domingo, 2 de septiembre de 2007

Recuerdos de un México bronco

Yo recuerdo con mucha fuerza los días en que mi madre tenía que ir a las reuniones del sindicato de trabajadores. Y qué curioso, cuando recuerdo a ese niñito moreno y peinado de librito, con las rodillas gordas y la camisa fajada, me siento dentro de una película neorrealista italiana.

Y es que, aunque cueste trabajo creerlo, hace veinte años México era un lugar completamente distinto al que es ahora, pero no por las razones obvias del desarrollo y la revolución informática y el libre mercado; es por razones más crípticas. Antes vivíamos en un México bronco que se ha ido domando.

Y cuando digo que se ha ido domando no me refiero a que las cosas mejoren. Me refiero a que poco a poco nos hacemos quisquillosos, paranoicos y sanitizados. Recuerdo muy bien haber ido con algún tío medio aburguesado a un banco, y los cajeros y cajeras esgrimían en sus labios enormes cigarrillos encendidos. Recuerdo a mi maestro de tercero de primaria hablar de los Niños Héroes con marlboro en mano, echando el humo hacia una ventana abierta.

¿Qué pasaría hoy si se supiera de un profesor de primaria con esa conducta? ¿Dónde están las grandes juntas sindicales donde todos se hablaban de "compañero" (camarada habría sido demasiado descarado). Ubi sunt, me pregunto, ubi fuckorum sunt? Tiempos pasados no fueron mejores, pero sí a veces extraño ese matiz torpemente militar y patriótico del México ochentero.

Y esto no se acabó hace mucho. Yo llevé clases en 1997 en las cuales alumnos y maestros fumaban dentro del aula. Hoy a todos nos parecería increíble, y sólo ha pasado una década. ¿A dónde dejamos nuestra actitud bronca para cambiarla por una de corrección política e higiene?

Mujeres y hombres se vestían y peinaban mal, sólo los ricos tenían aire acondicionado, así que todos los rostros adultos que conocí en mi infancia tenían un brillo de sudor y grasa que ya no encuentro en los rostros de hoy. Era un México que parecía socialista, pero por supuesto que no lo era, un México indomable, pero no por eso bueno, más bien deforme, triste y completamente incómodo.

No sé cómo mis padres aguantaron esa mezcla de machismo e indeterminación de los setenta años de PRI, de los sindicalistas, de los políticos de guayabera, de números telefónicos de cinco dígitos, de fraudes flagrantes, de un mundo sin Internet.

A veces me dan ganas de regresarme, pero no como quien regresa al paraíso perdido, sino como el hombre que ha encontrado un hogar pero siente ganas de irse un rato al tugurio, al gueto, al arrabal: tirarse un rato en el lodo.

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