viernes, 21 de septiembre de 2007

¿Que viva México?

Me pregunto qué se le habrá metido dentro a Sergei Eisenstein una mañana fría de 1929 para despertarlo con resortes metafísicos picándole los lomos y hacerle decir: “¡México es la ley, voy a hacer una película sobre México!” ¡Que Viva México!, una película de Eisenstein (famoso por su filme El Acorazado Potemkin) que se fecha en 1932, pero que en realidad el influyente director ruso nunca vio, nunca editó y nunca terminó.

En un lance típico de Eisenstein (qué snob sonó esa frase), esta película muda describe las luchas de los estratos más bajos de la sociedad en un mosaico de imágenes de la fotografía más dramática y delicada posible en su tiempo. La versión disponible desde 1977 es una edición libre del material del ruso.

Y es que Eisenstein no contaba con que México no es un paraíso de sarapes y hospitalidad, hermosas “senoritas” y hombres honestos. México es como esa casa tranquila de The Texas Chainsaw Massacre, donde todo parece en orden y en paz, pero que en realidad hospeda a un psicópata con motosierra que se pone una máscara hecha con la cara de un muerto.

A nadie le gusta aceptar que México es un país hostil y salvaje; el inicio de la Revolución Mexicana fue, tal vez, el único momento de lucidez de la nación desde 1521. El resto de las veces los mexicanos hemos mostrado nuestra incorruptible voluntad de aguantar cualquier tipo de abuso de la autoridad, cualquier injusticia, cualquier acto de corrupción.

El estoicismo del mexicano es tan extremo que ya ni siquiera es chistoso: es bueno poder presumirle a un español, a un alemán o a un gringo que no nos enchilamos con unas cuantas gotas de salsa Tabasco o que 38 grados centígrados es considerado buen clima. Pero una cosa es ser estoico y otra es ser apático, y una falta total de fe en causas, efectos y justicia es el mal de todos los que estamos atenazados entre los Estados Unidos y Guatemala. ¿Que viva México? No me hagas reír, ruso.

El error de los comunistas, rojos y progresistas del pasado ha sido considerar México un paraíso de sinceridad, tolerancia y paz tropical. En su viaje juvenil por Sudamérica el che Guevara encontró en la población explotada de Chile Bolivia, Venezuela una mina de rebelión y justicia. Si hubiera llegado a México en sus tiernos años vería el mismo sufrimiento, pero sin la chispa de revolución de los vecinos del sur.

Algo se perdió definitivamente cuando la Revolución Mexicana nunca terminó. El conflicto se desvaneció poco a poco en las manos de los hombres fuertes sonorenses que le dieron la espalda a Tierra y Libertad pasaron a ocupar el lugar de los latifundistas y caciques que erizaban los bigotes de Emiliano Zapata.

Hoy día estamos emasculados e idiotizados. No olvidemos que hace pocos días una alta autoridad responsable de la transparencia de las elecciones de 2006 fue destituido de su cargo por incompetencia, dando mucho, pero muchísimo campo a especular que algo muy malo pasó durante los comicios. Vamos a imaginar qué habría pasado en Dinamarca si los daneses se enteraran de eso. Imaginen qué habría pasado en Canadá, en Japón, en España.

Estas quejas se han escrito en innumerables ocasiones en incontables medios, pero claro, yo escribo más bonito que los camaradas rojillos inflamados y politizados, más elegantemente que los perredistas hinchados de datos, que los pejistas con fotos del ídem en sus cabeceras. Yo escribo desde la vergüenza, desde la imposibilidad de explicarle a mis amigos extranjeros por qué en México somos un hato de cobardes que no se escandaliza por fraudes, violencia de Estado o por la brecha entre ricos y pobres.

El PRI nos trajo lo peor del comunismo y lo combinó con décadas de un sistema al que no se le puede llamar capitalista, sino salvaje, selvático, azteca, tributario, cavernícola. Como costumbre heredada, en México hacemos todo mal, a medias o no lo hacemos. Tenemos los valores de un escandinavo del siglo XVI, y las condiciones de vida de un campamento de la guerra civil estadounidense.

México es como mi hijo psicópata. Por más que los que lean esto me digan “pues quédate en los Estados Unidos, hijo de puta” no lo voy a hacer. Me quiero quedar cerca y observarlo hacer tonterías e inexplicables extravagancias. Me voy a quedar viendo cómo se mueve como una rata muerta rellena de hongos y gusanos que la hacen hervir en un movimiento inédito y fantasmal. Me quedo para ver en qué para todo esto. Me quedo y me lamento y me enojo, por qué demonios no.

Eisenstein se fue de México atribulado y atarantado. El gobierno le hizo tortuoso el procesote filmación y lo acosó incesantemente por su militancia comunista. No pudo terminar, como dije, su película sobre la gloria y bondades de México. Llegó a la frontera en Tamaulipas con su cajuela llena de pornografía y mientras lo arrestaban por indecencia probablemente decía, en crasa y libertina traducción del ruso: “Como sea, oficial, pero sáquenme ya de este país, por la puta madre”.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Lolitas

Como siempre, los arquetipos se repiten y repiten de cultura en cultura, más allá de las diferencias de matiz, de los detalles, del lugar y el momento histórico en que se manifiestan. La Lolita de Nabokov no es sólo una figura que represente y connote el otro lado del puritanismo de los Estados Unidos de esa época en que se escribió la novela, su desfogue sexual o la sublimación de la pederastia y el estupro. Es además el mito de la niña erótica, de la sexualidad precoz, de una sensualidad juvenil, natural y tentadora, que se admira desde la antigüedad en figuras como la ninfa.

Sin embargo, aún ahora, inicios del siglo xxi, posee resonancias en esta época y refleja síntomas de un fenómeno: el culto a la juventud, que aunque no parece exclusivo de estos últimos tiempos, sí posee actualmente amplia difusión y un diferente cariz si se compara con el de siglos y aún décadas anteriores.

En tanto que constante mítica, se ha idolatrado siempre a la juventud porque siempre se ha temido la muerte; sin embargo, como manifestación de una cultura y una época determinada, sí son importantes las particularidades en este fenómeno.

La Lolita de Nabokov viene a poner un nombre genérico a esas niñas que proliferaron a partir de los años cincuentas, o al menos eso se pensaba. Más allá del libro y las dos versiones cinematográficas, ahora viene a nombrar un anhelo y un miedo, una fantasía y un pavor. Se concreta con ella una imagen perturbadora que funge de materia artística y cliché de pornografía: las tiernas ninfas con ropa de colegialas, jóvenes inflamadas de sensualismo que gritan por ser desvirgadas en su falda tipo escocesa; seres en los que está latente el placer, que en su sensualidad inocente, en sus formas de mujer que apenas despiertan y que se fingen inconscientes de su poder, con sus ropas aún infantiles, resultan aún más perturbadoras…

En este juego de símbolos y de relaciones ilícitas sublimadas, la fantasía masculina adivina, sospecha, teme que detrás de esos sensuales ángeles inocentes se esconda la alevosía y la malicia; cree la paranoia varonil que esa “naturalidad” hacia la sexualidad es sólo aparente, un juego, una trampa que tienden estas mujeres-niñas con el fin de lograr la seducción que después se niega. Es el juego-delito en el que pueden mostrarse crueles y divertirse, para después negar que quisieron entrar al juego. Dentro de ese mito y la dinámica que se crean algunos hombres –y que ciertas jóvenes terminan por asumir—, terminan por diluirse los límites entre víctimas y victimarios, lo mismo que las fronteras entre fenómeno y representación.

Queda claro que los mitos, Lolita en este caso, tienen tanto de discurso como de fantasía realizada, de concreción dentro de fenómenos sociales. Pienso en la sociedad eroto-materialista que las crea y las incluye en sus engranajes para el solaz de los consumidores activos y pasivos de lo que el mercado erótico produce. Son víctimas y victimarias según el punto de vista: si se considera lo que el estupro tiene de ilegal, son víctimas, más aún si son atrapadas a través del chantaje; si se las ve como provocadoras y detentadoras de la seducción y los placeres telúricos del sexo, son victimarias.

Pero aun en caso de que se valgan de su poder sobre hombres que tienen debilidad por ellas, eso no las haría del todo victimarias. En todo caso, es el orden entero el que les da ese poder, un poder aparente, un poder simbólico, mítico. Ellas son producto de esa industria erótica. De ahí surgen.

En esa industria terminan por corromperse, por dañar o dañarse. Lolita surge para darle nombre a este mito de las sociedades burguesas de la posguerra, de las sociedades bien, de sus clases medias decorosas. Aunque ahora a veces pareciera sólo una opción más en el mercado, dicho en forma fría, no deja de esconder realidades tormentosas detrás.

Vistas así las cosas, el origen del fenómeno, y lo que auspicia su pervivencia, es un orden de sustratos míticos y económicos: tabúes, erotoconsumismo, pervivencia de la idea de pecado, sublimación de lo ilícito, sexo ligado a muerte de forma indisoluble. Y en su construcción mítica subyace sobre todo eso último: Muerte y sexo, el sexo que como nunca significa muerte; la unión de principio y fin. Humbert no deja de dibujarse como un triste animal moribundo, que acaba corrompiéndose del todo en manos de una niña, aunque en realidad es él mismo quien se autodestruye.

Lolitas. La sociedad les rinde pleitesía, son el eje sobre el que se mueven los goznes del placer en la sociedad. Su culto representa el miedo a la vejez, el pretexto para comprar y vender más. Todos aspiran a envejecer pero sin arrugarse, sin engordar. Las mujeres quisieran que sus formas permanecieran gráciles, angostas, ser como las Lolitas. Muy pronto se dan cuenta de que tal cosa es imposible, y algunas de ellas descargan toda su frustración y su envidia en las hijas, como Charlotte Haze, la madre de la joven en la novela.

El mercado del erotismo, y la publicidad en general, trafica con ellas de forma sutil o abierta… Las muestra a cada momento, siempre vestidas de colegialas, como en los cómics, telenovelas, porno. Ellas se ven así, en el centro de la atención y caen en cuenta de su lugar privilegiado, de su poder. Pero la fantasía masculina las sataniza, las vuelve el mito de la inocencia aparente, el mito de la crueldad disfrazada.

Son bellas y malignas como todo lo bello. Merecen venderse para acariciarse; su voluptuosidad lo pide, aunque ellas no lo pidan. La paranoia del hombre, de algunos hombres, les hace creer que algún día esos demonios los tirarán a la basura como deshacerse de una cosa inservible. Quieren tomar la revancha antes de que suceda. Y por eso las compran, las usan mientras son jóvenes, y las cambian por otras, todo con un furor que se parece al odio, que se parece al materialismo. Con odio y ansia, como avizorando la sed y la muerte.

El mito de las Lolitas como símbolo y producto es omnipresente en estos días; se vuelve imagen, icono, en la pornografía que a veces vemos disfrazada. Igual fuerza tiene el culto a la juventud y el miedo a la muerte que está detrás de éste. A su vez, el mito es algo que se concreta en quienes pagan servicios sexuales con jovencitas, más aún en los depredadores sexuales que buscan a estas jóvenes en sus ambientes habituales: en las escuelas, en los parques, en los cines. Cobra nombre en Nabokov, cobra figura visual en los cuadros de Balthes.

Es posible leer estas ideas del culto a la juventud casi teorizadas por Michel Houellebecq en su novela Las particulas elementales. Es posible imaginarlas en los ojos de los hombres, los transeúntes que persiguen con la vista a las jovencitas ágiles que van por entre el gentío de las calles, con las formas intactas de la juventud, con su actitud despreocupada.

Carmen Martínez

martes, 11 de septiembre de 2007

ESPECIAL: S-11

Hace 6 años dos aviones se estrellaron deliberadamente en las Torres del World Trade Center en Nueva York y otro más en el edificio del Pentágono en Washington. Ante los hechos no siempre se ha tomado una postura definida u honesta. Las series de televisión norteamericanas, en su momento, omitieron cualquier referencia a las Torres Gemelas y se retiró, por aquel tiempo, un promocional de la película Spiderman que mostraba los dos edificios. A final de cuentas, ambas actitudes, tanto la de mostrar en exceso como la de ocultar de forma deliberada la escena de las Torres Gemelas, devinieron en una narrativa del miedo.

Uno de los máximos escritores de nuestra época, Don DeLillo, escribió en 1977 una novela titulada Jugadores, que en cierta forma vaticinó el mundo después de los ataques del 11 de septiembre. Se trata de una pareja frívola que cansada de su vida moderna decide aventurarse en la gran ciudad de Nueva York. Ambos terminan relacionándose con terroristas y con una pareja de homosexuales, en un mundo lleno de vicio y odio. Ante la creciente violencia que alcanzan a presenciar, y que han contribuido a crear, permanecen indiferentes. DeLillo es quien ha hablado de una “narrativa del terror”, aduciendo que anteriormente se pensaba que los artistas, tales como Kafka o Duchamp, contribuían a crear una conciencia social, en el sentido que escribían sobre un mundo cada vez más en decadencia y guiando nuestro futuro. Los terroristas han comenzado a ocupar el lugar de los artistas, ejerciendo una influencia determinante en las grandes ciudades e imponiendo una mentalidad de miedo en el orden mundial.

Tanto la reiterada transmisión de las escenas, ese 11 de septiembre, como la omisión de cualquier referencia al suceso, más allá de la trillada frase de respetar a los que murieron (como si en África o en Medio Oriente no murieran personas por causas ideológicas) han generado, desde entonces, una situación de miedo que ha comenzado a regular el comportamiento de las personas. Sobre todo, ha sido una situación que se ha convertido en la coartada ideal del sistema norteamericano. No es necesario repetir que fue deliberada y decididamente infundada la invasión de Estados Unidos a Irak. Lo importante es que ambos movimientos, tanto el ataque como la invasión, han configurado el orden global emergente en el mundo. El caos, la violencia y, ante todo, el miedo, comienzan a regular la política internacional, en un clima de sospecha y amenaza constante.

Con ello, ante una conciencia atemorizada, no es raro ver el surgimiento de la mentalidad paranoica. Cualquier cosa puede ser leída como un acto deliberado de ataque, de sedición y amenaza. La descomposición del mundo es inminente y tanto la presencia en nuestras televisiones de la constante imagen de los aviones estrellándose, así como la ausencia de cualquier referencia al hecho, no podrán cambiar nunca la historia ni mucho menos el mundo en que vivimos. Aunque la mayoría de las personas se esfuercen por creer lo contrario.


Mundo en llamas

Uno de los retos más grandes del mundo global es la tolerancia. La sociedad norteamericana, que ha impuesto a través de su cultura una visión cinematográfica de la violencia, se enfrentó a la imagen de la realidad islámica fundamentalista golpeando el corazón mismo de su nación. Fue inverosímil, pero posible, porque no se trataba de una película. Hoy en día los sucesos de 2001 corren el riesgo de ser vistos de forma indiferente, incluso, de forma eufórica, como si fuera un film de Oliver Stone. No sería raro. El miedo que se ha difundido no tiene que ver con el evento concreto del 11 de septiembre, sino con su corolario: el del uso de la tecnología del mundo occidental contra sí mismo.

Los artistas, ante los sucesos, han reaccionado de diversas maneras. Muchos han denunciado que también debemos contemplar la contraparte del mundo y hacernos una idea de la vida en Medio Oriente. Blur, a los pocos meses de los atentados, organizó un concierto en beneficio de los muertos en Afganistán, donde participó Radiohead y Michael Stipe. En Nueva York, semanas después, se organizó un concierto donde participaron U2, Audioslave y Live.

El proceso en cine y literatura fue algo más lento. En diciembre de 2001 Don DeLillo publicó En las ruinas del futuro, una extraordinaria reflexión sobre el atentado y su influencia en la vida norteamericana. En el 2003, se editó Windows On The World, de Frédéric Beigbeder, una de las novelas más decentes que se han escrito sobre el 11 de septiembre, a pesar de que su autor es francés. Michael Moore estrenó Fahrenheit 9/11 en 2004, quejándose de la invasión a Irak y de las sucias trampas conspirativas del poder. Ese mismo año pudimos ver en el cine La guerra de los mundos, una nueva lectura, magistral para quien lo haya notado bien, del libro de H. G. Wells a la luz de los atentados y de la narración del terror que va imponiendo lentamente en el orden global. También un poeta zen, Thich Nhat Hanh, escribió uno de los poemas extensos más hermosos sobre los ataques: Rest in Peace. Dentro de poco veremos en el cine United 93 y en literatura la gran novela de Lawrence Wright, The Looming Tower.

Las brutales raíces del poder, manifestado en miedo, se extienden desde la geografía hasta el mismo espacio de la conciencia, hasta terminar normando el comportamiento y hostilizando las relaciones entre las culturas. Un mundo en fuego, precisamente, es el que tenemos en frente. Pero no hay que tenerle miedo porque ¿cuándo ha sido de otro modo? Pienso que la tecnología nos dio, a finales del siglo pasado, una confianza ciega hacia ella. Nos hicieron creer que nos volvía una sociedad fuerte y protegida. Aún hay personas que profesan eso como una nueva religión. Este miedo ha comenzado a percibirse como una conciencia flotante —que no ha emergido del todo— acerca de que la tecnología puede aniquilarnos de una forma definitiva, en cualquier momento, en cualquier parte. Una destrucción tal daría miedo, porque pareciera que persigue la finalidad divina de imponernos un castigo ineludible: el de no poder arrepentirnos de todos los pecados que occidente nos ha hecho cometer.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Recuerdos de un México bronco

Yo recuerdo con mucha fuerza los días en que mi madre tenía que ir a las reuniones del sindicato de trabajadores. Y qué curioso, cuando recuerdo a ese niñito moreno y peinado de librito, con las rodillas gordas y la camisa fajada, me siento dentro de una película neorrealista italiana.

Y es que, aunque cueste trabajo creerlo, hace veinte años México era un lugar completamente distinto al que es ahora, pero no por las razones obvias del desarrollo y la revolución informática y el libre mercado; es por razones más crípticas. Antes vivíamos en un México bronco que se ha ido domando.

Y cuando digo que se ha ido domando no me refiero a que las cosas mejoren. Me refiero a que poco a poco nos hacemos quisquillosos, paranoicos y sanitizados. Recuerdo muy bien haber ido con algún tío medio aburguesado a un banco, y los cajeros y cajeras esgrimían en sus labios enormes cigarrillos encendidos. Recuerdo a mi maestro de tercero de primaria hablar de los Niños Héroes con marlboro en mano, echando el humo hacia una ventana abierta.

¿Qué pasaría hoy si se supiera de un profesor de primaria con esa conducta? ¿Dónde están las grandes juntas sindicales donde todos se hablaban de "compañero" (camarada habría sido demasiado descarado). Ubi sunt, me pregunto, ubi fuckorum sunt? Tiempos pasados no fueron mejores, pero sí a veces extraño ese matiz torpemente militar y patriótico del México ochentero.

Y esto no se acabó hace mucho. Yo llevé clases en 1997 en las cuales alumnos y maestros fumaban dentro del aula. Hoy a todos nos parecería increíble, y sólo ha pasado una década. ¿A dónde dejamos nuestra actitud bronca para cambiarla por una de corrección política e higiene?

Mujeres y hombres se vestían y peinaban mal, sólo los ricos tenían aire acondicionado, así que todos los rostros adultos que conocí en mi infancia tenían un brillo de sudor y grasa que ya no encuentro en los rostros de hoy. Era un México que parecía socialista, pero por supuesto que no lo era, un México indomable, pero no por eso bueno, más bien deforme, triste y completamente incómodo.

No sé cómo mis padres aguantaron esa mezcla de machismo e indeterminación de los setenta años de PRI, de los sindicalistas, de los políticos de guayabera, de números telefónicos de cinco dígitos, de fraudes flagrantes, de un mundo sin Internet.

A veces me dan ganas de regresarme, pero no como quien regresa al paraíso perdido, sino como el hombre que ha encontrado un hogar pero siente ganas de irse un rato al tugurio, al gueto, al arrabal: tirarse un rato en el lodo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...