sábado, 15 de septiembre de 2007

Lolitas

Como siempre, los arquetipos se repiten y repiten de cultura en cultura, más allá de las diferencias de matiz, de los detalles, del lugar y el momento histórico en que se manifiestan. La Lolita de Nabokov no es sólo una figura que represente y connote el otro lado del puritanismo de los Estados Unidos de esa época en que se escribió la novela, su desfogue sexual o la sublimación de la pederastia y el estupro. Es además el mito de la niña erótica, de la sexualidad precoz, de una sensualidad juvenil, natural y tentadora, que se admira desde la antigüedad en figuras como la ninfa.

Sin embargo, aún ahora, inicios del siglo xxi, posee resonancias en esta época y refleja síntomas de un fenómeno: el culto a la juventud, que aunque no parece exclusivo de estos últimos tiempos, sí posee actualmente amplia difusión y un diferente cariz si se compara con el de siglos y aún décadas anteriores.

En tanto que constante mítica, se ha idolatrado siempre a la juventud porque siempre se ha temido la muerte; sin embargo, como manifestación de una cultura y una época determinada, sí son importantes las particularidades en este fenómeno.

La Lolita de Nabokov viene a poner un nombre genérico a esas niñas que proliferaron a partir de los años cincuentas, o al menos eso se pensaba. Más allá del libro y las dos versiones cinematográficas, ahora viene a nombrar un anhelo y un miedo, una fantasía y un pavor. Se concreta con ella una imagen perturbadora que funge de materia artística y cliché de pornografía: las tiernas ninfas con ropa de colegialas, jóvenes inflamadas de sensualismo que gritan por ser desvirgadas en su falda tipo escocesa; seres en los que está latente el placer, que en su sensualidad inocente, en sus formas de mujer que apenas despiertan y que se fingen inconscientes de su poder, con sus ropas aún infantiles, resultan aún más perturbadoras…

En este juego de símbolos y de relaciones ilícitas sublimadas, la fantasía masculina adivina, sospecha, teme que detrás de esos sensuales ángeles inocentes se esconda la alevosía y la malicia; cree la paranoia varonil que esa “naturalidad” hacia la sexualidad es sólo aparente, un juego, una trampa que tienden estas mujeres-niñas con el fin de lograr la seducción que después se niega. Es el juego-delito en el que pueden mostrarse crueles y divertirse, para después negar que quisieron entrar al juego. Dentro de ese mito y la dinámica que se crean algunos hombres –y que ciertas jóvenes terminan por asumir—, terminan por diluirse los límites entre víctimas y victimarios, lo mismo que las fronteras entre fenómeno y representación.

Queda claro que los mitos, Lolita en este caso, tienen tanto de discurso como de fantasía realizada, de concreción dentro de fenómenos sociales. Pienso en la sociedad eroto-materialista que las crea y las incluye en sus engranajes para el solaz de los consumidores activos y pasivos de lo que el mercado erótico produce. Son víctimas y victimarias según el punto de vista: si se considera lo que el estupro tiene de ilegal, son víctimas, más aún si son atrapadas a través del chantaje; si se las ve como provocadoras y detentadoras de la seducción y los placeres telúricos del sexo, son victimarias.

Pero aun en caso de que se valgan de su poder sobre hombres que tienen debilidad por ellas, eso no las haría del todo victimarias. En todo caso, es el orden entero el que les da ese poder, un poder aparente, un poder simbólico, mítico. Ellas son producto de esa industria erótica. De ahí surgen.

En esa industria terminan por corromperse, por dañar o dañarse. Lolita surge para darle nombre a este mito de las sociedades burguesas de la posguerra, de las sociedades bien, de sus clases medias decorosas. Aunque ahora a veces pareciera sólo una opción más en el mercado, dicho en forma fría, no deja de esconder realidades tormentosas detrás.

Vistas así las cosas, el origen del fenómeno, y lo que auspicia su pervivencia, es un orden de sustratos míticos y económicos: tabúes, erotoconsumismo, pervivencia de la idea de pecado, sublimación de lo ilícito, sexo ligado a muerte de forma indisoluble. Y en su construcción mítica subyace sobre todo eso último: Muerte y sexo, el sexo que como nunca significa muerte; la unión de principio y fin. Humbert no deja de dibujarse como un triste animal moribundo, que acaba corrompiéndose del todo en manos de una niña, aunque en realidad es él mismo quien se autodestruye.

Lolitas. La sociedad les rinde pleitesía, son el eje sobre el que se mueven los goznes del placer en la sociedad. Su culto representa el miedo a la vejez, el pretexto para comprar y vender más. Todos aspiran a envejecer pero sin arrugarse, sin engordar. Las mujeres quisieran que sus formas permanecieran gráciles, angostas, ser como las Lolitas. Muy pronto se dan cuenta de que tal cosa es imposible, y algunas de ellas descargan toda su frustración y su envidia en las hijas, como Charlotte Haze, la madre de la joven en la novela.

El mercado del erotismo, y la publicidad en general, trafica con ellas de forma sutil o abierta… Las muestra a cada momento, siempre vestidas de colegialas, como en los cómics, telenovelas, porno. Ellas se ven así, en el centro de la atención y caen en cuenta de su lugar privilegiado, de su poder. Pero la fantasía masculina las sataniza, las vuelve el mito de la inocencia aparente, el mito de la crueldad disfrazada.

Son bellas y malignas como todo lo bello. Merecen venderse para acariciarse; su voluptuosidad lo pide, aunque ellas no lo pidan. La paranoia del hombre, de algunos hombres, les hace creer que algún día esos demonios los tirarán a la basura como deshacerse de una cosa inservible. Quieren tomar la revancha antes de que suceda. Y por eso las compran, las usan mientras son jóvenes, y las cambian por otras, todo con un furor que se parece al odio, que se parece al materialismo. Con odio y ansia, como avizorando la sed y la muerte.

El mito de las Lolitas como símbolo y producto es omnipresente en estos días; se vuelve imagen, icono, en la pornografía que a veces vemos disfrazada. Igual fuerza tiene el culto a la juventud y el miedo a la muerte que está detrás de éste. A su vez, el mito es algo que se concreta en quienes pagan servicios sexuales con jovencitas, más aún en los depredadores sexuales que buscan a estas jóvenes en sus ambientes habituales: en las escuelas, en los parques, en los cines. Cobra nombre en Nabokov, cobra figura visual en los cuadros de Balthes.

Es posible leer estas ideas del culto a la juventud casi teorizadas por Michel Houellebecq en su novela Las particulas elementales. Es posible imaginarlas en los ojos de los hombres, los transeúntes que persiguen con la vista a las jovencitas ágiles que van por entre el gentío de las calles, con las formas intactas de la juventud, con su actitud despreocupada.

Carmen Martínez

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