domingo, 15 de agosto de 2010

Satanás y el mal


Este, un texto traidor, aparece en el número 7 de la revista Shandy.

Amables lectoras, ¿no les apasiona todavía, después de tantos años y tanta tinta la idea del mal? Y no me refiero a fechorías satánicas, cosas malditas que uno hace para ser más heavy metal, ni a la opresión de los pobres en las garras del poder ni a los trances violentos de un asesino-suicida en un mall de Estados Unidos; no: me refiero al mal, esa mancha de melanoma indeleble en la cara de Dios.

Y es que yo creo que nos seduce el hecho de que un concepto creado para darle sentido a la agonía metafísica se haya vuelto un lastre para el mismo sistema que lo ideó. Lo que nació como una ayuda para que el bien pareciera más bueno, más atractivo, se convirtió en la pieza mal puesta en el jenga raquítico de la ética. Y como Yahvéh se arrepintió, poco antes del Diluvio, de haber creado al hombre (ojo, no a la mujer), creo que el bien debe estar muy arrepentido de haber inventado el mal.

Les confieso algo obscuro: quisiera poder sentir el escalofrío rocanrolero que sintió el primer homínido que sintió un falso sentido de superioridad por haber subvertido un código moral. Es normal y comprensible sentirse avergonzado por romper las reglas; además, un castigo físico o psicológico ayuda a afirmar la propiedad de esa amargura, pero piénsenlo bien: debió haber una persona que rompió el tabú sólo por chingar, sólo por la singularidad o el entretenimiento. Envidio la novedad y repercusión de esa idea.

Al final, rechazar la causalidad y el beneficio de las acciones rectas y provechosas es la raíz del mal. Quiero imaginar un par de hombres sin nombre escondidos tras las ramas esperando el mejor momento para clavar las lanzas en un pingüe animal de las estepas prehistóricas. Quiero imaginar a uno de ellos lleno de la lujuria estúpida del crimen. Y quiero saber qué pensó al matar al hombre y no matar a la bestia. Quiero saber por qué no lo hizo por rencor ni por venganza hacia ese ser humano, sino por joder. Nomás por ser un don hijo de la puta. Estoy seguro de que en el fondo de esta escena algo equivalente a un solo de guitarra eléctrica distorsionada comenzó a sonar y a diluirse en el viento.

Ahí nació el Diablo, pero no nos dimos cuenta. Yo he buscado al Diablo en muchas partes porque es el tema de la tesis de doctorado que nunca voy a terminar. Las historias de las religiones me le hacen buscar en Asia, en Zoroastro, en pequeños micos enojados y blasfemos muy adentro de libros en sánscrito que jamás podré leer. Pero la Fuente Mala (como yo la llamo) está en otra parte. La mayoría de las cosas que valen la pena ocurrieron antes de que pudiéramos escribirlas. Las cosas más cool se nos fueron de las manos irremediablemente simplemente porque no existía el disco duro dónde guardar todos esos datos. Como dicen: tendríamos que haber estado allí para entender.

Vayamos, pues, a Cristo, que es más cercano a nosotros y sobre quien conocemos relativamente mucho ¿Qué era el mal para un profeta judío bendito del año 33 después de él mismo? No era, como lo define el diccionario, la ruptura de las normas, pues él mismo era la cancelación de las rancias leyes de Moisés. No era, como lo era para los romanos, un... no, olvídenlo, los romanos tenían un canon metafísico desparpajado y deplorable. No era tampoco el ángel rebelde que los románticos entronarían como el non plus ultra de lo cool que es ahora Satanás.

Cristo tuvo el gusto de conocer algo que probablemente era el Diablo en el desierto, y esto fue posible porque sabía qué era el mal: un agente caótico, una semilla de podre dentro de todos nosotros que esquivaba causa y efecto. Sabía que era un bug en la programación de su Padre y él vino a vacunar el sistema, más o menos como Neo, personaje en el cual se basó el autor desconocido del manuscrito Q para redactar los evangelios. Todo esto (el manuscrito Q, Cristo, Matrix) está en Wikipedia, véase.

El Diablo palidece ante el mal. Roland Barthes decía que un mito revestía de inmortalidad un hecho histórico, pero en el caso del Diablo, el mito lo convierte en una vaga alegoría, una caricatura con cuernos. ¿Por qué demonios vale la pena hablar de él entonces? Me voy a justificar con la última frase al final de este textito.

Filósofos se han revolcado en el polvo, frustrados ante el prospecto de explicar a un Dios bueno que permite el mal. Y es que eso es el mal, la división por cero, el neutrino sin masa en un universo con masa, el Satanis punctum (el punto raro en el que la regla áurea se desvía unas cifras y arruina la armonía de phi), la nota marrón (en música, una nota musical que provoca vómitos y diarrea). Es una excepción fascinante en un mundo en el que las alas de las libélulas parecen diseñadas por una combinación de los dedos de Johan Sebastian Bach y la mente criminal de James Moriarty.

Por qué Dios permite que pasen cosas malas a personas buenas. ¿Por qué Job? Dios mismo se pone una máscara de mal en Job, capítulo 40: “Porque soy Dios, putos, y porque qué van a hacer. Porque soy Yahvéh, tu papi, y porque qué, ¿vas a ponerle un bozal a la Serpiente Marina y vas a pasearla por el parque?” Dios, greñudo, nos dice con el dedo erguido (muy probablemente su dedo medio) que porque sí. El mal es porque sí.

William Blake tenía un nombre para este Dios arbitrario y confundido que todavía muchos consideramos el Padre de todas las cosas. Lo llamaba Satanás.



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