domingo, 15 de febrero de 2009

Poesía amorosa I

La poeta Safo de Lesbos es considerada la más importante exponente de la poesía lírica arcaica. De sus nueve libros, sólo se han podido conservar fragmentos. Su poesía habla del amor como una fuerza irrefrenable que se apodera del amante, lo que se conoce como “estar fuera de sí”, y que obliga al enamorado a hacer cosas inusitadas con tal de conquistar al objeto de sus cuitas. Inventora de la estrofa sáfica, la Musa de Lesbo heredó a occidente la noción de que el deseo amoroso insatisfecho es equivalente a morir en vida: “Un sudor frío me cubre y un temblor me agita / todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba, / pálida”.


Petrarca, el gran poeta italiano de la Edad Media, cantó a la belleza platónica de Laura y transmitió los tropos, los temas y la filosofía del canto dolce stil novo a la estirpe española del Siglo de Oro. Perfeccionó el soneto, que más tarde Juan Boscán introduciría al castellano. Fundió los temas clásicos con la influencia del cristianismo, con lo cual la belleza se manifestaba a través de imágenes contrapuestas que reflejaban la perfección y armonía a la cual conducía el amor puro.


Para Petrarca, el ideal de la estética divina se manifestaba en los aspectos físicos y espirituales de la mujer amada. Dio forma a la tradición del amor cortés, que consiste en la ambivalencia del cortejo y el padecer, ambos idealizados. Fue quien mejor supo explorar las contradicciones del amor como un estado sublime, pero doloroso: por lo primero, en razón del éxtasis de amar a un ser perfecto; por lo segundo, debido a que la belleza de lo que se ama lo torna inalcanzable: “Benditas las palabras con que canto / el nombre de mi amada; y mi tormento, / mis ansias, mis suspiros y mi llanto”.


En la era de oro de la poesía en lengua española, Lope de Vega escribió sonetos amorosos sobre los padecimientos y el mundo del engaño. Fiel a la contradicción de que enamorarse implica el riesgo de no ser correspondido, Lope abundó en la soledad que late detrás de las múltiples ilusiones del amor y en lo efímero de la existencia.


El cruel desengaño que existe en toda experiencia amatoria es la única realidad, de ahí que insistiera en que el amor es: “beber veneno por licor suave; / olvidar el provecho, amar el daño; / creer que un cielo en un infierno cabe”. Pero a pesar de que somos seres finitos, y que la pasión desaparecerá algún día, a pesar de la naturaleza ilusoria de ello, el amante se empeña, fuera de sí, a “hablar entre las mudas soledades” y así atreverse convertir a lo que es mortal en una permanencia divina, en un claro acto de impiedad: “Pedir prestada sobre fe paciencia / Y lo que es temporal llamar eterno”.

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