domingo 14 de febrero de 2010

Un universo deprimente

"What do you want? Do you want to jump me? Then, change your approach! Say: I want to jump you!"

Antaño gozábamos del beneficio simbólico de la alienación, ese muro de protección que nos resguardaba de enfrentarnos ya a la decisión, ya al vértigo, ya a la crisis. Conjurado el dilema, no había, pues, la posibilidad de responsabilizarnos y encarar así los efectos de nuestros actos de una manera existencial: la Iglesia lo dice, el Estado lo dice, la Familia lo dice, la Moral lo dice, la Clase Social lo dice, la Revolución lo dice. Fin del problema. Siempre fue más fácil ser invadido por una instancia que impertinentemente se apoderara de nuestra voluntad. O más bien, que constituyera toda nuestra voluntad.

La noción de voluntad como algo autónomo sería, a la postre, la gran invención de la modernidad. Vendría con ésta el proyecto, advenimiento y coronación del sujeto sobre el objeto (“la Ciencia lo dice”), la razón, la crítica, la crítica de la razón y del status quo, el revisionismo generalizado, anidando la nueva esperanza moderna: la mitología laica de la emancipación. Hoy estamos aquí, imposibilitados ante las circunstancias, maniatados, conjeturando que acaso jamás hubo tal cosa como alienación, y preguntándonos: ¿es esto la liberación?

Habiendo superado el drama de la alienación, hoy que las cartas están echadas y los signos de nuestro mundo parecen ser transparentes al grado de convertirse en una obscenidad consistente en que no hay nada que ver, nos abruma esa inexorable luz de la información y la comunicación instantánea en la Red: la disposición de las formas de saber enciclopédico otrora reservado sólo para las élites; los discursos totalizadores que buscan explicar el sentido de “lo humano”, “lo social”, “lo político”, antes reservado sólo para filósofos y escritores; la pléyade explosiva de opinadores compulsivos que se erigen como autoridad en una insurrección frente a la figura de autoridad. Todo al servicio siempre expedito de las terminales en toda su multiplicidad.

No somos sujetos, sino terminales, contacto puro, digital, entre dos campos informáticos. Objetos, después de todo. Ponerse on line: ser, existir para otro que me ignora e intrigantemente me solicita en una invitación virtual con su vorágine de recursos y estrategias tan maliciosas como de buena fe, mas siempre suplicantes, entusiastas, dispuestos a salvarnos de la desolación.

“El medio es el mensaje” –según McLuhan. Un trastrocamiento de los fines y los medios, una indefinición total de los límites que configuraban a los unos y a los otros. Función fáctica del lenguaje en Roman Jakobson: estar comunicados para estar comunicados, sin nada que decir, sólo para verificar el dispositivo electrónico o el código lingüístico, a fin de asegurar su eficaz rendimiento y, así, perpetuar el reino de lo sincrónico, el orden actual de cosas en toda su grosera redundancia, sabiendo que el universo como tal, nuestro universo objetual y cósmico, es sobre todo imperturbable.

Saturado, sobreexpuesto al gran médium de la tecnología, el ciudadano actual se construye como la suerte de una entidad solitaria, narcisista, un individuo subjetivado que muere de angustia al no soportar la contemplación de su propia imagen. Toda la realidad, lo visible, lo tangible, las cosas, son un espejo que no proyecta, como en la etapa del espejo lacaniana, más que la mismidad. Fin de la alienación y fin también de la identidad como principio diferenciador para instaurar una psicosis generalizada, es decir, normalizada y constituida ya como esencia, como fundamento ontológico de nuestra era.

Más allá de lo orgánico, lo visceral y lo carnal, la experiencia de la realidad del cuerpo no supone ya más una ilusión vital que aliente el misterio, el enigma, la mística de la búsqueda del conocimiento, el logos organizador. Obscenidad, explicitación de todos los discursos y formas posibles: el porno de lo real, lo virtual, lo hiperreal. No es sólo un porno del deseo, del placer, de lo sexual, sino un porno asexual cuya función es la mera verificación de la materialidad de los cuerpos y su perfección sensual. “Dentro de este sistema todas las pollas están tiesas y son desmesuradas, los senos son de silicona, los coños siempre van depilados y rezumantes”—afirma en tono melancólico el narrador de Las partículas elementales de Michel Houellebecq.

Así, no hay más curiosidad, no más morbo sexual. El cuerpo, el sexo está ahí, jadeante y próspero, exacerbado por los lubricantes y los esteroides, alerta ante todo tipo de estímulo, sensible. Irrefutable, enamorado de sí mismo, sublime, bellamente intrascendente. Fin del tema.

Experimentar el cuerpo consiste más bien en la verificación de la inutilidad inmanente de las cosas en un universo cool, frío, indiferente, en el cual Dios no está airado con nosotros por violar a diario los Diez Mandamientos: Dios está cansado, harto de generar a un tiempo azar y causalidad, de esconderse y aparecerse, de producir tanto sus argumentos como sus contraargumentos, a sus creyentes y sus escépticos. Este Dios autoinmune no crea el universo: nace con él y acaso no muere sino hasta que cristalicemos –en tanto que especie formada por el discurso siempre veleidoso del happy end— la ilusión de una asepsia total que exterminaría nuestras secreciones y humores, nuestras risas, gérmenes y virus.

La irracionalidad nuestra de cada día, el vértigo moral, la contaminación de lo social, todas nuestras impurezas, es decir, la muerte de toda noción de nuestro ímpetu espiritual. De esa manera, tal vez Dios moriría en paz después de haber sido asesinado siglos atrás por sus criaturas. Ya no sólo el fin de la ilusión, sino la ilusión del fin –de un fin.

Mientras tanto, vivimos estupefactos, mas es, paradójicamente, una estupefacción a un tiempo extática y cínica, como si conociéramos de antemano el desenlace de los acontecimientos. Y es que los acontecimientos, los llamados “hechos”, no son ya más actos de voluntades unívocas que, en su ingenua autoridad, comploten contra la verdad del sentido, desde el poder, la hegemonía.

Los actos son operaciones, transacciones cuyo orden dispuesto es siempre reversible. No el caos o un fácil relativismo, más bien una lógica atroz y rígida en la cual las relaciones convencionales entendidas como causa-efecto, sujeto-objeto, han sido trastrocadas en el principio o acuerdo de “realidad”, que sigue estando allí, fiel a su dinamismo insoportable. Es, pues, el fractal de los acontecimientos. Es un dinamismo que sofoca, agobia, plagándonos de opciones. Todas ellas tan ciertas y tan válidas, tan verosímiles y tan tentadoras que cualquiera moriría por una de ellas. Un día moriremos, como dice el refrán español, de mejoría.

Ante tal precipitación de ofertas para volver el mundo más habitable y verdadero, queda la implosión. Es probable que la implosión sea la metáfora actual que describa la inminente suerte de nuestro universo, que, sin azuzarse con la posibilidad de convertirse en agujero negro, simula con éxito cierta placidez, confort, pues la ubicua luz de la información nos ha desterritorializado, anestesiado; nos ha desprovisto de la noción de distancia física y metafísica y, por ende, de divergencia o enigma.

La China, antes remota y exótica para los propensos a la imaginación, está hoy a horas de vuelo, abierta al mundo, como una pornstar en escena mostrando su clítoris en high definition. Satisfacción y consumación del placer antes y después de la construcción del deseo. Todo es localizable y digitalizable, no reducido, sino comprimido a su sintética y nítida expresión. El alma está ahí, encapsulada en el ADN, donde los biólogos afirman hallar la molécula de la melancolía (la antigua acedía, pecado capital asociado a la pereza) cuya dosis de fluoxetina equilibra al ánima y el ánimus, convirtiendo el más desolado de los paisajes en una percepción mesurada y psicoprofiláctica de las cosas.

El alma es disuelta, así, en un ingrediente activo capaz de salvarla de los accidentes del tiempo (las decepciones amorosas, el fracaso profesional, la insatisfacción laboral) e, incluso, del tedio del ser. Somos ahora recompuestos, no para desalienarnos, sino precisamente para devenir otros, mutar. Fin del ser y advenimiento de las definiciones operativas y las redefiniciones funcionalistas.

A partir de esta transformación, estamos condenados a la fatalidad de los signos, al vacío de su propia excedencia, dispersos, libres a la vez que saturados del sentido, que no deja de producirse. (El hombre siempre ha sido experto en la creación de sentido.) Queda ya fuera el símbolo. Todo es un signo que es adorno que es moda. Todo está, como quería Andy Warhol, perfecto, pleno en su auténtica banalidad y superficialidad. (La profundidad fue siempre un afán por generar, en un desplante metafísico, un plus).

Bajo este esquema, la conjunción ética-estética clásica ha sido desplazada por la arbitrariedad del signo en Saussure, que no devela la complejidad del lenguaje en su dialéctica con los actuales saberes, pero sí revela nuestra voluntad por clausurar el infinito de relaciones posibles para cristalizar el aquí y ahora en un término. Nombrar = definir. El problema epistemológico moderno que consistía en el trinomio definir-describir-explicar ha quedado superado, pues las cosas (los sistemas, los fenómenos, las realidades) ya no pueden ser conocidas sino nombradas.

Sin embargo, el lenguaje no es tampoco nuestra cárcel. Eso sería caer en el juego de los nominalistas medievales en su disputa con los realistas. Ahora estamos frente a la saturación del sentido y el significante en una dinámica industrial. Estamos ante la sobreproducción de los efectos del lenguaje, es decir, el mayor número de los discursos posibles. El progreso total de las relaciones posibles del significado, de las mercancías, de las conmutaciones, de las hipótesis. El progreso no es una ilusión, como afirman algunos románticos, blandiendo su edificante teoría crítica.

El progreso (científico, material, infraestructural) es real, lo único real que hay, pues mata todo lo que toca, acentuando los rasgos más significativos de aquello sobre lo que se posa. Una dialéctica ciega e implacable. El progreso va en aumento (!), firme. Avanza con premura, eficaz, fiel a sí mismo, pero indiferente a todo y, por supuesto, indiferente a nosotros.

Un mundo cuyos protagonistas y eslabones no son los seres humanos sino las circunstancias impasibles, las apariencias. Es claro que nunca lo han sido. Lo que ves es lo que hay. Puede así reformularse la leyenda escrita en los espejos retrovisores de algunos automóviles: "Los objetos están más cerca de lo que aparentan", pues eso es precisamente lo que aparentan.

Un mundo de relaciones matizadas por la fuerza de los accidentes, construidas, no por la voluntad, moderna, autoconsciente, sino por las formas insospechadas ahí donde el sentido se aburre, es decir, los modales inmanentes asociados a ciertas situaciones de falsa tensión: “What do you want? Do you want to jump me? Then, change your approach! Say: I want to jump you!”—dice enérgicamente la chica ante el cortejo respetuoso del joven, a lo que él, molesto, contesta: “Yes, I want to jump you.” Y ella le replica: “Then, fuck yourself!”. Al final de la cita, él la lleva a su casa y, antes de bajarse del automóvil, la chica le dice: “I make cofee, and then you can jump me”. Poco importa la intención “profunda” del caso. Tomado de un guión cinematográfico, este diálogo es lo que es, lo que aparenta: un juego estratégico donde la contradicción, en cierto sentido, no ha tenido lugar. No es sólo una forma por demás sofisticada de la ironía: es el juego de la crisis de la representación. Lo más notable es que lo “dramático” no es la emoción o el patetismo vertido, que es mínimo, de los personajes. Lo dramático es la ausencia del drama para apostar por esa forma simulada de la reconvención, esa forma silenciosa de la conformidad disfrazada de estrategia vana contra el aburrimiento. Un boutade del sinsentido.

Lo mismo puede decirse del arte, la religión, el amor. Hay tantas razones para entusiasmarse con ellos; hay tantas razones para deplorarlos. Pero, ¿no es acaso una tragedia que no sintamos la vocación para emprender una cruzada existencial a favor de estos pobres bastiones de la alienación como otra forma de la liberación? En este dramatismo sin pathos no hay acceso más que a la nostalgia, esa serenidad huérfana que no sería más que una tentativa de la búsqueda de la servidumbre voluntaria, objetual, caprichosa. No se trata ya de crear una obra, no se trata ya creer en Dios, no se trata ya de enamorarse. Se trata, por lo tanto, de jugar con las posibilidades de un sentido que hemos entendido como humano. Se trata de jugar el juego.

El arte no está muerto, sino disecado, más consciente que nunca de sus mecanismos, sus efectos de sentido y todas sus posibilidades. Los brazos de la Venus de Milo podrían ser hoy reconstruidos por un artista actual. Seguramente serían más perfectos y sublimes, tácticos, como las esculturas del hiperrealismo americano. Añoraríamos, sin embargo, ese sentido creado por la carencia que se ha convertido ya en una esencia, una interpretación que sugiere la imperfección, el pasar del tiempo, etcétera.

El arte vive del luto, es decir, de la terrible resaca de su juerga, su transparente consecución de períodos clásicos y románticos, sus influjos ilustrados decadentistas, avezado, presto para modificar sus elementos constitutivos según el horizonte de expectativas. Ya no sólo el arte en la era de la reproducción masiva (Walter Benjamin), sino las masas en la era reproducción artística. Una era en la que el arte se enseña, se modela, a la vez que se transfieren sus efectos de sentido, develando acaso el misterio que en otro tiempo detentaba como práctica de iluminados.

No hay más esa aura de mística. Eso nos enferma, porque nos confronta con la idea de que nos hemos liberado (desalienado) del arte mismo. De ahí que la vida misma, el espectáculo, los carros cruzando el boulevard y dos tipos discutiendo el clima a la luz del mediodía y un perro observándolos, tienen actualmente diseminados la substancia artística. Es, pues, la suerte del happening, el triunfo de la inmanencia sobre la trascendencia como una solución acuosa que todo lo disuelve.

Dios no está muerto, está resucitado. Sus adeptos lo han revivido miles de veces en momentos coyunturales. G. K. Chesterton, ese genio campeón de la apologética cristiana, expone que Grant Allen, un entusiasta darwinista, escribió un libro titulado La evolución de la idea de Dios, ironizando con la afirmación de que sería más interesante un libro escrito por Dios titulado La evolución de la idea de Grant Allen. Ahora bien, no sólo tenemos a Dios, tenemos algo más poderoso: la idea de Dios. Y no sólo tenemos a Dios y a su inescrutable idea: tenemos RCP (Resucitación Cardio Pulmonar). Queremos llegar al corazón de Dios, hacerlo latir al ritmo de nuestras aspiraciones, prestidigitarlo, chantajearlo con nuestros sistemas teológicos, sublimarlo con nuestras taras morales.

Dios no anda bien de sus pulmones; vive de respiración artificial; se le ha diagnosticado enfisema, aunque, como felizmente sabemos, Dios es autoinmune. Ha de ser agobiante ser Dios, pero ha de ser más agobiante tener que luchar contra la idea de Dios, como se puede observar en la campaña anglosajona encabezada por Christopher Hitchens, Richard Dawkins, Sam Harris y Daniel Dennett. Y es que, en la historia del pensamiento, desde Lucrecio pasando por Feuerbach, hasta Sartre, se ha caído en una trampa: hacerle el juego a la idea de la alienación, en aras de la moral racionalista auspiciada por los campeones del ateísmo, o el antiteísmo.

El amor no está muerto, sino en stand by. A las sociedades occidentales les costó algunos siglos concebir la noción de un sentimiento diáfano, toda esta ideología del enturbiamiento psíquico por la interrelación de feromonas, el sacrificio piadoso de lo cortés, la sublimación del amante. Los marxistas predicaban que el amor erótico-romántico es un producto alienante de la clase burguesa. De ser así, el crimen ha sido perfecto, pues las condiciones materiales de su producción son ya secundarias o, bien, irrelevantes.

La superestructura que sostenía a la idea del amor está hoy devastada y sólo queda un modelo conceptual, un simulacro para describir y explicar una serie de conductas obsesivas. Hoy está presa en su feliz ininteligibilidad, ensimismada en su cetro cristalino, dictando metáforas dispersas que desembocan en el despertar de esa alienación que, en términos médicos, conocemos como psicosis.

Después de Michel Foucault, sabemos, no obstante, que tales fenómenos no son más que la nomenclatura del control estatal sobre los cuerpos y, por ende, sobre las almas –esa otra nomenclatura del control filosófico y religioso. Los arrumacos y demás dispositivos atribuidos al sistema de los afectos parecen perfeccionar sus formas de persuasión. He ahí su vitalidad y también su grosero desplante. El apóstol Pablo dice que el amor todo lo puede. El amor, sin embargo, está imposibilitado para sus propios fines. Al parecer, no puede lo que quiere, o no quiere nada. “Enfermedad que crece si es curada” –reza un soneto de Quevedo. Como en la poesía barroca, es una aporía constante, aunque ya sin esa ínfula estética y sin ese pesar ético. El amor, se dice, también es dolor (es decir, el narcisista no soporta su rostro), pero nadie moriría por ello.

Si bien nuestro mundo es patológico, también es, como Dios mismo, autoinmune, y no es difícil encontrar un asidero más grato, un prozac a la mano. Tal vez, en efecto, el amor todo lo puede, lo cual puede significar que probablemente el amor es nuestro mecanismo táctico para formar y develar el objeto amado y de deseo, sin fisura alguna entre sujeto y objeto. “Estoy enamorado de la idea de ti, no de ti” podría ser una tesis actual.

Antaño el alma era una metáfora del cuerpo. Tal vínculo suponía cierto soporte existencial en un mundo adverso. Hoy no refiere al cuerpo, aunque tampoco se le opone. Se han desprendido y cada uno tiene su lógica. Hoy la multiplicidad de signos que regulan nuestra dinámica no intenta más establecer una relación con ese mundo adverso, sino representarlo hasta los niveles del hastío, volviendo al mundo una instancia más transparente y, por ende, más inquietante.

Hoy el mundo no es adverso, sino indiferente al grado del éxtasis. Tal vez, en el fondo, la crisis, la crisis de crisis, no sea sino una crisis en la relación semiótica del hombre. Hay mucho ruido, mucha producción de significante, de excedente, una cantidad obscena de discursos que pugnan por la liberación, como si la transgresión no fuese una confirmación reversa de la norma. De existir la alienación, sería una infamia, una infamia que, no obstante, nos salvaría de la tremenda abulia del universo. Sería profundamente dramático, pero al no concebir una esencia de lo humano, de lo social, no hay más alienación. Hay, sin embargo, algo más bochornoso: la ideología férrea de que es posible una liberación, así como una voluntad, una substancia de sujeto, etcétera.

Es un problema metafísico para el cual no hay solución, es decir, no es un problema. He ahí la tristeza. No deberíamos tampoco descartar la idea de que, tal vez en el fondo, todos tenemos una cita con un optimismo estático. Un optimismo a prueba de dialécticas y que consagraría nuestra más grande obra: el arte y la ciencia de la desaparición.

Haríamos bien en dejar de proyectar nuestras taras como especie planetaria hacia ese universo en expansión que los astrofísicos, atentos ante las posibilidades del azar en la mecánica celeste, están descubriendo. Si tan sólo el universo nos sedujera con un secreto para nosotros. Pero el universo está acelerado; y Dios, muy cansado para atendernos. Facundo Cabral dice que no estamos deprimidos, sino distraídos. Lo cierto es que estamos aburridos. Y es que si el universo está tan ocupado en producir su bella expansión, tan sublime, tan profundamente abúlica, ¿por qué se tomaría la molestia en expandirse a nuestro favor?



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