domingo, 12 de septiembre de 2010

Notas sobre el Himno Nacional Mexicano, parte 2 de 2


Usted puede leer la primera parte de este ensayo aquí.

En primer lugar, aun cuando la pareja ganadora de los concursos es, oficialmente, Bocanegra y Nunó, durante el mes de septiembre de 1854 el himno se “estrenó” en distintas ocasiones y con distintas versiones: el 11 de septiembre de 1854 el himno hizo su debut, pero, cosa curiosísima, Bocanegra cambió en su totalidad la letra del poema y lo convirtió en un adulador homenaje a Santa Anna. La música era aquella compuesta por Bottesini. Santa Anna, a fin de cuentas, no asistió a este evento.

El quince de septiembre se cantó por primera vez el Himno Nacional como lo conocemos hoy, es decir, con la letra de Bocanegra y la música de Nunó. Santa Anna no estuvo presente, pero la combinación fue un éxito.

El 24 y 27 de septiembre se cantó públicamente el himno de Bocanegra con música creada por el compositor mexicano Luis Barragán; esta vez Santa Anna está presente, pero el pueblo siente que esta versión no es la mejor. Bocanegra y Nunó resultan vencedores por concurso y por clamor público (Cid y Mulet 27-8).

Un año después, en 1855, el Plan de Ayutla arroja a Santa Anna del país para siempre; los liberales, la Reforma, y una serie de cambios radicales llegan por sorpresa a unos sorprendidos y temerosos Bocanegra y Nunó. Éste renuncia a su cargo. Bocanegra se oculta y deja en casa a su esposa e hijos, a quienes visita furtivamente en episodios de su vida que llegan a ser verdaderamente novelescos (idem 39-40). Benito Juárez, al llegar al poder, decide conservar el himno íntegro, incluso la estrofa:
Del guerrero inmortal de Zempoala
te defiende la espada terrible,
y sostiene su brazo invencible
tu sagrado pendón tricolor.
Él será del feliz mexicano
en la paz y en la guerra el caudillo,
porque él supo sus armas de brillo
circundar en los campos de honor.
Cabe notar que esta estrofa se refiere a Santa Anna, el caudillo de Zempoala. Juárez mismo, refiriéndose a las estrofas “políticamente incómodas” del Himno, dijo: “¡Ya el pueblo se encargará de suprimirlas, no cantándolas!”, cosa que, de hecho, ha ocurrido. Hubo un decreto oficial que en 1968 cambia la extensión de lo que debe ser cantado del Himno Nacional Mexicano: se eliminan las estrofas con referencia a Santa Anna e Iturbide y se conservan las estrofas más sencillas (para más detalles sobre los cambios paulatinos al himno, véase Nacional Anthems of the American Republics).

En las estrofas del Himno que reverencian a Agustín de Iturbide (considerado aún por los conservadores del siglo XIX como un gran héroe y un modelo a seguir) se nos confronta con las ideas contradictorias de Bocanegra, inscrito al Partido Liberal. Los versos que loan a Iturbide dicen lo siguiente:
Si a la lid contra hueste enemiga
nos convoca la trompa guerrera,
de Iturbide la sacra bandera,
mexicanos, valientes seguid.
Aun cuando Nunó dirigió un par de conciertos para los efímeros emperadores de México, Maximiliano y Carlota, no tardó en dejar el país; huyó a Cuba y poco después fijó su residencia en Buffalo, Nueva York.

Por su parte, González Bocanegra estaba sumamente ocupado en morir, cosa que sucedió tras las tétricas cortinas de la fiebre tifoidea el 11 de abril de 1861. El poeta tenía 37 años. Nunó regresaría a México en 1901, y aun tendría fuerzas para, antes de morir, componer la “Marcha heroica Porfirio Díaz”.

Hoy en día pocos ven el Himno Nacional como un poema. El último intento serio de verlo como un fenómeno literario criticable fue de Joaquín Antonio Peñalosa, y su acercamiento, rancio y romántico, está acompañado por la obra de Juan Cid y Mulet, quien escribió una melosa historia del Himno Nacional en su libro Mexico en un Himno, y es, sin duda, espeluznante ver a Bocanegra y a Nunó convertidos en personajes literarios envueltos en la gramática latinizante y en las múltiples exclamaciones retóricas de este par de historiadores cursis.

Una explicación para estos acercamientos parciales e idílicos al Himno está en la fecha de publicación de ambos: 1954, precisamente a cien años del estreno del Himno Nacional; ambos libros son producto de un requisito oficial, y su auditorio ideal es México entero, no la élite analítica de los colegios de literatura.

Lázaro Cárdenas, en un mensaje escrito en la contraportada de México en un Himno, señala que “todos los mexicanos deberían tener este libro en su librero”, como una especie de compañía lógica de la Biblia, de la Constitución.

El Himno Nacional Mexicano está escrito en octavas italianas, estrofas de ocho versos decasílabos, una métrica que estaba en boga en esos tiempos para escribir poemas patrios. Bocanegra la utilizó en sus mejores poemas, en imitación de Espronceda y Quintana, de quien utilizó un trío de versos que serían el hoy desconocido epígrafe del himno:
“Volemos al combate, a la venganza y el que niegue a su pecho la esperanza hunda en el polvo la cobarde frente.”
(Versos que, como mencioné anteriormente, pertenecen a la silva “A España después de la revolución de marzo”, escrita por Quintana en 1808).

Este epígrafe pone el ejemplo de la naturaleza del Himno: no nos encontramos ante un epígrafe decorado ni triunfante, sino ante un terceto furibundo y determinado. Una de las mayores virtudes del poema de Bocanegra es que en una época en la que los románticos mataban la palabra con enfermizas adjetivaciones e imágenes rebuscadas, Bocanegra decide darle al poema un clima austero: los adjetivos son sustituidos por sustantivos fuertes, Peñalosa señala que “el brío metálico y la tranquila majestad del poema se deben, en mucho, a ese arraigo en las palabras esenciales, que son los sustantivos. Hasta los verbos desempeñan función de sustancia en vez de actividad.” (Peñalosa 25).

Así, la idea del vigor y la violencia se refuerzan con las figuras animalescas del caballo y del cañón: cambiar caballo por bridón resulta efectivísimo: el bridón es fiero, enorme y demoníaco; también el cañón ruge, es una bestia sonora que produce terremotos. Estamos ante un poema que hace desfilar una acción o un deseo, uno detrás del otro. Carece de descripciones naturales o demasiado sentimentales, apelando más a un instinto básico, a una rabia, un orgullo primigenio.

La imaginería de Bocanegra sigue una sensibilidad romántica en sus imágenes por el sincretismo del pasado clásico y la tradición católica y judeocristiana. Este sincretismo fue el que en el Renacimiento creó la imagen que hoy tenemos de los ángeles bíblicos. Y es el que hizo a Bocanegra imaginar una Patria ceñida del laurel pagano junto a los arcángeles y junto a Dios.

De esta manera la Patria de Bocanegra nos recuerda a la Libertad de Delacroix en su cuadro La Libertad guiando al pueblo y los laureles, olivos, sepulcros con cruces milagrosas, las encinas bajo la tormenta, los ríos de sangre, la patria como una madre, parecen recordar el catálogo completo de imágenes de los pintores románticos europeos.

Curiosamente, muchas veces se pasa por alto la verdadera naturaleza del himno: violenta, bélica, iracunda. El parcial Andrés Serra Rojas, en el prólogo del libro de Juan Cid y Mulet dice que “Nuestro Himno Nacional, aunque sus estrofas aludan a la guerra y sus notas sean marciales y vibrantes, es mensaje de paz, de concordia y de amor” (Cid y Mulet 8), ¡lo que es absolutamente falso!

Esto equivale a decir: “El himno Nacional es belicista, pero no lo es.” Sus estrofas no sólo aluden, sino llaman a la guerra a cada segundo, y sus notas son tan marciales y tan pensadas para excitar los ánimos guerreros como las de “Él quería ser soldado”, la marcha militar alemana que Nunó tomó prestada del alemán Kücken (véase la primera parte de este ensayito).

México tardó mucho tiempo para decidirse por su himno, pero la historia de la duda no terminó en 1854. Tenemos ahora algo muy curioso: un poema, un buen poema en las manos de la oficialidad, del gobierno: casi un oxímoron. Hemos visto que el discurso oficial ha intentado hacer del Himno algo que no es: un canto a la paz.

Han tratado de pasar por alto que Bocanegra y Nunó tuvieron unas musas inquietantemente erráticas, han querido mostrar, como siempre, sólo el lado bello, o por lo menos, el aceptable. Lo importante es que aunque ahora sepamos que Bocanegra era un adulador incurable y que Nunó le compuso una marcha al tradicionalmente nefasto Porfirio Díaz, aunque ahora sepamos que el poema de Bocanegra le debe más a Andrew Davis Bradburn que a su irritante novia, que sepamos que el Himno Nacional fue una creación turbia de tiempos turbios, no disminuye en el pueblo la rabia, la calidez, el orgullo que surge cuando suenan las notas que Nunó supo arreglar para que las palabras de Bocanegra sonaran como recién salidas del hocico de la tierra, de los mismos infiernos:
¡Guerra, guerra sin tregua al que intente de la patria manchar los blasones! ¡Guerra, guerra, los patrios pendones en las olas de sangre empapad...!

Y en una historia como la de México, donde glorias falsas y bellas sepultan verdades feas e incómodas, no podríamos sentir más orgullo, más alegría, más paz, al escuchar un himno único en su especie: un himno tan parecido a nosotros como pueblo.



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Obras consultadas

BAZANT, Jan. A Concise History of Mexico, from Hidalgo to Cárdenas 1805-1940, Nueva York, 1979.

CID y Mulet, Juan. México en un Himno, génesis e historia del Himno Nacional Mexicano, México, 1974.

CAMINANTE, Cobo. Historia de la música vernácula en Europa. Barcelona, Altea Editores, 1999.

GENERAL Secretariat of the Organization of American Status. Nacional Anthems of the American Republics, Washington, D.C., 1960.

MEYER, Michael C. y Beezley, William H., editores. The Oxford History of Mexico, Oxford, NY, 2000.

NETTL, Paul, National Anthems, Alexander Gode, traductor. New York, 1968.

PEÑALOSA, Joaquín Antonio. Entraña poética del Himno Nacional, México, 1955.





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