"¡Sabe Dios cuán melancólico es este universo!" -Jean BaudrillardImagen y semejanza del hombre, para algunos; representación de valores e incluso vicios humanos, para otros; muerto en el siglo XIX en manos de la sociedad burguesa europea presuntamente cristiana; muerto de una fe inane, muerto precisamente cuando más se hablaba de Él; velado a lo largo de todo el siglo XX y hoy resucitado como el eterno simulacro del silencio que queda después de todo.
Dios-trascendencia
Este Dios ha sido siempre el Otro, el enteramente Otro. No se acerca, ni se confunde con su creación, pero nos espera al fin de semana como vislumbre de esperanza. Dios dominguero y apocalíptico. Siempre es y está más allá, más allá de la ideología, la política, la moral y –contra todo pronóstico— más allá de la religión. Más allá siempre de todo, este Dios barbado y lleno de días no existe: este Dios es. Sólo existe aquello que tiene un principio y tendrá, necesariamente, un fin. Así, bajo esa lógica, sólo existe su creación, sus efectos y sus actos. Y Dios es una piedra de toque ontológica.
Le preocupan poco las especulaciones de filósofos, teólogos y metafísicos. Dios no sabe teología. Dios no es bueno, sino que todo lo que Él hace es bueno, porque pues… ¡es Dios! Más que razonamiento circular, más que petición de principio, más que eco de la famosa sentencia pascaliana sobre Dios como una circunferencia inabarcable, esta noción de Dios no es más que un síntoma: el afán instintivo por negar la contingencia y el caos de nuestra existencia, puestos de manifiestos por el escepticismo moderno resumido en la frase de Antoine Roquetin: “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad”.
Absoluta alteridad y densa eternidad. Hoy este Dios se ve apabullado por el azar, asediado por el sospechosismo y la crisis de legitimidad, estresado a causa de su deteriorada imagen pública. Dios tiene ya, a estas alturas, muy mala prensa. Ante esto, la alambicada sucesión de discursos sobre Él lo han convertido en una vital hipótesis, en un placebo, un personal Jesus, un Instant karma serial, democrático y globalizado. El Dios infinito y personal se ha travestido en un Dios concreto e intersubjetivo, así que ha presentado su renuncia como gestor cósmico. Ha cedido, matizado su omnipresencia y, hastiado de su trascendencia celestial, ha cruzado el umbral que nos separaba de su mano para transfigurar el reino, el reino invisible de Dios, en un antidepresivo. Es hoy Dios-prozac.
Dios-inmanencia
A contrapelo de tales antropomorfismos, este Dios no demanda nuestra fe, obediencia o corazón, ni siquiera un asentimiento intelectual. Demanda una suerte de mínimo reconocimiento de la energía que compone el universo. La energía es el universo, la energía es Dios, una energía diseminada ahí donde alguna diseminación es posible. No demanda: seduce, insinúa, se disemina entre las muescas, las cavidades, los resquicios. Dios es una muesca, una cavidad, un resquicio y es a la vez todo lo que rodea a éstos. Dios no es esto/o sino esto y/o.
Todo es un flujo divino, con lo cual deja de tener sentido la idea de algo esencialmente humano. Es un Dios transversal, transdivino, transpolítico, transexual, transgenérico. No está más allá de los fenómenos, sino, en tanto que pulsación básica, implícito en ellos: en un río, en una mesa inerte, en las moscas sobre el cadáver, en una nube en el horizonte, en la sonrisa de una mujer que muerde una naranja, en la mugre de este teclado oprimido ansiosamente. La complejidad nuestra de cada día.
Pero nos cansa tanta divinidad concreta y tanta mierda abstracta. Este Dios es una vaguedad inasible. Las oraciones no son escuchadas, sino conmutadas. Invocarle es conectarse a la corriente y el flujo energético, ponerse on line. Es negociar el karma de los acontecimientos, la sucedánea de las voluntades y las almas. Este Dios se representa siempre como un excedente, un significante empacado y listo al final en la línea de producción en la espera del significado.
Dios-indiferencia
Más allá de la esencia o la existencia, la eternidad o la temporalidad, queda sólo una postura irreductible, una forma superada del ateísmo, del antiteísmo y del agnosticismo. Queda, después de toda la parafernalia espiritual, el vacío que no sabe de sí, inconsciente, plácido, feliz después de haber renunciado involuntariamente a la voluntad de divinidad. Queda ese no saber qué se quiere y no querer saberlo, esa forma de la sobrevivencia que ayuda a bien morir, sabiendo que la muerte es la única certeza. Considerando nuestra peculiaridad como especie, queda, en esta época posthumana, rendir culto de manera fervorosa a la indiferencia, el Dios verdadero.





