lunes, 21 de junio de 2010

El Club Chufa discute: Literatura light

JEFF "HARDIGAN" PACHECO

Como no entiendo un pijo a lo que se refiere este término, haré como que sí y tomaré los aspectos que, a mi juicio, parezcan viables. ¿Es la literatura light fácil de leer o fácil de comprender? ¿es aquella que nos mete en problemas a la hora de masticarla o a la hora de digerirla?. Es claro que uno puede leer en cuestión de poco tiempo una novela como El código Da Vinci, pero también puede leerse Ulysses, ambas tienen sus cuartillas, ambas tienen su profundidad (tal vez una mucho menos que la otra) sin embargo, y atreviéndome a catalogar al Código como "literatura light", me puedo preguntar: si leo completamente estas dos obras a razón de una cuartilla cada 10 minutos, ¿cuál de ellas puedo digerir mejor?, es claro que las estoy masticando al mismo ritmo, sin embargo no creo poder entender un ápice de lo que el buen Joyce quiere transmitirme, eso no entra en mis venas. Entonces ¿que requiero para manejar los hierros hirvientes de las obras "no light"? tal vez una sobredosis de talento que, ay de mí, no poseo; dedicación, estudio, y a lo mejor hasta drogas.

Si de tomar decisiones se tratase, me inclinaría por escribir "literatura light" por el sólo hecho de saber que en los grandes mercados capitalistas actuales donde el helado sin azúcares ni grasas se vende no solo más caro sino también en mayor cantidad que una buena nieve de garrafa. Además, la amable y tierna literatura light no vendrá a sumar un nudo más en los músculos de mi espalda; lo que menos quiero después de un estresante día de trabajo en la carpintería, en el campo o en la oficina, es leer ese "algo" que me pondrá en conflicto con mi yo o me hará pensar más que si estuviera en clases de cálculo. ¿Literatura para hombres? hay que dedicarle años y esperar a que sea aprobada por un grupo de eruditos adictos a los libros. ¿Literatura light? hay que dedicarle poco tiempo y con sólo un poco de suerte puede que gane un par de concursos y tal vez llegue a ser tan famosa como Harry Potter, obra que acá entre nos, es más famosa que los poemas de Homero Aridjis.


DINO TRAJEADO

Existe un buen número de razones que se podrían exponer para denigrar a la literatura light, aquella que está diseñada para las mayorías. Las novelas, para ser más exactos, como las escritas por Brown, Rowling, Coelho, Meyer y otros, son accesibles en el sentido de que uno puede quedarse cómodamente a nivel de la trama; si uno decide ir más allá, será posible, pero no por una cualidad abierta de la obra o una deliberada racionalidad puesta ahí por el autor; más bien por una muy generosa intentio lectoris.

El lector contemporáneo es fácilmente seducido por la imagen directa (la que percibimos al ver televisión, no la que se sesga en una metáfora), que se expresa en el mero plano de la anécdota. No sólo eso: hedonista, busca la erudición rápida, la cultura del otro de forma inmediata, el folclore y la ilusión de profundidad hermenéutica, donde sólo hay falacia, error histórico, intentos penosos de sapiencia, fantasía fácil y superación personal del éxito disfrazada de filosofía budista.

Gran consumidor de bienes y patrimonios internacionales, el lector actual busca asimilar el conocimiento: ser genio de forma espontánea. Les hemos dicho incansablemente a las nuevas generaciones, implícita o explícitamente, que leer libros los hará sabios; una gran farsa.

No sólo basta leer, sino saber leer; no sólo cualquier libro, sino un grupo selectivo de obras probadas. No hemos puesto suficiente énfasis en lo segundo. Deambulan por cada rincón del planeta: aquellos intelectuales “cool”, con la colección completa de Meyer y Brown en sus mochilas, siendo la lamentable caricatura del académico amargado, pero que desprecia, con suficiente autoridad y conocimiento, la superficialidad de los libros basura.

Tal vez nos conviene que las masas sigan embrutecidas con los hits editoriales y nadie ha podido intuir la macabra estrategia que se esconde debajo de todo el mecanismo. No pierdo de vista que probablemente dentro de unos cien años, nuestra literatura light sea canónica (lo dudo, en poco tiempo se olvidó el fenómeno Potter). Pero eso les tocará a los futuros críticos. En nuestro presente, las novelillas pseudo-profundas sólo han generado, análogamente, la ilusión de un corpus serio, que puede ser estudiado como a Cervantes o a Kafka, cuando en realidad sólo es posible evidenciar la producción de un hilarante lector light.


CARLOS MAL

(Qué injusto es Dios: tratar de parecer inteligente después de Dino Trajeado es como tratar de dar un concierto con tu banda de garage después de que Queen cierra con "Bohemian Rhapsody" entre fuegos pirotécnicos y groupies mostrando sus pechos).


Lo que me parece muy triste en todo este asunto de lo light es la ausencia en el mercado de la poesía light. Triste porque la ausencia de poemarios best-seller es un clavo más en el sarcófago de la poesía.

Imaginémoslo: en el futuro aparece un libro de poemas hecho por un adolescente hiperreal. Al principio todo mundo (yo incluído) protestaría furiosamente un poemario equivalente a Twilight o a los libros de Paulo Coelho. Entre más lo odiamos los amantes de la poesía canónica más lo amarán los jovenzuelos insolentes. Su éxito no tendrá límites y habrá camisetas, vídeos musicales y videojuegos alrededor del poemario. El poeta tendrá cuarenta millones de seguidores en Facebook, o lo que sea que estará de moda en este ingrato futuro. Será lamentable y vulgar, pero este deleznable poemario podría salvar un género que está casi tan muerto como el teatro y que tiene la particularidad de ser mi género literario favorito.

Aun así es dificilísimo imaginar cómo sería un poemario light de éxito. Y no porque no haya bastantes poetas pedestres e intragables, incluso entre autores publicados y premiados. El problema es que de veras nadie lee poesía. Ni siquiera el yermo de lo light, de lo superficial, le da cabida a un nicho editorial que siempre ha estado poblado de mentirosos: de gente que compra el libro y dice que lo lee, pero todos lo sabemos aunque nunca lo confesamos. No leímos el poemario.

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