Que fue inventado en el siglo XII, dicen los historiadores. Que no es bonito, dice un viril estamento. Que, según el vals peruano, es preferible el odio a su verdadero contrario: la indiferencia. Que a todos les duele. Etcétera.Amor-pasión
Ya no nos parece intrigante que el amor se nos revele como una sublimación freudiana del sexo. O peor aún, como una mera noción darwinista: reproducirnos con fines netamente evolutivos. La tentativa de Eros posee la paradoja de aspirar a arrasar el cuerpo. Los sexos, los géneros, las razas, la especie. Hastiados de la metafísica del alma, ahora sólo creemos en la metafísica del cuerpo. Somos, después de todo, adictos a la metafísica sin apellidos. Un verso de Gilberto Owen: “Por la carne también se llega al cielo”. Hoy ya no sólo queremos la liberación del deseo, sino ser partícipes de la construcción del placer –la invención de nuevos placeres. El romance y el hedonismo fundidos primera vez. Aspiramos a la concreción, el momento extático que, de no perpetuarse, busca vanamente su reproducción infinita hasta morir por debilidad o tedio. El acto estereotípicamente amoroso (una carta, un beso, una sonrisa) como una prórroga de los acontecimientos vulgares o sublimes. Es el punto de inflexión, el eslabón perdido entre significante y significado. Un lenguaje transparente.
Se sabe: este patetismo constructivista no es, en realidad, sino la perversión de las relaciones cordialmente sociales, civilizadas, profilácticas y asépticas. Después vendrá el control de daños. Conscientes de nuestra propia alienación, somos los esclavos voluntarios en la dictadura de las emociones y los afectos. El ritual de apareamiento es siempre el mismo y la reinvención individual no es sino la trampa insospechada bajo el disfraz de sentimiento soberano. Una persuasión sutil del destino. Este amor es el vértigo de una ausencia, la plenitud de eso que llamamos individualidad o esencia, ese proceso de subjetivación que se arropa en este o aquel rostro. Es una correspondencia. Este amor, se afirma sin decir, es un flujo del que nadie es responsable y, por lo tanto, todos somos víctimas.
Amor-razón
Ennoblecidos o enternecidos, somos también tremendamente dependientes, como todos los mitos, del substrato religioso, ese sentimiento oceánico que todo lo envuelve. Es un logos, un filos, acaso un ágape. Pero no es un acto de fe o salto al vacío, sino la abdicación, el sacrificio: el deber y la misión de amar. Su aspiración es ideal y no se contamina en las accidentes del tiempo y la materia. Más allá de lo real, se pretende trascendental. Es un arcaísmo que se reactualiza al instante. Lúcido, racional –mas no razonable—, no atiende al interés individual, se desprende de sí mismo hasta la abyección, habitando un cuerpo más conceptual que concreto. Es discreto. Sus máximas son bíblicas y sabias, estoicas y socráticas. Tajantes y rigurosas como el poema-silogismo de Alejandro Jodorowsky:
Si no me amas, te mataré.En cuestiones de enamoramiento, todos somos más platónicos que aristotélicos. Creemos en la divinidad del orden preestablecido, como en un poema renacentista o barroco. Todo es una estrategia del sentido, siempre atemporal e intuido, un zigzag sistemático mediado por la lógica atroz de la obsesión. No es la forma de la correspondencia, sino la de la pura conciencia. No el cuerpo, sino la mente. No el amor, sino la idea del amor. Su metafísica es la de una continua operación, no una realización. Es una proyección cotidiana de la utopía de poetas y filósofos. Es sin principio ni fin: eterno, atemporal. Fracasado, es trascendental sin trascender: no trasciende a, se remonta a antes del bullicio y del mundanal ruido, cuando aún no era inventada la vergüenza, el tú y el yo, el sexo y sus géneros, el vestido, la conciencia, el día y la noche, antes de los cuerpos y las almas. Antes de la palabra Dios. Es un acto memorioso y es, siempre, la memoria más presente. Es conciencia y, sin embargo, no distingue un desvelo sosegado o cuándo inicia o termina un pensamiento, obsecado ante un tú cristalizado, más ideal que real.
Si no me amas, haré que me ames.
Si no me amas, esperaré a que me ames.
Si no me amas, yo te amaré.
Amor-verdad
Es probable que este juego dual sea falaz y arbitrario –lo apolíneo y lo dionisíaco como forma irresoluble. Tal vez lo único real sea su arbitraria metamorfosis. Es también probable que esta ilusión vital encarnada en el acto o sentimiento amoroso, no sea sino un ejercicio de prestidigitación. Nunca una mentira o un engaño, sino un discurso estratégico: la crítica de la economía política del mundo. Es el chantaje afectivo, un verdadero acto de terrorismo en un mundo que no quiere ser salvado, sino que lo dejen en paz, impasible ante la misma pregunta. El amor, para decirlo todavía más ampulosamente, nunca es verdad, sino un efecto de verdad.





