jueves, 4 de septiembre de 2008

Ensayo enojado sobre los regionalismos literarios (texto completo)

Este ensayo, escrito en 2002, nunca había sido publicado de manera íntegra en ningún medio electrónico. Pocos infelices lo leyeron en una efímera revista hermosillense llamada Manuel. Los estamentos que se incluyen le parecen al Club Chufa tan vigentes hoy como lo eran hace seis años.

Justo hace un par de días inicié un ensayo que pienso llamar “Satanás en la literatura mexicana” o, mejor, “Satanás adentro de la literatura mexicana”. Me restringí a México después de fracasar en la ambiciosa —y ya ampliamente escrita— historia del Diablo en la Literatura Occidental. Después de un tiempo de aburrida búsqueda bibliográfica —este ensayo se va a poner divertido en algún punto, lo prometo— me vi tentado a, mejor, escribir una biografía de Satán en la literatura sonorense, PERO, en ese punto, me di cuenta de haber cometido un error emblemático y capital: llegué a la literatura sonorense.

Hay 32 estados en México, 50 en los Estados Unidos, 14 en El Salvador y etcétera. Eso suma casi cien enfoques, cien ensayos que yo podría escribir con nombres como “El Diablo en la literatura sinaloense”, “El Diablo en la literatura de Cruz de Santiago”, y así, ad nauseam. El punto es que lo que ocurre aquí es parte de lo que ocurre con nuestra forma de ordenar el pensamiento. Pero yo y mi ensayo no estamos aquí para arreglarlo, sino para hablar mal de ello.

Esto que diré sonará a Gloria para los holistas hippies que quieren curar al mundo, pero lo diré de cualquier manera: las divisiones, la escisiones, han hecho mucho daño a las ideas humanas (véase la separación de cuerpo y alma, arte y ciencia, teoría y práctica, forma y contenido, todas ellas ficticias y viciosas), y la división orgullosa y bestial que hizo aparecer los regionalismos literarios no es la excepción. Tal parece que a alguien se le ocurrió creerse una fusión de Anderson Imbert y Demócrito y decidió ramificar las literaturas nacionales hacia literaturas regionales cada vez más atómicas.

Creo que no es justo atacar el regionalismo como contingencia, como recurso. Pero sí creo herético considerar el regionalismo como una categoría, como elemento definitorio de la obra de un grupo social. Claro que la obra literaria debe tener aspectos nacionales, regionales y personales que nos hagan pensar: “Vaya, por lo menos el autor de este texto no es un robot. Ni Kafka.” Pero un autor maravilloso sabe tender lazos entre su terruño y el universo. Cervantes habla de pueblitos, aldeanos, arrieros y pastores de la vieja región de La Mancha y sus alrededores. Incluso el divo, el cabrón Homero, el ciego, el de la Ilíada y la Odisea, él, siglos antes que las feas crónicas regionalistas ya estaba, el maldito, describiendo a los griegos ¡preparando carne asada!:

Tal fue su plegaria y Apolo le oyó [a Crises]
y sobre la harina esparció la sal.
Hicieron las testas mirar a los cielos
de cándidos bueyes, bañaron con sangre
los crueles cuchillos, cortando las pieles;
cortaron los muslos, después los cubrieron
con capas de grasa y un chorro de vino.

Muy cerca de Crises un joven tenía
una parrilla de hierro con grasa.
Asaron los muslos, probaron las tripas
y lo que sobró se quemó sobre pinchos.

Terminada la cena, acabado el banquete
los jóvenes siervos llenaron de vino
las cráteras huecas y todos bebieron,
cantaron y el hijo de Maya , contento,
oyó las plegarias con una sonrisa.

Y durante toda su obra Homero habla no de griegos, sino, regional, habla de aquivos, dánaos, teucros, mirmidones; habla de sus tradiciones y particularidades, PERO su obra destaca no por eso, sino por su testimonio intemporal del espíritu humano bajo la calamidad y gloria de la guerra y la muerte. Para los grandes el regionalismo no es un fin, no define su obra. La Historia de la Literatura Universal me apoya. También una horda de clasicistas ancianizados, por supuesto.

Desde esta premisa pretenciosa, el escritor que cae en el error del regionalismo suele haber caído —o llega a caer— en los siguientes estados mórbidos:

1. El escritor escribe mucho más de lo que lee. En este mundo material y capitalista, curiosamente ¡da más de lo que recibe! Lástima que esto sea solo cuantitativo y no cualitativo

2. El escritor no conoce la Historia de la Literatura del Mundo y/o ve a los escritores como a celebridades de Hollywood. Si Borges no hubiera visto a Milton y a Hawthorne como a sus iguales, jamás habría sido Borges. Ray Rojas me regañó una vez por adorar a Cervantes como a un dios pagano. Si no creemos que somos capaces de llegar a escribir como Ezra Pound, Octavio Paz o Paul Auster, jamás estaremos con ellos en el Parnaso

3. El escritor desarrolla una sensación de que la literatura es libertad y creación solamente, y olvida una responsabilidad hacia el lector y hacia la tradición literaria. Tratar, por ejemplo, de romper los moldes establecidos, supone que el destructor los conoce PERFECTAMENTE, no sólo los intuye. La libertad que cree experimentar en esta etapa se apodera de él como el anillo de Sauron, se convierte en comodidad, pereza, y produce, casi siempre, obras atrozmente desaliñadas (véase la poesía de “verso libre” de la juventud diletante como buen ejemplo).

4. Los escritores se hacen de círculos, élites o clubs de gente que se lee entre ellos y se dan palmaditas en la espalda . Parecido a un club de autoayuda de señoras gordas, se reúnen en cafés o en bares a creer que el Siglo de Oro no se ha terminado todavía. Ahí florecen los escritores bohemios. Los escritores bohemios son como excremento fósil de lagartijas prehistóricas: son testimonio de lo que ya no es. Los escritores bohemios deberían, mejor, ponerse a leer. O ponerse a escribir un ensayo que me calle la boca.

5. Los escritores creen que ser escritor es cool y creen que las chicas van a caer a sus pies. Pero la popularidad sexual tiene que ver con formas de éxito personal más manifiestas que la calidad literaria. Y tal vez este ensayo no sea el sitio adecuado para explorarlos.

Y hay algunos otros estadios que callo por economía. Estas dolencias son propias de los escritores regionalistas —y de los universalistas sin talento— que producen literatura sin filiación histórica ni literaria (cosa que podría ser original, ¡pero no lo es!) y que parece haberse generado espontáneamente, como los ratones de Aristóteles.

Ya sea en la esfera tradicional, regionalista, patriotera y anciana o en la esfera “novedosa”, joven y rebelde, la literatura regionalista está en el abismo, bajo el agua, con una piedra atada a la cintura. Y su problema no es sólo que no es consciente de su calamidad, sino también es esa falta de contexto en el universo, esa irresponsabilidad y pereza de leer y escribir más allá. Debe sacrificarse: si el escritor en verdad quiere ser el albatros que nos salve a todos debe dejarse clavar a las tablas. Debe ponerse a trabajar y dejarse de pavadas.

Lo más grave es que estas manifestaciones de escandalosa pereza literaria no son privativas —como se esperaría— de escritores jóvenes o novicios, sino que escritores viejos —cuyos nombres callo, pero que, sin duda, son aquellos que vienen a tu mente justo ahora, lector— felices de que alguno de sus libros tuvo éxito entre unas cuantas señoras copetudas y momíficas, se quedaron congelados en el tiempo y se convierten en escritores-escoria que ganan los concursos y nos quitan a los jóvenes guapos y talentosos los puestos laborales que merecemos y que pagan el ocio jugosamente.

Pero hay, como sea, una luz de esperanza, un pájaro azul al fondo de la caja del terror: un puñado de escritores a los que debe haberles caído un piano en la cabeza, pues decidieron olvidar la “popularidad”, los premios literarios, los espacios en los feos suplementos dominicales, y optaron por las sombras, el desconocimiento y la befa, en espera de que el mundo esté listo —¿nunca?— para una literatura seria, comprometida —con el arte, no con el Che—, sorprendente, irreverente, inteligente.

El problema es que el sistema no los traga y tal vez nunca lo hará: pero mientras estos artistas sean la sal de la tierra y la luz del mundo hay esperanza de que la literatura regionalista, como debe ser, desaparezca y le dé paso a muchas literaturas únicas, irrepetibles e independientes a las que doy el novedoso nombre de ESCRITORES, por el amor de Dios.



0 reacciones:

Publicar un comentario

Aceptamos las críticas constructivas y destructivas, pero no aceptamos comentarios anónimos y normalmente los eliminamos. Con escribir su nombre al final de su nota basta. Que tenga un buen día.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...