sábado, 26 de marzo de 2011

1Q84 de Haruki Murakami

La gran literatura japonesa, desde el microcosmos cerrado del Gengi Monogatari de Murasaki Shikibu, pasando por el relato fantástico y musical del teatro noh, hasta la narrativa severa de Akutagawa, Mishima, Tanizaki, Oé, Abe y Kawabata, se sostiene sobre la tensa relación cosmogónica entre la fragilidad e ilusoria belleza de la naturaleza y la conciencia de la fugacidad y el desastre. Como resultado, la idea de un designio funesto ineludible se vislumbra detrás de cada acto, de cada objeto. Ello se debe a que Japón ha fundado sus creencias, esperanzas, manías y miedos en paradigmas extranjeros que han llegado a través de China. Conviven en su mentalidad rasgos de la filosofía de Confucio, la mística de Chuan-Tzu y Lao Tse, así como características de la tradición hindú: el budismo mahayana e hinayana. La narrativa japonesa contemporánea, en buena medida, hace suyos los mismos temas de su religiosidad: la fragilidad humana, el cambio, la ilusión del mundo, la irrealidad de la existencia, lo efímero, todas ellas expresiones y variantes de un sólo concepto absoluto: el tiempo.


Desde esta premisa es dable aproximarse tangencialmente a los temas nucleares de los narradores nipones. La obsesión del tiempo, motivo nodal del budismo, es el objeto focalizado en los dos primeros libros de la novela 1Q84, de Haruki Murakami. En ella, bajo la sombra de la orwelliana 1984, el autor japonés echa un vistazo al pasado, a un mundo no paralelo (como muchos lo han malentendido), sino a uno que ha sustituido la realidad original de 1984 por la paranormal 1Q84. Murakami realiza dos relatos que se centran, de forma alternada, en los protagonistas: Aomame, una entrenadora de gimnasio y asesina profesional, y Tengo, un escritor con altas aspiraciones y con un pasado turbulento.


A partir de esta estructura pendular, Murakami construye una historia que podría ser totalmente apasionante, si no fuera por sus constantes dilataciones, desvíos y las extenuantes explicaciones que se repiten una y otra vez, como si tratara de convencer al lector de los sucesos paranormales, cabos sueltos y personalidades de sus protagonistas. Molesta, de igual manera, que repita sus típicas fórmulas, ya gastadas por él mismo: todos son eruditos, filósofos, cultos, tienen un exquisito gusto musical y, cuando el relato se encuentra en un punto muerto, irrumpen los hechos fantásticos.


Sin embargo, los eventos de tal factura son introducidos con una naturalidad pasmosa que, a decir verdad, hace innecesaria la abundancia de justificaciones que el autor le procura a su novela. El “toque Murakami” ha cautivado a innumerables devotos de sus textos, lo cual no es para nada anómalo, sobre todo cuando advertimos que posee un estilo hipnótico que termina prevaleciendo por sobre todos sus defectos (es más fuerte el morbo que despiertan sus inquietantes y siniestras criaturas, que el aburrimiento que de pronto suscita sus desgastantes redundancias). La intrusión de un mecanismo irreal que amenaza con destruir (o sustituir con sus artificios) la racionalidad en la que se funda la civilización, es una gran virtud heredada sin duda de la narrativa de Cervantes, Kafka y el realismo mágico latinoamericano, pero también de la imaginación propia del teatro noh y del manga.


La turbación que genera el mundo de 1Q84, con la omnipresencia de la Little People, macabros clones de los siete enanos de Blancanieves, van insinuando el desastre que poco a poco se imprime en los sucesos y en el designio de los personajes. Opuesto a los diminutos seres que utilizan a una cabra muerta como pasaje arcano, Aomame, Tengo y Fukaeri, la joven escritora de La crisálida del aire, novela dentro de la novela, constituyen una especie triangular de umbral místico para la voz narrativa. No es raro que la estructura de 1Q84 responda a un metódico imaginario musical, casi propiciatorio: dos trayectos conductores que son paralelos (capítulos de Aomame y Tengo, alternados), pero que terminan por converger. Émulo del Clavel bien temperado de Bach , se explica, por ello, quizás, que entre los 48 episodios que conforman los dos libros de Murakami el tono narrativo en ocasiones decae y en otras partes chispea más fluido y dinámico, como efectos obligados del diminuendo y el crescendo. Aparte de ello, poco notada ha sido la profundidad especular que Murakami paulatinamente va abismando: La crisálida del aire, novela en la que Fukaeri narra su encuentro con la Little People (y las dos lunas), da pie a que Tengo escriba una nueva obra (donde aparecen dos lunas) sin título (¿1Q84?). Aomame, intuyendo tal umbral metafictivo, reflexiona sobre el estatus ontológico de su ser, como si fuera un bodhisattva, un personaje de Samuel Becket o de Niebla de Unamuno: “Y el papel que desempeño en esta historia no es nada desdeñable. No, podría decirse que soy una de las protagonistas (…) En definitiva, estoy dentro de la historia que Tengo ha creado”, (p. 682).


Bajo esta manufactura sugestiva, se mueve una precisa y meticulosa base realista que el narrador se ha encargado de configurar hasta la saciedad (todo describe, sin ningún tipo de freno). Como un monje zen, Murakami va sacando hilo tras hilo, a la par que esos seres tétricos que acechan a sus protagonistas, con el fin, pienso, de crear un bucle extraño bajo el signo de su admirado Bach, en el cual nos perdamos entre las distintas novelas con dos lunas que coexisten en la crisálida que es 1Q84 (¿qué saldrá de ella?, jo, jo, jo). Una historia atravesada por una sensación de inminencia, de cataclismo, bajo el estigma del tiempo irreal e ilusorio (tan caros al budismo), y de un abrupto fin que, en bucle, tal parece que salta desde la ficción para consumir o absorber nuestra realidad en su simiente oscura y hermosa.

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