domingo, 12 de septiembre de 2010

Notas sobre el Himno Nacional Mexicano, parte 1 de 2

(Las obras consultadas — o bibliografía— aparecerán al final de la segunda parte).

La marcha de guerra “Wer will unter die Soldaten” (o "Der kleine Reklut") fue compuesta por el músico alemán Friedrich Willhelm Kuecken alrededor de 1830. Kuecken es conocido como un modesto compositor postromántico especialista en componer piezas al estilo vernáculo alemán (Caminante 156).

Años más tarde otro europeo nos daría otra pieza muy parecida (Nettl 194) como himno nacional: su nombre, Jaime Nunó, su historia, sumamente interesante; después de huir del azote de cólera que diezmaba su pueblo natal vagó por España hasta que el destino lo llevó a Cuba, donde conocería a un hombre extraño y fascinante: el seductor de la patria, Antonio López de Santa Anna, el hombre que cambiaría su vida.

Santa Anna, después de ir y venir por los caminos del poder, llegó a un período irreal en el que su gobierno tomaba tintes cada vez más excéntricos e inexplicables. Después de salvar y hundir su patria en repetidas ocasiones, fue expulsado del país, y Su Alteza Serenísima se encontró en marzo de 1853 con Jaime Nunó en Cuba. Ahí trabó amistad con él y cuando tuvo la oportunidad de volver a México cubierto de gloria, se llevó consigo al compositor catalán y le ofreció la dirección de las Bandas Militares del país.

Al mismo tiempo, ocupado entre las notas que escribía para el Diario Oficial y los poemas encendidos a su novia, el joven Francisco González Bocanegra, hijo de españoles, seguidor de los románticos, afiliado al Partido Liberal Moderado, se congratulaba del regreso de Santa Anna de su destierro.

Bocanegra era gran simpatizante del dictador mexicano y, al parecer, simpatizante siempre de las personas equivocadas: el poeta es autor de un “Himno a Santa Anna” y de un no menos lisonjero “Himno a Miramón”, otro nefasto personaje del siglo XIX en México.

La historia de cómo Bocanegra compuso el Himno Nacional Mexicano es bien conocida y linda con lo legendario: en noviembre de 1853, Santa Anna convocó a un concurso poético para elegir entre los trabajos el que sería el himno de la patria. Sabiendo esto, Guadalupe González del Pino, prima y novia de Bocanegra, encerró al poeta en su estudio y no le permitió salir de él hasta que compuso el poema en su totalidad.

Es importantísimo señalar que el hecho de que Bocanegra haya ganado ese concurso no garantizaba que su poema perduraría como el himno nacional mexicano. Ya anteriormente se había intentado establecer un canto nacional, pero aun cuando eran oficialmente aceptados e impuestos, el pueblo los olvidaba. En 1820, durante las últimas batallas de los Insurgentes, un canto nacional anónimo quiso arraigarse en el espíritu de independencia, pero no lo logró:
Honor a los héroes
honor a los sabios,
sus brazos, sus labios
sustentan la ley...
y en 1821 el militar y pensador José Torrescano escribió un himno que tampoco permanecería:
Somos independientes,
¡viva la libertad!
¡Viva América libre
y viva la igualdad!
¡Viva América libre
y viva la igualdad!
(Todos los extractos de himnos nacionales fallidos los tomé de Cid y Mulet).

En 1849, el compositor austriaco Henri Herz —como parte de un proyecto personal y exotista que comprendió la visita a varios países americanos— llegó a México. A su llegada, en acto público, se nombra “mexicano” y se compromete a componer la música para un himno nacional “digno de su presencia en este país” (Cid y Mulet 85).

Dado el compromiso, el gobierno se apresura a convocar a un concurso literario paralelo al que ganará Bocanegra en 1854. El ganador esta vez es el norteamericano Andrew Davis Bradburn, con estrofas increíblemente parecidas a las que, cinco años después serán declaradas Himno Nacional Mexicano:
Truene, truene el cañón, que el acero
en las olas de sangre se tiña,
al combate volemos; que ciña
nuestras sienes laurel inmortal.
Nada importa morir si, con gloria,
Una bala enemiga nos hiere,
Que es inmenso el placer, al que muere,
Ver su enseña triunfante ondear.
Y si se comparan las demás estrofas de Davis con el poema de Bocanegra seguiremos encontrando obvias influencias, o bien, flagrantes plagios. Un número de versos tiene su correspondiente en el poema de González Bocanegra:
“Truene, truene el cañón, que el acero...” (Davis)
La reiteración vocativa está en el poema del mexicano:
“Guerra, guerra sin tregua al que intente...” (Bocanegra)
El verso
“En las olas de sangre se tiña...” (Davis)
se repite en
“En las olas de sangre empapad...” (Bocanegra)
“Al combate volemos...” (Davis)
está basado en
“Volemos al combate a la venganza...”,
verso de Manuel José Quintana: González Bocanegra, como mencionaré más adelante, utilizará los mismos versos de Quintana como epígrafe para su Himno.
“Que ciña / nuestras sienes laurel inmortal” (Davis)
se refleja en
“Ciña, Oh patria tus sienes de oliva...” (Bocanegra)

El poema patrio de Davis Bradburn debe ser considerado, pues, la fuente más importante para Bocanegra al momento de escribir su himno.

* * *

Cabe señalar que, también en 1849, el poeta cubano Juan Miguel Lozada escribió también una paráfrasis del poema de Andrew Davis y, con música del compositor Karl Boscha diseñó un himno nacional que no tuvo éxito (Peñalosa 55).

Cuando llegó el momento de unir la letra de Bradburn con la música del afamado Herz, sucedió algo inesperado: la composición del austriaco era dulce, demasiado plácida e inocente. Se puede encontrar esta pieza bajo el nombre de Marche National Mexicaine (op. 166) (la liga dirige a YouTube).

Los acordes optimistas y el compás alegre de la Marche no hacen sino confirmar el concepto naïf y exotista que tenía Herz sobre un México que en verdad estaba en guerras constantes y en una perenne crisis económica y social. Acompañado de esta pieza musical tan discorde, el buen poema de Bradburn cayó en el olvido del pueblo, y México tuvo que esperar un poco más.

En los últimos años de Santa Anna como presidente, se dedicaron los pocos recursos del Tesoro Nacional para convertir México en Versalles. Durante este tiempo las compañías de ópera florecieron en este país.

El director de la Ópera Italiana en México, Antonio Barilli intenta, en dos ocasiones, ambas fallidas, componer un himno nacional. Max Maretzek, Pellegrini e Infante se unen a la lista de quienes compusieron la música para un himno que no se dejaba alcanzar. Este peregrinaje terminó cuando, después de vencer a 23 poetas, Francisco González Bocanegra tendría su oportunidad. Pero, como siempre, la última palabra era del pueblo mexicano.

Cuando Bocanegra ganó, se lanzó la convocatoria para la música que acompañaría el poema. Curiosamente, sin esperar a que se decidirá un ganador, el compositor y famoso contrabajista italiano Giovanni Bottesini también compuso su versión musical para el himno nacional... lo que sigue, aun después de que Jaime Nunó fuera declarado ganador del concurso, es un mosaico caótico digno de los días de Santa Anna.

(Continúa mañana en la segunda parte...)




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