolate. No fue BBC Mundo ni El Imparcial.com ni CNN Latinoamérica, fue Facebook el que me dio la noticia. Alguno de mis amigos contactos de Facebook puso algún chiste en su mensaje público personal que decía algo como "El Premio Nobel para Obama?" seguido de algo "chistoso".

Usando el gesto universal de sorpresa me tallé mis legañosos ojos y decidí ir a una fuente más confiable que la jungla de quizzes y "frases" de celebridades y personajes ficticios. En varios sitios web noticiosos encontré que sí. Mi negro había ganado el Nobel "por sus esfuerzos extraordinarios por reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos".

Al volver a Facebook vi que más personas comentaban informal y brevemente el galardón del presidente de USA. Todos demostraban un inédito vitriol hacia el significado de este premio. El consenso es que Barack Obama "no ha hecho nada."

Y es cierto. Incluso los escritores y actores del programa gringo Saturday Night Live, conocidos por sus tendencias liberales y por ser cada año menos chistosos, homenajearon la idea de un Obama inactivo con un sketch en el que un actor, caracterizado como el bruno presidente, dice cosas como
"Hay gente de la derecha que piensa que voy a convertir este país en algo parecido a la Unión Soviética, pero no se preocupen. No va a suceder. Nomás chequen lo que he logrado en mis nueve meses como presidente: Nada."
El entremés cómico continúa con el Obama postizo recordándonos que prometió cerrar Guantánamo y no lo ha hecho. Prometió que retiraría las tropas de Irak y no ha ocurrido. Prometió mejorar la situación en Afganistán y al parecer "la situación está incluso peor".

Y si bien es cierto que las promesas no han sido cumplidas tenemos que mantener en mente que los presidentes, en democracias como la nuestra y la de nuestros vecinos gordos y pecosos del norte, dependen de las decisiones de senadores, los que se suponen son portadores del deseo de los votantes.

Los senadores y congresistas del partido demócrata, al cual pertenece Obama, son desde 2007 una mayoría en las cámaras de la nación, así que debería ser fácil que las propuestas de leyes y reformas de leyes pasaran fácilmente por el ancho paso que le debería dar tener a sus compadres en los curules decadentes del poder.

Pero, como diría Santa Anna, nel.

Los senadores y congresistas del partido demócrata son famosos por ser agallinados y miedosos ante los cabrones racistas grandes y enojones de los del partido republicano, el partido que representa los intereses de la derecha y el conservadurismo en los Estados Unidos.

Aun siendo mayoría se puede ver cómo los republicanos amedrentan a los demócratas con sutiles tácticas de miedo o con la más común y efectiva arma de los cabilderos, esos parasíticos doppelgangers que se trepan en las espaldas de los políticos y los convencen de apoyar cierto interés específico, independientemente de la inclinación en el espectro político del interpelado.

La acción no es, entonces, una facultad que Obama puede realizar a placer. Es como si me regañaran porque no me quedé en Europa con mi esposa. No es tan fácil. Tengo que pasar por los funcionarios migratorios que me impiden quedarme más de ciertos días, tengo que terminar mi semestre en la escuela, etcétera. Ergo, no es culpa mía directamente estar inactivo, hay otras instancias de poder aparte de mi voluntad y mis posibilidades reales.

En caso de que sí me creas, amargo lector, que Obama no tiene la culpa de estar atado de manos en un país donde no lo quieren, entonces todavía puedes tener de manera muy comprensible la pregunta "¿Pero por qué chingados le dieron el premio Nobel?"

Y es la pregunta de todos. No he visto más de dos o tres comentarios que ven la premiación de Barack Obama como algo agradable o positivo. El consenso es que no lo merece. Que los premios Nobel son un fraude. Que Vargas Llosa nunca lo recibió y por qué Obama sí (Porque Vargas Llosa es un asco, ¡hi, hi, hi!), que se lo dieron como consuelo por haberle negado las Olimpiadas en 2016. Que por qué se lo dan si él inventó la influenza (¿¿¿WTF???)

Nadie, al parecer, recuerda que en 1992 Los Angeles se levantó en violencia por la paliza que la policía de la ciudad le propinó a Rodney King. Esa fue la primera vez que supe que existía tal cosa como discriminación racial en los Estados Unidos. Me parece increíble que estas cosas hayan ocurrido durante mi vida consciente, a finales del siglo XX.

Y claro, todos somos muy políticamente correctos y no queremos decirlo, pero yo lo voy a decir: ¿Le dieron el Nobel a Obama porque es negro? Sí, yo creo que sí.

Pero en este caso no es por vergüenza retroactiva, no es como compensación por el trato precario hacia los negros durante toda la historia de los Estados Unidos, no. Obama ha logrado cerrar el primer candado de la integración negra: llegó al primer puesto de servicio público en su país.

Y también digno de celebrar es el hecho de que canceló el combo republicano que los conservadores efectuaron en su país desde la salida de Clinton en 2001 y que mantuvo al mundo en la desastrada administración del tristemente cómico George W. Bush.

Tenemos que pensar en cómo la presidencia de Barack Obama va a afectar el futuro de las relaciones raciales en Estados Unidos y el mundo. Así que su Nobel no es resultado de lo que en verdad no ha hecho como presidente, sino por lo que logró el día en que las boletas lo declararon el primer presidente perteneciente a una minoría de su nación.

Claro, si Hillary Clinton hubiera ganado yo tendría la misma opinión: que le den un premio Nobel por romper la férrea frontera que ha mantenido a nuestro vecino del norte sin una sola mujer en su catálogo de 44 presidentes. Eso fue lo grandioso de las elecciones gringas de 2009, ganara quien ganara, iba a ser histórico, mientras no ganara McCain, templo de la senectud.

A largo plazo veremos que Obama sí se habrá merecido su Nobel. No como otros casos, como por ejemplo el de Henry Kissinger, quien ganó el premio Nobel de la paz por razones que se escapan de mis más profundas lógicas.

Addendum: En el episodio más reciente de Saturday Night Live el mismo actor, revestido de la misma pantomima de Obama, hizo otro sketch en el que dijo:
"Gané el premio Nóbel de la Paz por una razón: No ser George Bush."

domingo 20 de septiembre de 2009

Si Dios es el principio y el fin, ¿quién está en medio?

"¡Sabe Dios cuán melancólico es este universo!" -Jean Baudrillard

Imagen y semejanza del hombre, para algunos; representación de valores e incluso vicios humanos, para otros; muerto en el siglo XIX en manos de la sociedad burguesa europea presuntamente cristiana; muerto de una fe inane, muerto precisamente cuando más se hablaba de Él; velado a lo largo de todo el siglo XX y hoy resucitado como el eterno simulacro del silencio que queda después de todo.

Dios-trascendencia

Este Dios ha sido siempre el Otro, el enteramente Otro. No se acerca, ni se confunde con su creación, pero nos espera al fin de semana como vislumbre de esperanza. Dios dominguero y apocalíptico. Siempre es y está más allá, más allá de la ideología, la política, la moral y –contra todo pronóstico— más allá de la religión. Más allá siempre de todo, este Dios barbado y lleno de días no existe: este Dios es. Sólo existe aquello que tiene un principio y tendrá, necesariamente, un fin. Así, bajo esa lógica, sólo existe su creación, sus efectos y sus actos. Y Dios es una piedra de toque ontológica.
Le preocupan poco las especulaciones de filósofos, teólogos y metafísicos. Dios no sabe teología. Dios no es bueno, sino que todo lo que Él hace es bueno, porque pues… ¡es Dios! Más que razonamiento circular, más que petición de principio, más que eco de la famosa sentencia pascaliana sobre Dios como una circunferencia inabarcable, esta noción de Dios no es más que un síntoma: el afán instintivo por negar la contingencia y el caos de nuestra existencia, puestos de manifiestos por el escepticismo moderno resumido en la frase de Antoine Roquetin: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad”.
Absoluta alteridad y densa eternidad. Hoy este Dios se ve apabullado por el azar, asediado por el sospechosismo y la crisis de legitimidad, estresado a causa de su deteriorada imagen pública. Dios tiene ya, a estas alturas, muy mala prensa. Ante esto, la alambicada sucesión de discursos sobre Él lo han convertido en una vital hipótesis, en un placebo, un personal Jesus, un Instant karma serial, democrático y globalizado. El Dios infinito y personal se ha travestido en un Dios concreto e intersubjetivo, así que ha presentado su renuncia como gestor cósmico. Ha cedido, matizado su omnipresencia y, hastiado de su trascendencia celestial, ha cruzado el umbral que nos separaba de su mano para transfigurar el reino, el reino invisible de Dios, en un antidepresivo. Es hoy Dios-prozac.

Dios-inmanencia

A contrapelo de tales antropomorfismos, este Dios no demanda nuestra fe, obediencia o corazón, ni siquiera un asentimiento intelectual. Demanda una suerte de mínimo reconocimiento de la energía que compone el universo. La energía es el universo, la energía es Dios, una energía diseminada ahí donde alguna diseminación es posible. No demanda: seduce, insinúa, se disemina entre las muescas, las cavidades, los resquicios. Dios es una muesca, una cavidad, un resquicio y es a la vez todo lo que rodea a éstos. Dios no es esto/o sino esto y/o.
Todo es un flujo divino, con lo cual deja de tener sentido la idea de algo esencialmente humano. Es un Dios transversal, transdivino, transpolítico, transexual, transgenérico. No está más allá de los fenómenos, sino, en tanto que pulsación básica, implícito en ellos: en un río, en una mesa inerte, en las moscas sobre el cadáver, en una nube en el horizonte, en la sonrisa de una mujer que muerde una naranja, en la mugre de este teclado oprimido ansiosamente. La complejidad nuestra de cada día.
Pero nos cansa tanta divinidad concreta y tanta mierda abstracta. Este Dios es una vaguedad inasible. Las oraciones no son escuchadas, sino conmutadas. Invocarle es conectarse a la corriente y el flujo energético, ponerse on line. Es negociar el karma de los acontecimientos, la sucedánea de las voluntades y las almas. Este Dios se representa siempre como un excedente, un significante empacado y listo al final en la línea de producción en la espera del significado.

Dios-indiferencia

Más allá de la esencia o la existencia, la eternidad o la temporalidad, queda sólo una postura irreductible, una forma superada del ateísmo, del antiteísmo y del agnosticismo. Queda, después de toda la parafernalia espiritual, el vacío que no sabe de sí, inconsciente, plácido, feliz después de haber renunciado involuntariamente a la voluntad de divinidad. Queda ese no saber qué se quiere y no querer saberlo, esa forma de la sobrevivencia que ayuda a bien morir, sabiendo que la muerte es la única certeza. Considerando nuestra peculiaridad como especie, queda, en esta época posthumana, rendir culto de manera fervorosa a la indiferencia, el Dios verdadero.

lunes 3 de agosto de 2009

Si el amor es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?

Que fue inventado en el siglo XII, dicen los historiadores. Que no es bonito, dice un viril estamento. Que, según el vals peruano, es preferible el odio a su verdadero contrario: la indiferencia. Que a todos les duele. Etcétera.

Amor-pasión

Ya no nos parece intrigante que el amor se nos revele como una sublimación freudiana del sexo. O peor aún, como una mera noción darwinista: reproducirnos con fines netamente evolutivos. La tentativa de Eros posee la paradoja de aspirar a arrasar el cuerpo. Los sexos, los géneros, las razas, la especie. Hastiados de la metafísica del alma, ahora sólo creemos en la metafísica del cuerpo. Somos, después de todo, adictos a la metafísica sin apellidos. Un verso de Gilberto Owen: “Por la carne también se llega al cielo”. Hoy ya no sólo queremos la liberación del deseo, sino ser partícipes de la construcción del placer –la invención de nuevos placeres. El romance y el hedonismo fundidos primera vez. Aspiramos a la concreción, el momento extático que, de no perpetuarse, busca vanamente su reproducción infinita hasta morir por debilidad o tedio. El acto estereotípicamente amoroso (una carta, un beso, una sonrisa) como una prórroga de los acontecimientos vulgares o sublimes. Es el punto de inflexión, el eslabón perdido entre significante y significado. Un lenguaje transparente.
Se sabe: este patetismo constructivista no es, en realidad, sino la perversión de las relaciones cordialmente sociales, civilizadas, profilácticas y asépticas. Después vendrá el control de daños. Conscientes de nuestra propia alienación, somos los esclavos voluntarios en la dictadura de las emociones y los afectos. El ritual de apareamiento es siempre el mismo y la reinvención individual no es sino la trampa insospechada bajo el disfraz de sentimiento soberano. Una persuasión sutil del destino. Este amor es el vértigo de una ausencia, la plenitud de eso que llamamos individualidad o esencia, ese proceso de subjetivación que se arropa en este o aquel rostro. Es una correspondencia. Este amor, se afirma sin decir, es un flujo del que nadie es responsable y, por lo tanto, todos somos víctimas.

Amor-razón

Ennoblecidos o enternecidos, somos también tremendamente dependientes, como todos los mitos, del substrato religioso, ese sentimiento oceánico que todo lo envuelve. Es un logos, un filos, acaso un ágape. Pero no es un acto de fe o salto al vacío, sino la abdicación, el sacrificio: el deber y la misión de amar. Su aspiración es ideal y no se contamina en las accidentes del tiempo y la materia. Más allá de lo real, se pretende trascendental. Es un arcaísmo que se reactualiza al instante. Lúcido, racional –mas no razonable—, no atiende al interés individual, se desprende de sí mismo hasta la abyección, habitando un cuerpo más conceptual que concreto. Es discreto. Sus máximas son bíblicas y sabias, estoicas y socráticas. Tajantes y rigurosas como el poema-silogismo de Alejandro Jodorowsky:
Si no me amas, te mataré.
Si no me amas, haré que me ames.
Si no me amas, esperaré a que me ames.
Si no me amas, yo te amaré.
En cuestiones de enamoramiento, todos somos más platónicos que aristotélicos. Creemos en la divinidad del orden preestablecido, como en un poema renacentista o barroco. Todo es una estrategia del sentido, siempre atemporal e intuido, un zigzag sistemático mediado por la lógica atroz de la obsesión. No es la forma de la correspondencia, sino la de la pura conciencia. No el cuerpo, sino la mente. No el amor, sino la idea del amor. Su metafísica es la de una continua operación, no una realización. Es una proyección cotidiana de la utopía de poetas y filósofos. Es sin principio ni fin: eterno, atemporal. Fracasado, es trascendental sin trascender: no trasciende a, se remonta a antes del bullicio y del mundanal ruido, cuando aún no era inventada la vergüenza, el tú y el yo, el sexo y sus géneros, el vestido, la conciencia, el día y la noche, antes de los cuerpos y las almas. Antes de la palabra Dios. Es un acto memorioso y es, siempre, la memoria más presente. Es conciencia y, sin embargo, no distingue un desvelo sosegado o cuándo inicia o termina un pensamiento, obsecado ante un cristalizado, más ideal que real.

Amor-verdad

Es probable que este juego dual sea falaz y arbitrario –lo apolíneo y lo dionisíaco como forma irresoluble. Tal vez lo único real sea su arbitraria metamorfosis. Es también probable que esta ilusión vital encarnada en el acto o sentimiento amoroso, no sea sino un ejercicio de prestidigitación. Nunca una mentira o un engaño, sino un discurso estratégico: la crítica de la economía política del mundo. Es el chantaje afectivo, un verdadero acto de terrorismo en un mundo que no quiere ser salvado, sino que lo dejen en paz, impasible ante la misma pregunta. El amor, para decirlo todavía más ampulosamente, nunca es verdad, sino un efecto de verdad.