domingo 22 de febrero de 2009

Colectivo Croma: exposición de pintura y dibujo

El término que rubrica a este colectivo es sintomático: revela uno de los elementos del arte moderno, el cual es su condición de fondo simulado, montado, consciente de ser, ante todo, representación. Asimismo, es esta representación la que se empeña en lanzar al ruedo del primer plano su gesto más vívido y más visceral.

El cuadro es, a decir del poeta Octavio Paz, un espacio que nos remite a otro espacio. ¿Cuál? Podemos decir que el espacio pictórico anula acaso al espacio real. Aún más, el cuadro es –en los tiempos en que coexisten la ilusión y desilusión estéticas, la sazón y desazón éticas, etcétera— una simulación real, verdadera.

Croma es, en este sentido, una tentativa por encarnar el fenómeno de la representación desde el punto de vista de cinco mujeres que devienen, a su vez, cinco versiones y/o estilos de un tema. En una suerte paradójica que complejiza más el espectro, son cinco mujeres que fungen de jueces y partes, de sujeto-objeto, u objetos subjetivados.

Con ese riesgo, y desde diversas miradas, las artistas se han propuesto trazar su versión de las historias e imágenes de esa entelequia nombrada bajo el signo mujer, a través del retrato y la proyección, el testimonio cruento y la pureza del dolor, el glamour y el pastiche, el pop-art, los vaivenes, siempre relativos, del mal y el buen gusto –al fin y al cabo gusto.

Sea sensible o intelectual, la clave de la pintura (colores, líneas, volúmenes) se nos presenta aquí como una experiencia reflexiva sobre los diferentes roles, papeles y vivencias que en el género femenino se ven transfigurados desde el tamiz pictórico. Es un tamiz pictórico a un tiempo diverso y unívoco, cuyos rostros de mujer dan cuenta de esa construcción histórica y social que les ha tocado encarnar y, en un acto de feliz o turbia gracia, representar. La dialéctica entre la realidad y su representación conmina al público espectador a sumergirse en tal dualidad para volver siempre, como de toda auténtica experiencia estética, vivificado.

Esencia o percepción
Exposición de pintura y dibujo
Colectivo Croma
Leda Salmerón-Carolina Parra-Elena Guerrero-Roxana Cortez-Melissa Campa
Jueves 12 de marzo de 2009
Galería Ozuna / El estudio - Café
Sufragio Efectivo esq. Callejón Álvarez, Col. Centro

miércoles 18 de febrero de 2009

Poesía amorosa II

“Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo, es quizás el más perfecto poema en castellano jamás escrito. Habla de la trascendencia espiritual del sentimiento amoroso. Escrito sobre la tensión neoplatónica que ve al alma como prisionera en el cuerpo mortal y atraída hacia las esferas cósmicas de la belleza, desarrolla el tema de la invasión de la muerte y el posterior viaje al inframundo. Sin embargo, el alma se rebela y a pesar de que bebe en las aguas del olvido, aún conserva la pasión por el cuerpo amado, no por su idea platónica.


La pérdida del respeto a la “ley severa” de la muerte, convierte a este poema de Quevedo en uno de los más sublimes, porque eleva el amor a un estatus inmortal, filosofía que hoy en día coexiste con el juramento matrimonial de “hasta que la muerte nos separe”. Así, aunque el cuerpo se degrade, y aunque se ame a un ser condenado a perecer (y no se profese con tal intensidad ese sentimiento a Dios), el alma conservará el deseo y la pasión amorosa intacta: “Serán cenizas, mas tendrán sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado”.


Así, con el transcurso del tiempo se ha transformado la idea o representación del amor occidental. En las cumbres del romanticismo, William Blake expresa una terrible conciencia mística donde el odio de Dios es el origen del amor: para él, toda pasión de esta índole deriva forzosamente de un acto cruel y sanguinario, de negación.


Edgar Allan Poe en el tierno poema “Annabel Lee”, aunque necrófilo, canta un amorío infantil, en el cual los ángeles le arrebatan a su Annabel por envidia a la pasión que se profesan. Más aún: el poeta afirma que a pesar de la fuerza divina de los ángeles o a los influjos satánicos de los demonios, tal poderío no podrá separar sus almas.


Por las mismas vías, López Velarde habla en su extraordinario poema “Hormigas” de un amor que corre el peligro de consumirse a sí mismo, como una supernova. Insta a la amada a consumar el encuentro carnal antes de que muera o antes de que él la deje de amar con tal pasión: “Antes de que deserten mis hormigas, Amada, / déjalas caminar camino de tu boca / a que apuren los viáticos del sanguinario fruto”.


Décadas después, Neruda, en estilo sáfico, habló en su poema “Ángela Adónica”de la satisfacción del deseo como paralelo a la paz del Paraíso. No es extraño que los versos se dediquen a la descripción de la joven virgen a quien, bella como los ángeles, se relaciona con el jardín del Edén y toda ella sea, místicamente, “un oculto fuego”. Las representaciones del amor han sido tantas que aun perviven en el imaginario colectivo.


Como ha definido con precisión Octavio Paz en “La llama doble”: la idea del amor es una representación que se inventa, que cambia y que cada sociedad vive de distintas maneras; mientras que el sentimiento siempre ha estado con nosotros, inseparable desde épocas que se pierden en la sombra de lo incierto.

domingo 15 de febrero de 2009

Poesía amorosa I

La poeta Safo de Lesbos es considerada la más importante exponente de la poesía lírica arcaica. De sus nueve libros, sólo se han podido conservar fragmentos. Su poesía habla del amor como una fuerza irrefrenable que se apodera del amante, lo que se conoce como “estar fuera de sí”, y que obliga al enamorado a hacer cosas inusitadas con tal de conquistar al objeto de sus cuitas. Inventora de la estrofa sáfica, la Musa de Lesbo heredó a occidente la noción de que el deseo amoroso insatisfecho es equivalente a morir en vida: “Un sudor frío me cubre y un temblor me agita / todo el cuerpo, y estoy, más que la hierba, / pálida”.


Petrarca, el gran poeta italiano de la Edad Media, cantó a la belleza platónica de Laura y transmitió los tropos, los temas y la filosofía del canto dolce stil novo a la estirpe española del Siglo de Oro. Perfeccionó el soneto, que más tarde Juan Boscán introduciría al castellano. Fundió los temas clásicos con la influencia del cristianismo, con lo cual la belleza se manifestaba a través de imágenes contrapuestas que reflejaban la perfección y armonía a la cual conducía el amor puro.


Para Petrarca, el ideal de la estética divina se manifestaba en los aspectos físicos y espirituales de la mujer amada. Dio forma a la tradición del amor cortés, que consiste en la ambivalencia del cortejo y el padecer, ambos idealizados. Fue quien mejor supo explorar las contradicciones del amor como un estado sublime, pero doloroso: por lo primero, en razón del éxtasis de amar a un ser perfecto; por lo segundo, debido a que la belleza de lo que se ama lo torna inalcanzable: “Benditas las palabras con que canto / el nombre de mi amada; y mi tormento, / mis ansias, mis suspiros y mi llanto”.


En la era de oro de la poesía en lengua española, Lope de Vega escribió sonetos amorosos sobre los padecimientos y el mundo del engaño. Fiel a la contradicción de que enamorarse implica el riesgo de no ser correspondido, Lope abundó en la soledad que late detrás de las múltiples ilusiones del amor y en lo efímero de la existencia.


El cruel desengaño que existe en toda experiencia amatoria es la única realidad, de ahí que insistiera en que el amor es: “beber veneno por licor suave; / olvidar el provecho, amar el daño; / creer que un cielo en un infierno cabe”. Pero a pesar de que somos seres finitos, y que la pasión desaparecerá algún día, a pesar de la naturaleza ilusoria de ello, el amante se empeña, fuera de sí, a “hablar entre las mudas soledades” y así atreverse convertir a lo que es mortal en una permanencia divina, en un claro acto de impiedad: “Pedir prestada sobre fe paciencia / Y lo que es temporal llamar eterno”.

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