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sábado, 16 de agosto de 2025

Obeso loro literario

En 1984 Julian Barnes, autor británico, publicó El loro de Flaubert, una especie de ensayo-biografía que en realidad se conoce como “novela de segundo grado”, es decir, aquella que se nutre de un clásico y de la vida de su autor. El narrador toma como punto de partida al cotorro que aparece en el cuento “Un corazón simple” (Un coeur simple). ¿Por qué un perico y cuál es el ave original en la cual se inspiró Flaubert? ¿Tiene algo de Espíritu Santo, de narrativo, de omnisciente? Tales son las cuestiones que dan génesis a las pesquisas del narrador.

Si fuéramos matemáticos, podríamos aducir: Felicité más Loulou es igual a Flaubert. Que se hable de aquel perico disecado sonará a pretexto para abordar la figura histórica del obeso francés, pero más bien es la forma de despojar de pathos dramático a una historia verdaderamente entretenida. El narrador, el misterioso doctor Braithwaite, obsesionado con el padre del realismo, comienza a ordenar los datos mezclando la ficción, el registro histórico y la brusquedad de sus propios juicios.

En busca del verdadero perico en el cual se inspiró Flaubert, el doctor, inevitablemente emprende un análisis de los significados en la obra del francés, espiando las anécdotas, las cartas, las amistades y la opinión de la crítica. Como si estuviera valorando el cuerpo de un paciente, el narrador detalla, organiza y relaciona el sinnúmero de información, descartando, certificando o concluyendo de una manera irónica, burlesca y desfachatada, pero siempre con rigor. El resultado es que nos devuelve la imagen viva de un autor mundano, egoísta, enfermo, contradictorio, escatológico, decadente, obseso y amante de las buenas mujeres del burdel; en suma, desmentido.

Sí, ha adivinado: no sólo es una novela del loro flaubertino, sino un análisis zoológico, una diatriba contra los ferrocarriles en la narrativa decimonónica, un regaño ácido a la estulticia de los críticos. Una “periquería” que cifra a Flaubert como un loro o pelícano gordo, rezongón y pueril; pero a veces huraño y peludo, como un oso parlante. Construida desde el principio posmoderno de la simultaneidad, y no de la predecible cadena lineal causa-efecto, Barnes disfruta reduciendo al absurdo los conflictos y problemas propios de los estudios de historia literaria, negando, como Flaubert hizo al resistirse a la vida, una trama para su novela, transformándola en una portentosa exhibición de método teórico y biográfico.

Memorable la relación que nos ofrece de los animales en la vida de Flaubert: el loro, los perros, los osos, los camellos, los monos, comparando el carácter del autor respecto a la esencia de ellos. También hilarante cuando reprende a la especialista inglesa en Flaubert, cuando ésta indica que los ojos de Emma Bovary están mal descritos: en una parte pardos, en otra negros, en otra azules. ¿Importa para la historia de la literatura esta “errata”? ¿O sólo importa para el placer de una lectura personal? Además, pregunta: ¿Alguien se habrá dado cuenta de esta peculiaridad? ¿Existe en algún lugar un lector perfecto, un lector total? Tras un análisis y verdadera cátedra de teoría literaria, Barnes consigue defender a Flaubert y, en realidad, demostrar que no es un error.

También es de enfatizar aquellas escenas con George Sand y Turgueniev, las apariciones de Zolá, o la extravagante intervención de Louise Colet, para defenderse y poner en evidencia la turbia vida sexual y emocional del novelista. Igualmente son imperdibles los relatos de viaje a Egipto, o los delirios de un mandarinato en Francia como justa forma de gobierno. Además, la actitud ante la muerte, los años grises de aislamiento, la organización de su escritura; los universos posibles: las obras que Flaubert nunca escribió, pero de las cuales ya tenía un plan. Y por supuesto la novela incluye un examen escolar para comprobar nuestros saberes en materias flaubertianas. En síntesis, una completa guía, un libro que, clásico, no mitifica, sino que bestializa al biografiado al extremo de usurpar la identidad de Loulou. Como si la escritura se diera más bien en la mente de aquella ave disecada, que observaba con ojos secos los últimos días del novelista francés. Al fin y al cabo, al gran maestro del realismo le gustaba afirmar, como al perico-narrador de Barnes: “¡Loulou c’est moi!”

sábado, 19 de diciembre de 2009

La vida emergente en 2009

La revista Science propone a Ardi como el mayor avance científico de 2009. El Ardipithecus ramidus vivió hace 4,4 millones de años en la región africana de Afar (Etiopía) y constituye el último antepasado común de humanos y chimpancés, aún más antiguo que el Australopithecus afarensis (la hermosa Lucy) y a pesar de los datos inciertos y parciales de los anteriores Sahelanthropus tchadensis, Orrorin tugenensis y Ardipithecus kadamba. Lo que es de destacar es que Ardi es un hallazgo completísimo y, por lo mismo, extraordinario; un eslabón que sintetiza las características de los simios del Mioceno con los rasgos que surgirían velozmente con los homínidos posteriores. Al parecer, la evidencia sugiere que esta variedad de monos africanos se alejó radicalmente de la línea evolutiva de los modernos chimpancés, lo cual revela la naturaleza cada vez más dispar entre humanos y primates ya muy maltratada por el conteo del genoma.

En el Monte Bosavi, en la Isla de Nueva Guinea, en las remotas paredes y montañas de un volcán extinto, fueron encontradas una oruga peluda, una rata gigante, mariposas mastodonte, arañas saltadoras que no producen telarañas y tres variedades de canguros, gracias a una expedición organizada por la BBC. Para paliar las inquietudes de los musofóbicos, la rata (llamada Bosavi, provisionalmente) al parecer es vegetariana y extremadamente pacífica.

Raptorex kriegsteini, de 125 millones de años de antigüedad (final del periodo Cretácico inferior), descubierto en Yixian, China, es el pariente enano y literalmente testarudo del Tyrannosaurus rex. Antes del hallazgo, se pensaba que los dinosaurios miniatura no estaban relacionados directamente con los grandes depredadores (como yo XD ). Este pequeñín pesaba sólo 65 kilitos, mientras que el tiranosaurio tenía una masa de entre 6 a 8 toneladas. “La naturaleza es muy práctica”, declaró uno de los descubridores: “Dotó a una boca grande con colmillos filosos con unas piernas muy veloces”.

Aproximadamente 64 especies de hongos luminiscentes viven en regiones oscuras del planeta, al menos eso se pensaba antes de los descubrimientos publicados por Dennis Desjardin en la revista Mycologia. Cuatro nuevas variantes, halladas en América y Asia, emiten luz en sitios donde teóricamente no era necesario. Los científicos piensan que es un mecanismo de defensa para advertir a los animales nocturnos que si son usadas como alimento serán afectados por sus esporas. Dos especies fueron bautizadas bella y contundentemente en honor a los Requiem de Mozart: Mycena luxaeterna y Mycena luxperpetua.

En febrero de este año hizo su debut oficial la Titanoboa cerrejonensis, extinta hace aproximadamente 60 millones de años, para fortuna de los ofidiófobos. Fue descubierta en Colombia (La Guajira) y se trata de una serpiente que medía 13 ó 14 metros. En esa zona también se han encontrado fósiles de tortugas y cocodrilos gigantes que se cree eran parte de la dieta de este monstruo. Lo más destacado es que este develamiento niega que las zonas tropicales desaparecen en altas temperaturas, ya que la Titanoboa, como cualquier ofidio de sangre fría, depende del clima de su hábitat: de acuerdo a su tamaño, esta serpiente debía mantenerse en un clima que estuviera en el rango de entre 30 y 34 grados centígrados, 6 menos de los actuales 28 promedio anual en la región.

Isla de Ambón, Indonesia: la revista Copeia habla del olvidado Histiophryne psychedelica, una variedad del pez sapo descubierto ya hace 20 años. Se le dio ese nombre estrambótico en homenaje a los viajes ácidos con LSD: es naranja, con rayas azules y blancas que irradian, como un hipnotizador, de sus ojos cielos. Una especie ignorada por error, por un descuido taxonómico. Juguetón: sus aletas son piernas: se mueve “saltando”, rebotando al ritmo de su respiración.

Costas de California: se logra fotografiar y filmar por primera vez al pez cabeza transparente (Macropinna microstoma), del cual se sabe desde 1939, pero no se había logrado ninguna imagen. Su cráneo es transparente y sus ojos ultrasensibles pueden rotar para ver a través de su cabeza (!); ésta da la apariencia de un minúsculo universo hecho de órganos (se destroza si se extrae del mar). Viven a 600 y 800 metros de profundidad.

Eromanga, al norte de Queensland, Australia: Zac es el descubrimiento sensación en el país de los canguros. Es un saurópodo (cuello largo) comedor de plantas que existió hace 97 millones de años, medía 26 metros, parecido al brontosaurio (apatosaurios). Curiosamente en 2004, en esa misma región, fue hallado Cooper, el saurópodo más grande que se ha encontrado en Australia (medía 30 metros) aunque de la misma longevidad que Zac. El esqueleto del más reciente se conserva más completo y confirma para los paleontólogos menos ortodoxos que esa zona es un cementerio de dinosaurios.

La vida florece secretamente, a pesar de nosotros: de 1998 a 2008 se hallaron 353 nuevas especies en el Himalaya oriental, desde Bután, pasando por Myanmar hasta Nepal, tierra del legendario tigre de Bengala y el armado rinoceronte indio. El reporte se presentó este año bajo el nombre de The Eastern Himalayas-Where Worlds Collide, en donde se revelan oficialmente la existencia de 244 plantas, 16 anfibios, 16 reptiles, 14 peces, 2 aves, 2 mamíferos y al menos 60 invertebrados de recién descubrimiento. En el Valle de Hukawng, se desenterró el fósil de un geco que vivió hace 100 millones de años. También habitan actualmente en esa zona un venadito enano, una sorprendente rana que puede desplazarse por el aire gracias a sus membranas rojas y una nueva especie de macaco (Macaca munzala).

sábado, 21 de noviembre de 2009

Sea un escritor

*Como requisito indispensable, piense en títulos rimbombantes y vacíos: recuerde que el nombre de su obra promete lo que el contenido jamás podrá cumplir; por ello es necesario que los nombres deben sugerir derivados filosóficos lo suficientemente desfachatados para ser cool (con toque, si se quiere, creacionista), por aquello de que hay que llegar al gran público pero cumpliendo con las exigencias de los críticos más testarudos. Invenciones kafkianas, Rótulo con letras menguantes, El tugurio de la muerte alcoholizada, El sinsentido de las lunas de agosto, Tribulaciones del desamor y demás manías, Miedo al retrato del espejo, Aporía bohemia, Oda fatua, Contrafabulario, Mártires de dolores inanes, Electriléptico, Menstruo poético y salino, Historia infinita de la eternidad contada en modo subjuntivo, Morfinidad, todos son posibles y sugerentes, así como pretenciosos, títulos de libros inexistentes que nuestro “Borges” interno y estúpido nos ha insuflado para ganar un Nobel, igualmente ficticio e idiota.

**Tiene que asistir a cualquier evento cultural de su localidad. No importa si no le gusta la danza, el teatro aburrido, las ferias de libros caros o las inaguantables muestras de pintura, que casi siempre están llenas de intelectualuchos que en sus vidas han leído un párrafo decente de teoría estética. El truco consiste en que lo identifiquen, que la gente sepa que usted está comprometido con el arte y la cultura y que por eso está ahí, en lugar de estar leyendo o escribiendo. No se preocupe si es un perfecto idiota, de seguro sabe mentir: siempre es válido y decididamente inteligente señalar que las obras se pueden abordar desde diversos puntos de vista, por contradictorios que sean. Diga esto cuando le pregunten su opinión, aderezando con la infaltable relatividad de la obra de arte. Conceptos como “transgresión”, “replanteamiento de valores”, “apología”, “silogismo visual”, “contrapunto”, “carnavalesco”, “denuncia”, “óptica radical”, “crisis racional”, “complejo de Elektra” (el de Edipo le hará lucir tonto), “freudiano”, “pulsión de muerte”, “fase del espejo”, “estructura discursiva”, “leimotiv”, “constante narrativa”, “desplazamiento centrípeto”, “deconstrucción”, son esenciales a la hora de comentar en estas reuniones donde los egos se ostenta y presumen con un afán admirable por risibles y ridículos. No olvide nombrar a Murakami, Ensayo sobre la ceguera de Saramago y a Nietzsche… insulte los libros de Harry Potter, ridiculice a Dan Brown y a la saga de vampiros de Meyer. Nunca falla.

***Cuando asista a dichos encuentros cultureros, aproveche para hacer amistad con otros bichos de su especie. Sabrá identificarlos porque se visten, actúan y hablan exactamente igual que usted. Si alguno de estos gérmenes tiene alguna obra, escríbale una reseña donde halague las dotes intelectuales de sus compinches, a pesar de que sean un hato de imbéciles. Una mentira, entre más se diga, más se toma como verdad. Por ello es que deberá publicar sus reseñas asquerosas en cualquier medio que acepte sus escritos, comenzando con su blog y su perfil de Facebook. Si quiere ser extremista, prepare entrevistas a sus amigos y publíquelas, promociónelos, aunque sea en su bitácora electrónica. Algún incauto la leerá. Estos trucos publicitarios de poca monta le aseguran a usted que sus mafiosos, digo, sus cercanos amigos artistas le devuelvan el favor. Cuando esto ocurra, usted ya estará incorporado en el engranaje de la cultura local.

****Con los compañeros artistas ganados, usted solo deberá esperar por los frutos de sus diligencias. Será invitado a encuentros anuales de escritores o artistas, podrá presentar libros, leer poemas en una mesa de expositores con otros intragables e intrascendentes artistillas, incluso podrá redactar prólogos para sus amigos y, por si fuera poco, contará con la posibilidad de aspirar a un puesto de trabajo, si es que algún camarada suyo del medio se coloca en una posición en donde pueda repartir a diestra y siniestra jugosos beneficios a sus iguales. ¿Se da cuenta? No necesita calidad ni buenas ideas, ni siquiera obra publicada. Sólo voluntad de querer ser artista. Convénzase de una buena vez de que lo es; ahora salga y persuada al mundo de ello. Deje la pereza y ponga manos a la obra. Jure ad nauseam, siempre, a pesar de la evidencia en contra, que está escribiendo una obra definitiva, necesaria para el panorama universal del arte. Jamás diga que se ha quedado sin ideas, a pesar de que sea verdad. Usted tiene las llaves del éxito. No tenga miedo y conviértase, pero ya, en ese Baudelaire, en el Shakespeare que el mundo necesita y espera.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Poesía amorosa II

“Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo, es quizás el más perfecto poema en castellano jamás escrito. Habla de la trascendencia espiritual del sentimiento amoroso. Escrito sobre la tensión neoplatónica que ve al alma como prisionera en el cuerpo mortal y atraída hacia las esferas cósmicas de la belleza, desarrolla el tema de la invasión de la muerte y el posterior viaje al inframundo. Sin embargo, el alma se rebela y a pesar de que bebe en las aguas del olvido, aún conserva la pasión por el cuerpo amado, no por su idea platónica.


La pérdida del respeto a la “ley severa” de la muerte, convierte a este poema de Quevedo en uno de los más sublimes, porque eleva el amor a un estatus inmortal, filosofía que hoy en día coexiste con el juramento matrimonial de “hasta que la muerte nos separe”. Así, aunque el cuerpo se degrade, y aunque se ame a un ser condenado a perecer (y no se profese con tal intensidad ese sentimiento a Dios), el alma conservará el deseo y la pasión amorosa intacta: “Serán cenizas, mas tendrán sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”.


Así, con el transcurso del tiempo se ha transformado la idea o representación del amor occidental. En las cumbres del romanticismo, William Blake expresa una terrible conciencia mística donde el odio de Dios es el origen del amor: para él, toda pasión de esta índole deriva forzosamente de un acto cruel y sanguinario, de negación.


Edgar Allan Poe en el tierno poema “Annabel Lee”, aunque necrófilo, canta un amorío infantil, en el cual los ángeles le arrebatan a su Annabel por envidia a la pasión que se profesan. Más aún: el poeta afirma que a pesar de la fuerza divina de los ángeles o a los influjos satánicos de los demonios, tal poderío no podrá separar sus almas.


Por las mismas vías, López Velarde habla en su extraordinario poema “Hormigas” de un amor que corre el peligro de consumirse a sí mismo, como una supernova. Insta a la amada a consumar el encuentro carnal antes de que muera o antes de que él la deje de amar con tal pasión: “Antes de que deserten mis hormigas, Amada, / déjalas caminar camino de tu boca / a que apuren los viáticos del sanguinario fruto”.


Décadas después, Neruda, en estilo sáfico, habló en su poema “Ángela Adónica”de la satisfacción del deseo como paralelo a la paz del Paraíso. No es extraño que los versos se dediquen a la descripción de la joven virgen a quien, bella como los ángeles, se relaciona con el jardín del Edén y toda ella sea, místicamente, “un oculto fuego”. Las representaciones del amor han sido tantas que aun perviven en el imaginario colectivo.


Como ha definido con precisión Octavio Paz en “La llama doble”: la idea del amor es una representación que se inventa, que cambia y que cada sociedad vive de distintas maneras; mientras que el sentimiento siempre ha estado con nosotros, inseparable desde épocas que se pierden en la sombra de lo incierto.

domingo, 15 de febrero de 2009

Poesía amorosa I

La poeta Safo de Lesbos es considerada la más importante exponente de la poesía lírica arcaica. De sus nueve libros, sólo se han podido conservar fragmentos. Su poesía habla del amor como una fuerza irrefrenable que se apodera del amante, lo que se conoce como “estar fuera de sí”, y que obliga al enamorado a hacer cosas inusitadas con tal de conquistar al objeto de sus cuitas. Inventora de la estrofa sáfica, la Musa de Lesbo heredó a occidente la noción de que el deseo amoroso insatisfecho es equivalente a morir en vida: “Un sudor frío me cubre y un temblor me agita / todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba, / pálida”.


Petrarca, el gran poeta italiano de la Edad Media, cantó a la belleza platónica de Laura y transmitió los tropos, los temas y la filosofía del canto dolce stil novo a la estirpe española del Siglo de Oro. Perfeccionó el soneto, que más tarde Juan Boscán introduciría al castellano. Fundió los temas clásicos con la influencia del cristianismo, con lo cual la belleza se manifestaba a través de imágenes contrapuestas que reflejaban la perfección y armonía a la cual conducía el amor puro.


Para Petrarca, el ideal de la estética divina se manifestaba en los aspectos físicos y espirituales de la mujer amada. Dio forma a la tradición del amor cortés, que consiste en la ambivalencia del cortejo y el padecer, ambos idealizados. Fue quien mejor supo explorar las contradicciones del amor como un estado sublime, pero doloroso: por lo primero, en razón del éxtasis de amar a un ser perfecto; por lo segundo, debido a que la belleza de lo que se ama lo torna inalcanzable: “Benditas las palabras con que canto / el nombre de mi amada; y mi tormento, / mis ansias, mis suspiros y mi llanto”.


En la era de oro de la poesía en lengua española, Lope de Vega escribió sonetos amorosos sobre los padecimientos y el mundo del engaño. Fiel a la contradicción de que enamorarse implica el riesgo de no ser correspondido, Lope abundó en la soledad que late detrás de las múltiples ilusiones del amor y en lo efímero de la existencia.


El cruel desengaño que existe en toda experiencia amatoria es la única realidad, de ahí que insistiera en que el amor es: “beber veneno por licor suave; / olvidar el provecho, amar el daño; / creer que un cielo en un infierno cabe”. Pero a pesar de que somos seres finitos, y que la pasión desaparecerá algún día, a pesar de la naturaleza ilusoria de ello, el amante se empeña, fuera de sí, a “hablar entre las mudas soledades” y así atreverse convertir a lo que es mortal en una permanencia divina, en un claro acto de impiedad: “Pedir prestada sobre fe paciencia / Y lo que es temporal llamar eterno”.

martes, 11 de septiembre de 2007

ESPECIAL: S-11

Hace 6 años dos aviones se estrellaron deliberadamente en las Torres del World Trade Center en Nueva York y otro más en el edificio del Pentágono en Washington. Ante los hechos no siempre se ha tomado una postura definida u honesta. Las series de televisión norteamericanas, en su momento, omitieron cualquier referencia a las Torres Gemelas y se retiró, por aquel tiempo, un promocional de la película Spiderman que mostraba los dos edificios. A final de cuentas, ambas actitudes, tanto la de mostrar en exceso como la de ocultar de forma deliberada la escena de las Torres Gemelas, devinieron en una narrativa del miedo.

Uno de los máximos escritores de nuestra época, Don DeLillo, escribió en 1977 una novela titulada Jugadores, que en cierta forma vaticinó el mundo después de los ataques del 11 de septiembre. Se trata de una pareja frívola que cansada de su vida moderna decide aventurarse en la gran ciudad de Nueva York. Ambos terminan relacionándose con terroristas y con una pareja de homosexuales, en un mundo lleno de vicio y odio. Ante la creciente violencia que alcanzan a presenciar, y que han contribuido a crear, permanecen indiferentes. DeLillo es quien ha hablado de una “narrativa del terror”, aduciendo que anteriormente se pensaba que los artistas, tales como Kafka o Duchamp, contribuían a crear una conciencia social, en el sentido que escribían sobre un mundo cada vez más en decadencia y guiando nuestro futuro. Los terroristas han comenzado a ocupar el lugar de los artistas, ejerciendo una influencia determinante en las grandes ciudades e imponiendo una mentalidad de miedo en el orden mundial.

Tanto la reiterada transmisión de las escenas, ese 11 de septiembre, como la omisión de cualquier referencia al suceso, más allá de la trillada frase de respetar a los que murieron (como si en África o en Medio Oriente no murieran personas por causas ideológicas) han generado, desde entonces, una situación de miedo que ha comenzado a regular el comportamiento de las personas. Sobre todo, ha sido una situación que se ha convertido en la coartada ideal del sistema norteamericano. No es necesario repetir que fue deliberada y decididamente infundada la invasión de Estados Unidos a Irak. Lo importante es que ambos movimientos, tanto el ataque como la invasión, han configurado el orden global emergente en el mundo. El caos, la violencia y, ante todo, el miedo, comienzan a regular la política internacional, en un clima de sospecha y amenaza constante.

Con ello, ante una conciencia atemorizada, no es raro ver el surgimiento de la mentalidad paranoica. Cualquier cosa puede ser leída como un acto deliberado de ataque, de sedición y amenaza. La descomposición del mundo es inminente y tanto la presencia en nuestras televisiones de la constante imagen de los aviones estrellándose, así como la ausencia de cualquier referencia al hecho, no podrán cambiar nunca la historia ni mucho menos el mundo en que vivimos. Aunque la mayoría de las personas se esfuercen por creer lo contrario.


Mundo en llamas

Uno de los retos más grandes del mundo global es la tolerancia. La sociedad norteamericana, que ha impuesto a través de su cultura una visión cinematográfica de la violencia, se enfrentó a la imagen de la realidad islámica fundamentalista golpeando el corazón mismo de su nación. Fue inverosímil, pero posible, porque no se trataba de una película. Hoy en día los sucesos de 2001 corren el riesgo de ser vistos de forma indiferente, incluso, de forma eufórica, como si fuera un film de Oliver Stone. No sería raro. El miedo que se ha difundido no tiene que ver con el evento concreto del 11 de septiembre, sino con su corolario: el del uso de la tecnología del mundo occidental contra sí mismo.

Los artistas, ante los sucesos, han reaccionado de diversas maneras. Muchos han denunciado que también debemos contemplar la contraparte del mundo y hacernos una idea de la vida en Medio Oriente. Blur, a los pocos meses de los atentados, organizó un concierto en beneficio de los muertos en Afganistán, donde participó Radiohead y Michael Stipe. En Nueva York, semanas después, se organizó un concierto donde participaron U2, Audioslave y Live.

El proceso en cine y literatura fue algo más lento. En diciembre de 2001 Don DeLillo publicó En las ruinas del futuro, una extraordinaria reflexión sobre el atentado y su influencia en la vida norteamericana. En el 2003, se editó Windows On The World, de Frédéric Beigbeder, una de las novelas más decentes que se han escrito sobre el 11 de septiembre, a pesar de que su autor es francés. Michael Moore estrenó Fahrenheit 9/11 en 2004, quejándose de la invasión a Irak y de las sucias trampas conspirativas del poder. Ese mismo año pudimos ver en el cine La guerra de los mundos, una nueva lectura, magistral para quien lo haya notado bien, del libro de H. G. Wells a la luz de los atentados y de la narración del terror que va imponiendo lentamente en el orden global. También un poeta zen, Thich Nhat Hanh, escribió uno de los poemas extensos más hermosos sobre los ataques: Rest in Peace. Dentro de poco veremos en el cine United 93 y en literatura la gran novela de Lawrence Wright, The Looming Tower.

Las brutales raíces del poder, manifestado en miedo, se extienden desde la geografía hasta el mismo espacio de la conciencia, hasta terminar normando el comportamiento y hostilizando las relaciones entre las culturas. Un mundo en fuego, precisamente, es el que tenemos en frente. Pero no hay que tenerle miedo porque ¿cuándo ha sido de otro modo? Pienso que la tecnología nos dio, a finales del siglo pasado, una confianza ciega hacia ella. Nos hicieron creer que nos volvía una sociedad fuerte y protegida. Aún hay personas que profesan eso como una nueva religión. Este miedo ha comenzado a percibirse como una conciencia flotante —que no ha emergido del todo— acerca de que la tecnología puede aniquilarnos de una forma definitiva, en cualquier momento, en cualquier parte. Una destrucción tal daría miedo, porque pareciera que persigue la finalidad divina de imponernos un castigo ineludible: el de no poder arrepentirnos de todos los pecados que occidente nos ha hecho cometer.

domingo, 26 de agosto de 2007

El disco borgeano

El pasado 24 de agosto se festejó el nacimiento de Jorge Luis Borges. A la luz del evento, algunos críticos resaltaron una larguísima conversación entre Tomás Eloy Martínez y Paul Auster, que apareció en el periódico La Nación, en su sección ADNcultura. Sobre todo se enfatizaron aquellas palabras dirigidas al autor del Aleph. Ciertamente ha sido muy comentado lo que se dijo en tal encuentro, pero se dio un peso excesivo a la frase que Paul Auster utilizó: para él, Borges es “un escritor menor genial”. Según el escritor neoyorquino, el que Borges no haya escrito novela en cierta forma demuestra su tesis, aunque olvida que en aquella época la poesía dominaba el panorama de la literatura mundial (además de que no le hacía falta con la capacidad de condensación que ostentaba). No sin arrogancia, aunque más cuidadoso, Tomás Eloy Martínez apunta que en su juventud pensaba que Borges era un escritor capaz de cambiarle la vida, pero hoy, desengañado, lo mira “distante”. Y argumenta: “Quizá porque hay en él un conflicto no resuelto entre lo que escribía y lo que sentía o se permitía sentir”. Y sí, de hecho en sus entrevistas insiste en que no es una persona fría, a pesar de que se deduzca lo contrario de sus escritos.

La misma necesidad de asesinar al padre también contagió a Borges. Para él era exagerada la bibliografía y estudios acerca de la obra capital de Cervantes e incluso le simpatizaba más el Persiles. El autor argentino, uno de los primeros en explorar las relaciones entre el realismo y lo fantástico, mantenía una pasión de amor-odio con el Quijote, el fundador de dicha dualidad que después el realismo mágico llevaría a sus últimas y conocidas consecuencias. Lo que en el Quijote es conflicto al servicio de la ironía, en Borges la realidad y lo onírico, por llamarlo de algún modo, es una dupla que nos revela que nuestros sentidos se equivocan profundamente a la hora de conocer el universo. La constante duda epistemológica, llevada al extremo, se asimiló como un elemento constitutivo de las ficciones en Latinoamérica.

Si la realidad y la imaginación producen una amalgama que multiplican o reducen las posibilidades del cosmos, entonces sería posible escribir ficciones en donde la tensión entre lo real y lo maravilloso se integren en una historia perfectamente verosímil. Pienso que a partir de la obra de Borges, considerado en su época como el mejor cuentista a nivel mundial, la narrativa latinoamericana comenzó a crecer desmesuradamente hasta lo que es hoy. Los juegos borgeanos son un clásico, no sólo en la literatura en lengua española, sino en Norteamérica (el propio Auster es ejemplo de ello), Europa y Oriente.

Eloy Martínez, a propósito, explicó algo capital: “Siento que estoy ante un gran escritor cuando me parece que expande los límites de la literatura. Algo que no sucede muy a menudo. Como Kafka. Hay una literatura antes de Kafka y otra distinta después. Nada puede ser leído de la misma manera”. ¿No ocurre esto con Borges? ¿No hay una narrativa distinta antes y después de él? ¿No se trata de una manera de concebir la identidad de la novela latinoamericana desde el punto de vista eurocéntrico, como si no se pudiera ver desde los márgenes? Sí, la narrativa nació en Europa, pero no olvidemos que el lenguaje del Quijote era el mismo que hablarían los artistas latinoamericanos. Argumentar que la narrativa es originaria de Europa y que por ello es una sustancia inmutable, es negarle trascendencia histórica y estética a los cuentos de Borges, a la poesía de Paz y a las novelas de García Márquez.

Quizás para Eloy Martínez, otro escritor memorable, la literatura es una competencia encarnizada y piensa en ella como si fuera una historia lineal, igual de válida para todas las culturas. Una de tantas premisas que sostiene el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, es que las ficciones se repiten, sin ser iguales, y que pueden leerse como una cinta de Moebius, negando así la linealidad positivista. La narrativa posterior a Borges nos muestra la imagen de una América Latina cruda, a veces realista y otras tantas fantástica, torcida, hecha de retrocesos, avances, vueltas, dinámica y discontinua. Antes de él, había dos vías separadas e irreconciliables: la contundencia de la mimesis realista o la locura de la representación paradójica y en conflicto con la percepción objetiva. Hoy en día nos hemos permitido conocer las dos caras de la moneda, aunque como en “El disco” de Odín, y en contra de la evidencia, sólo tenga un lado.

domingo, 19 de agosto de 2007

Michael Chabon presenta a El escapista

Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay constituye una de las rarezas en el mundo de la literatura, no por su historia, sino porque es complicadísimo encontrarla disponible en español. Su autor, Michael Chabon, obtuvo el Premio Pulitzer con ella y fue publicada en el 2000. Dos años después, la editorial Mondadori puso a la venta su traducción castellana y hoy en día ni siquiera en las grandes librerías del país es posible hallarla. Y no es para menos, ya que el relato de Michael Chabon, que incluso ha colaborado para el guión de Spiderman 2, está basado en la genealogía canónica del cómic. Pocos ensayos han tocado el tema o hablado de la historia de este género de forma puntual (McCloud y Eco entro los pocos), labor que perfectamente lleva a cabo Chabon al profundizar en las implicaciones culturales de la historieta ilustrada.

La trama cuenta las peripecias de dos creadores que unen sus habilidades artísticas para enfrentarse a la crueldad de la Segunda Guerra Mundial. Joe Kavalier, obsesionado con las proezas de escapismo de Haudini, logra huir de la Praga asaltada por los nazis bajo la fabulosa sombra del Gólem, imagen que lo atormentará por toda su vida. Sam Clay es un prodigioso artista fascinado con los arquetipos y un ingenioso inventor de mitos, aunque acomplejado por ser judío en plena persecución alemana. Ambos crean a El Escapista, el más extraordinario hit de cómics en la época de Oro del género. Retrata, por supuesto, a los íconos históricos de este arte: Chester Gould, Alex Raymond, Jack Kirby y al magnífico Stan Lee.

A partir de ahí, Chabon examina con minucia, desde un punto de vista que pretende ser hebreo, a la sociedad norteamericana y da entrada a la bestia del capitalismo indiscriminado, que termina por devorar en el frenesí del mercado a la creación de Kavalier y Clay. La forma de la novela, que aparenta ser una biografía anotada, cuenta además el origen de El Escapista y el significado que implica ser un judío antes de la carnicería nazi. Con ello presenciamos de manera casi cinematográfica las aventuras de El Escapista contra los altos mandos de las fuerzas hitlerianas, transportar al Gólem afuera de Praga e incluso rescatar a Salvador Dalí.

El furor de las constantes amenazas que encara El Escapista, sin embargo, comienzan a perseguir al mismo Kavalier, cuando un supervillano obseso emprenda una delirante cacería contra ambos creadores. La ficción de Chabon es imperdible, llena de trampas y referencias, de meditaciones sociológicas y culturales, todo sostenido sobre la precaria perspectiva del inmigrante judío, lo que dota a la novela de una complejidad al abortar la tradición norteamericana de elaborar narradores vernáculos. Un relato híbrido que se nos presenta bajo la forma de una biografía y que además se nos vende bajo el título de un cómic. Es sin duda un artefacto seductor por su mixtura, el cual engloba en clave sarcástica una diatriba contra el voraz mundo del mercado: tres productos en uno: oferta irresistible.

miércoles, 18 de julio de 2007

Heroes: filosofía para masas

La serie concebida por Tim Kring ha deslumbrado a la crítica desde su estreno, cuando sedujo a un público ávido de historias complejas ante el inminente vacío que dejaría la suspensión de la temporada de Lost. Desconfiado ante los fenómenos mediáticos engendrados por Norteamérica, me di a la tarea de acomodarme un horario para poder sintonizarla en sus repeticiones. Lo que ha maravillado a la famosa crítica es la combinación de personajes cotidianos con el descubrimiento de sus capacidades sobrehumanas. Hiro, un oficinista japonés cuasi kafkiano, que tiene la habilidad de teletransportarse a través del tiempo y el espacio; una animadora que puede regenerarse; un policía arruinado que lee la mente; un político que vuela y su hermano que absorbe poderes, son algunos de los casi infinitos entes de Heroes.

Sí, son personalidades carcomidas por la monotonía del día a día, pero que se enfrentan a la complejidad de saberse diferentes al resto de la humanidad. Ante esto, la opción del beneficio personal o el itinerario del bien de todos. La serie flaquea cuando nos percatamos de que los X-Men ya habían comprendido el tema y sus variantes, incluso los guionistas copian el motivo de la alteración genética. La tan aclamada “innovación” de presentarnos a individuos ordinarios, con problemas que empatan con los nuestros, es una especie de lavado de cerebro, aunque en realidad se trata de uno de los principios de la catarsis. La trama carece de sentido por su ampulosidad: aspira a lo global, cuando para los guionistas el mundo se reduce a Estados Unidos, y a unas cuantas escenas en la India y en Japón. Lo risible llega cuando todos los personajes de la serie, en algún momento dado, revelan sus dones y sospechamos que saben más de la cuenta, un chasco propio de la teoría de las conspiraciones. De repente, el mundo ya no es tan extraño para estos héroes, al contrario: es más difícil encontrar entre tanto superdotado a un sujeto común y corriente. Frente a tal autodeconstrucción de sus propias virtudes, la serie ha devenido en un festín de subtramas interminables, de situaciones inconexas, de búsquedas sin sentido, de escenas pseudoprofundas y dilatadas, detrás de las cuales se adivina el narcisismo de los mismos creadores, como si hubieran levantado un nuevo coloso de Rodas.

Si la premisa más fuerte sobre la que se funda la supuesta innovación de Heroes es que combina el desparpajo de individuos normales con elementos fantásticos, mejor me compro el set de los X-files. Al parecer, para los norteamericanos (y para algunos de esa extraña especie de adolescente inculto y que sustituye palabras por emoticonos) las historias realistas con variantes de lo maravilloso es algo originalísimo. Si no, explíquese el éxito incomprensible de Smallville y Lost. Habrá que asegurarnos la fama y comenzar a trabajar en los guiones basados en los cuentos de Kafka y Borges, las novelas del boom, o incluso en un Quijote modernizado. En todos estos ejemplos literarios la dualidad narración realista-narración fantástica es constitutiva y exacta, como los dos lados de una moneda.

Sonaré imprudente, pero si le sirve de algo, lo invito a leer los cómics de Stan Lee, en especial los X-Men, y se dará cuenta de lo evidente: del pastiche mediático de Heroes. O le puede ser útil en sentido contrario, como a mí: verla como un homenaje al legado de los mutantes de Lee la hace más soportable, aunque sus pretensiones sean las de superar al canon. A final de cuentas la obra de Kring, para contar su galimatías disfrazado de historias que se entrecruzan, depende de viejos recursos literarios y de los más comunes estilos del arte gráfico. La falsa premisa de que la serie es única por la mezcla de individuos patéticos y su condición suprahumana, simplemente intenta persuadirnos de que no estamos ante la clásica trama del bien contra el mal. No se nos vende una anécdota; las personas también esperan un plus, que se las trate como una entidad activa, estratega y pensante. Heroes les da coba y, por ello, es un producto engañoso: su complejidad (enredo, más bien) aparenta ser una filosofía elegante y visionaria, actual, a pesar de que desembarca en la gastada fórmula del viejo binomio moral.
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