martes, 11 de septiembre de 2007

ESPECIAL: S-11

Hace 6 años dos aviones se estrellaron deliberadamente en las Torres del World Trade Center en Nueva York y otro más en el edificio del Pentágono en Washington. Ante los hechos no siempre se ha tomado una postura definida u honesta. Las series de televisión norteamericanas, en su momento, omitieron cualquier referencia a las Torres Gemelas y se retiró, por aquel tiempo, un promocional de la película Spiderman que mostraba los dos edificios. A final de cuentas, ambas actitudes, tanto la de mostrar en exceso como la de ocultar de forma deliberada la escena de las Torres Gemelas, devinieron en una narrativa del miedo.

Uno de los máximos escritores de nuestra época, Don DeLillo, escribió en 1977 una novela titulada Jugadores, que en cierta forma vaticinó el mundo después de los ataques del 11 de septiembre. Se trata de una pareja frívola que cansada de su vida moderna decide aventurarse en la gran ciudad de Nueva York. Ambos terminan relacionándose con terroristas y con una pareja de homosexuales, en un mundo lleno de vicio y odio. Ante la creciente violencia que alcanzan a presenciar, y que han contribuido a crear, permanecen indiferentes. DeLillo es quien ha hablado de una “narrativa del terror”, aduciendo que anteriormente se pensaba que los artistas, tales como Kafka o Duchamp, contribuían a crear una conciencia social, en el sentido que escribían sobre un mundo cada vez más en decadencia y guiando nuestro futuro. Los terroristas han comenzado a ocupar el lugar de los artistas, ejerciendo una influencia determinante en las grandes ciudades e imponiendo una mentalidad de miedo en el orden mundial.

Tanto la reiterada transmisión de las escenas, ese 11 de septiembre, como la omisión de cualquier referencia al suceso, más allá de la trillada frase de respetar a los que murieron (como si en África o en Medio Oriente no murieran personas por causas ideológicas) han generado, desde entonces, una situación de miedo que ha comenzado a regular el comportamiento de las personas. Sobre todo, ha sido una situación que se ha convertido en la coartada ideal del sistema norteamericano. No es necesario repetir que fue deliberada y decididamente infundada la invasión de Estados Unidos a Irak. Lo importante es que ambos movimientos, tanto el ataque como la invasión, han configurado el orden global emergente en el mundo. El caos, la violencia y, ante todo, el miedo, comienzan a regular la política internacional, en un clima de sospecha y amenaza constante.

Con ello, ante una conciencia atemorizada, no es raro ver el surgimiento de la mentalidad paranoica. Cualquier cosa puede ser leída como un acto deliberado de ataque, de sedición y amenaza. La descomposición del mundo es inminente y tanto la presencia en nuestras televisiones de la constante imagen de los aviones estrellándose, así como la ausencia de cualquier referencia al hecho, no podrán cambiar nunca la historia ni mucho menos el mundo en que vivimos. Aunque la mayoría de las personas se esfuercen por creer lo contrario.


Mundo en llamas

Uno de los retos más grandes del mundo global es la tolerancia. La sociedad norteamericana, que ha impuesto a través de su cultura una visión cinematográfica de la violencia, se enfrentó a la imagen de la realidad islámica fundamentalista golpeando el corazón mismo de su nación. Fue inverosímil, pero posible, porque no se trataba de una película. Hoy en día los sucesos de 2001 corren el riesgo de ser vistos de forma indiferente, incluso, de forma eufórica, como si fuera un film de Oliver Stone. No sería raro. El miedo que se ha difundido no tiene que ver con el evento concreto del 11 de septiembre, sino con su corolario: el del uso de la tecnología del mundo occidental contra sí mismo.

Los artistas, ante los sucesos, han reaccionado de diversas maneras. Muchos han denunciado que también debemos contemplar la contraparte del mundo y hacernos una idea de la vida en Medio Oriente. Blur, a los pocos meses de los atentados, organizó un concierto en beneficio de los muertos en Afganistán, donde participó Radiohead y Michael Stipe. En Nueva York, semanas después, se organizó un concierto donde participaron U2, Audioslave y Live.

El proceso en cine y literatura fue algo más lento. En diciembre de 2001 Don DeLillo publicó En las ruinas del futuro, una extraordinaria reflexión sobre el atentado y su influencia en la vida norteamericana. En el 2003, se editó Windows On The World, de Frédéric Beigbeder, una de las novelas más decentes que se han escrito sobre el 11 de septiembre, a pesar de que su autor es francés. Michael Moore estrenó Fahrenheit 9/11 en 2004, quejándose de la invasión a Irak y de las sucias trampas conspirativas del poder. Ese mismo año pudimos ver en el cine La guerra de los mundos, una nueva lectura, magistral para quien lo haya notado bien, del libro de H. G. Wells a la luz de los atentados y de la narración del terror que va imponiendo lentamente en el orden global. También un poeta zen, Thich Nhat Hanh, escribió uno de los poemas extensos más hermosos sobre los ataques: Rest in Peace. Dentro de poco veremos en el cine United 93 y en literatura la gran novela de Lawrence Wright, The Looming Tower.

Las brutales raíces del poder, manifestado en miedo, se extienden desde la geografía hasta el mismo espacio de la conciencia, hasta terminar normando el comportamiento y hostilizando las relaciones entre las culturas. Un mundo en fuego, precisamente, es el que tenemos en frente. Pero no hay que tenerle miedo porque ¿cuándo ha sido de otro modo? Pienso que la tecnología nos dio, a finales del siglo pasado, una confianza ciega hacia ella. Nos hicieron creer que nos volvía una sociedad fuerte y protegida. Aún hay personas que profesan eso como una nueva religión. Este miedo ha comenzado a percibirse como una conciencia flotante —que no ha emergido del todo— acerca de que la tecnología puede aniquilarnos de una forma definitiva, en cualquier momento, en cualquier parte. Una destrucción tal daría miedo, porque pareciera que persigue la finalidad divina de imponernos un castigo ineludible: el de no poder arrepentirnos de todos los pecados que occidente nos ha hecho cometer.

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