lunes, 9 de marzo de 2015

Dos paradojas en el estado actual de las ciencias

Como civilización, tenemos una fijación, hasta el grado de la irreflexión, con la incidencia práctica de tal o cual saber disciplinario. En tanto que técnica, la ciencia (el conocimiento, las teorías, las profesiones que de estas emanan) es, ante todo, una herramienta. Es una herramienta que genera otras herramientas un martillo, un modelo explicativo o de análisis, una computadora para transformar la realidad (sea lo que esto signifique), trastrocarla y así mutar sus características a fin de satisfacer una “necesidad” humana. La ciencia no sería, pues, un fin en sí mismo. (No habría razón empírica para que fuera de otro modo.) Esto es completamente explicable, lógico y, hasta cierto punto, “natural”. 
Sin embargo, lo natural es, hoy en día, bastante complicado de definir. O bien, estamos en un grado de conciencia que nos permite observar la realidad de una manera compleja y multidimensional. Estamos ante la pregunta de dónde empieza lo dado, lo innato, lo biológico, y dónde lo artificial, lo social, lo aprendido, lo cultural. Estamos ya tan condicionados a dar por hecho ciertos aspectos de la vida cotidiana que no pensamos que gran parte de lo que nos rodea sea, sobre todo, una construcción del ingenio a partir de la materia, los recursos a disposición, renovables o no, que nos dan la naturaleza y el entorno. Inconscientemente, lo hemos naturalizado todo y a la vez lo hemos humanizado todo. Hemos ampliado nuestros horizontes, a decir del teórico de los medios, Marshall McLuhan, como extensiones y extremidades concéntricas del hombre. Léase computadora, teléfono celular, etcétera.
Asimismo, en nuestras impresiones más vagas consideramos que la naturaleza es de orden estático, inamovible, un mero escenario de nuestra actuación. Al frente de tal escenario se halla la comedia y la tragedia humanas y no hay relación alguna entre estos dos elementos, a menos que sea a través de un funcionamiento de herramienta transformadora cuyo pragmatismo nos evidenciaría como protagonistas del mundo.
Tales fenómenos (la naturalización o automatización y la humanización o ergonomización) no son sino efectos de una visión de mundo muy limitada, pues se basa, sobre todo, en una serie de oposiciones binarias que no hacen sino cristalizar las posibilidades conocer, de una manera más plena e integral, el mundo. La realidad (sea lo que esto signifique) no es binaria, sino gradual y heteróclita. Por razones asociadas a cierta idea occidental de practicidad, nos hemos acostumbrado a contemplar, de un modo dual, la lógica del mundo y las formas de representación. Es ya un esquema preestablecido de saber, de organización y clasificación a partir del cual pensamos “sistemáticamente”. Es la manera “lógica” de pensar la lógica del mundo.
            A pesar de esto, hay, no obstante, resquicios para un pensamiento capaz de asumir cierta visión paradójica como estrategia de análisis e investigación y revertir los efectos del pensamiento reduccionista que solo observa dos posibilidades y no un continuum. Me refiero de manera específica al cuestionamiento que ha surgido en el siglo XX acerca de la división tajante entre las diferentes áreas de saber. Así, la distinción dual o dicotómica (la práctica y la teoría, lo concreto y lo abstracto, lo útil y lo no útil) se halla relacionada con la suerte que los estudios humanísticos y las ciencias sociales se enfrentan a la hora de justificar su existencia en los diferentes ámbitos educativos y de investigación. Dicho de otro modo, ¿cómo es que algunas de estas ciencias traducen sus logros, sus productos, en herramientas transformadoras, de “utilidad” si parecerían abocarse a fenómenos más bien intangibles? Tal pregunta puede replantearse  y convertirse en otro problema añejo pero replanteable: ¿Cómo trabajan las ciencias exactas y naturales?  ¿Cómo trabajan las ciencias sociales y las humanidades? ¿En verdad son tan distintas en sus métodos y metodologías? Una reflexión en tal sentido adquiere su relevancia en mínimamente dos aspectos neurálgicos de la actualidad:

     a) Toda producción de conocimiento objetivo y científico tiene un vínculo ineludiblemente social a través de la lógica capitalista, la cual ha convertido todo objeto en un fetiche susceptible de ser consumido. En ese sentido, la distinción entre lo útil y lo no útil puede superarse bajo la denominación de que la realidad actual, a través de la dinámica mercantilista, logra potencializar todo saber a fin de reciclarlo, reintegrarlo, regularlo bajo la lógica de un sistema basado en la producción y el consumo. En tal escenario, difícilmente podría pensarse que algún saber pueda desperdiciarse o resultar innecesario. Es el sistema mismo quien le encuentra un cauce productivo y de consumo.

     b) Es la producción intelectual en la actual sociedad del conocimiento (noción acuñada por el sociólogo norteamericano Daniel Bell), la que permite una verdadera síntesis de las oposiciones tajantes entre saberes, léase conocimiento científico exacto, natural, y social  y humanístico. Bajo este nuevo esquema, la competición entre conceptos, de datos, de investigaciones y demás, son los elementos que conforman la economía (es decir, el orden dispuesto) de los saberes y no tanto a la facticidad otrora asociada a lo “útil”.

Estos dos aspectos inciden directamente en un nuevo entendimiento más abierto e integral para la justificación de un proyecto de investigación. Al replantear las expectativas que genera la lógica actual de la producción y el consumo, de mercado, nos vemos en la necesidad de una superación dialéctica de la condena del capitalismo para posicionar al conocimiento mismo de cualquier ámbito como producto. El conocimiento (científico, humanístico, etcétera) sería, pues, en sí mismo, un elemento más del intercambio mercantil que logra ser cohesionado a las partes en el marco de la estructura general, es decir, en la economía política y de saberes, que son, en esencia, una sola y la misma. Atendiendo a esto, bajo nuestro sistema actual económico dirigido por la oferta y la demanda, la proliferación mercantilista, la gestión acelerada del consumo, la suerte paradójica del conocimiento es que sea él mismo una mercancía circulante y que no tenga necesariamente una función inmediata. Si alguna nobleza o condición de posibilidad hay en el sistema actual, es sin duda aquella relacionada con la potencialización de los saberes diversos en todo un mercado de libre flotación (es decir, no intervenido o monopolizado por una instancia de coerción proteccionista), por un lado, y por otro lado, regido por la competencia de métodos y metodologías cada vez más acuciosos en cuanto a cierta vigilancia epistemológica.
La paradoja aquí avizorada consiste en que, como sociedad moderna, concebíamos el conocimiento como una herramienta, atribuyéndole una función vinculada a la transformación concreta, fáctica, de la materia, de nuestro entorno, a fin de lograr la “realización” humana. Como sociedad envuelta en la dinámica postindustrial, la herramienta sería, hoy, un fin en sí mismo, es decir, un bien de consumo susceptible de venderse con el propósito de replantear lo sabido y funcionar en toda una economía generalizada de saberes que, más que “realización” humana, tiende a construir material y discursivamente la idea misma de humanidad. Si bien de algún modo la modernidad había contemplado el carácter autosuficiente del conocimiento bajo la égida de la verdad de forma desinteresada, tal aspiración connotaba más bien un carácter idealista, trascendentalista y romántico, que no hacía sino reducir y fomentar las dualidades al intentar naturalizarlas, dividiendo al hombre y a las ciencias entre lo natural o lo social, lo teórico o lo práctico.

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