miércoles, 18 de febrero de 2009

Poesía amorosa II

“Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo, es quizás el más perfecto poema en castellano jamás escrito. Habla de la trascendencia espiritual del sentimiento amoroso. Escrito sobre la tensión neoplatónica que ve al alma como prisionera en el cuerpo mortal y atraída hacia las esferas cósmicas de la belleza, desarrolla el tema de la invasión de la muerte y el posterior viaje al inframundo. Sin embargo, el alma se rebela y a pesar de que bebe en las aguas del olvido, aún conserva la pasión por el cuerpo amado, no por su idea platónica.


La pérdida del respeto a la “ley severa” de la muerte, convierte a este poema de Quevedo en uno de los más sublimes, porque eleva el amor a un estatus inmortal, filosofía que hoy en día coexiste con el juramento matrimonial de “hasta que la muerte nos separe”. Así, aunque el cuerpo se degrade, y aunque se ame a un ser condenado a perecer (y no se profese con tal intensidad ese sentimiento a Dios), el alma conservará el deseo y la pasión amorosa intacta: “Serán cenizas, mas tendrán sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”.


Así, con el transcurso del tiempo se ha transformado la idea o representación del amor occidental. En las cumbres del romanticismo, William Blake expresa una terrible conciencia mística donde el odio de Dios es el origen del amor: para él, toda pasión de esta índole deriva forzosamente de un acto cruel y sanguinario, de negación.


Edgar Allan Poe en el tierno poema “Annabel Lee”, aunque necrófilo, canta un amorío infantil, en el cual los ángeles le arrebatan a su Annabel por envidia a la pasión que se profesan. Más aún: el poeta afirma que a pesar de la fuerza divina de los ángeles o a los influjos satánicos de los demonios, tal poderío no podrá separar sus almas.


Por las mismas vías, López Velarde habla en su extraordinario poema “Hormigas” de un amor que corre el peligro de consumirse a sí mismo, como una supernova. Insta a la amada a consumar el encuentro carnal antes de que muera o antes de que él la deje de amar con tal pasión: “Antes de que deserten mis hormigas, Amada, / déjalas caminar camino de tu boca / a que apuren los viáticos del sanguinario fruto”.


Décadas después, Neruda, en estilo sáfico, habló en su poema “Ángela Adónica”de la satisfacción del deseo como paralelo a la paz del Paraíso. No es extraño que los versos se dediquen a la descripción de la joven virgen a quien, bella como los ángeles, se relaciona con el jardín del Edén y toda ella sea, místicamente, “un oculto fuego”. Las representaciones del amor han sido tantas que aun perviven en el imaginario colectivo.


Como ha definido con precisión Octavio Paz en “La llama doble”: la idea del amor es una representación que se inventa, que cambia y que cada sociedad vive de distintas maneras; mientras que el sentimiento siempre ha estado con nosotros, inseparable desde épocas que se pierden en la sombra de lo incierto.

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