domingo, 24 de enero de 2010

Vanguardia y barroco

La etapa de crisis de la filosofía del progreso que ha dominado las fuerzas sociopolíticas de la historia preludió la redefinición del lenguaje y la representación del objeto estético. La separación entre las ciencias del espíritu y las naturales condujo a la síntesis metodológica: Wittgenstein habla del significado como “usos” y de los metatextos como posiciones dentro del “juego” del lenguaje; inmersión y reconocimiento de las reglas que rigen el lenguaje. Como en Gadamer, no hay un más allá del lenguaje. De ahí que la naturaleza de los discursos, o espacios lingüísticos, sean científicos o artísticos, estén sujetos a la sincronía de la estructura de la lengua, pero abiertos al suceso histórico, dinámico y dialéctico del habla, el eje de la sincronía. Tal es la dimensión que unifica el conocimiento, dada la imposibilidad de actuar y pensar fuera de la esfera del lenguaje.

El arte de vanguardia reconoció la esencial inestabilidad del signo lingüístico, la intrínseca subversión de este hecho, pero fue incapaz de consumar la ruptura con la tradición y con la estructura de la oferta y la demanda porque actuaba, obligadamente, dentro del orden de la “sincronía”. La realización del texto de vanguardia, dentro del orden capitalista, fue sólo un proyecto en este sentido. La dirección o el destino del arte vanguardista fue la de terminar asimilándose a la percepción burguesa del objeto estético como mercancía.

La verdadera revolución del texto de vanguardia fue en el nivel del habla. El problema de la representación y su relación con el poder se inició junto con la crisis de la razón histórica de la sociedad del progreso. Del arte realista de Lukács, a la apertura de la novela polifónica de Bajtín: de la muerte de la estética burguesa, a la vuelta del arte barroco de la desmitificación del poder. De la sincronía del sistema, a la diacronía del suceso en devenir. Pierre Menard escribe de nuevo El Quijote.

La estética de vanguardia fue un llamado generalizado que convirtió en tema-objeto la representación misma del arte. No fue otra la renovación metodológica de la teoría literaria del siglo XX: ¿Cómo estudiar el lenguaje literario si nuestra herramienta descriptiva es el lenguaje mismo? Así, la modernidad, su “sincronía”, entra en crisis y con ello su poder histórico deviene en “diacronía”. La inestabilidad del signo lingüístico no es tan distinta al desequilibrio que experimenta toda estructura histórica. Tradición y renovación son las dos condiciones necesarias de la cultura. De aquí la siguiente paradoja: el lenguaje de la novela del siglo XX tiene su origen en la narrativa moderna fundada por Cervantes, en medio de la euforia barroca. Este lenguaje, antiguo y actual, barroco y de vanguardia al mismo tiempo, se asume como la conciencia crítica de la modernidad.

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