viernes 30 de enero de 2009

El falso Quijote en el Quijote de Cervantes

Quizás el número de estudios acerca del Quijote apócrifo de Avellaneda publicado en 1614 no fuera un dossier tan amplio sin su obligada referencia al Quijote cervantino de 1615, a pesar que lo precede por un año. Sobre todo, se ha puesto especial relieve a los prólogos de la obra de Cervantes en relación a las fuentes que alude. En el prólogo al Quijote de 1605 se hace referencia maledicientemente a El peregrino en su patria (1604) de Lope de Vega; en 1614, el falso Quijote refiere a la primera parte, y en las Comedias y entremeses de 1615 Cervantes adelanta que en la segunda parte del Quijote desenmascarará al autor de la falsa secuela.

Así, esta cadena de exordios permite aseverar que la importancia del Quijote apócrifo radica en que es el eslabón fundamental para constituir un “bloque” o cadena de referencias, que en última instancia Cervantes supo aprovechar para nutrir su universo de ficción. La diferencia que ha notado Charles Presberg entre el prólogo a la primera parte (1605) respecto a la segunda (1615), es que en aquélla Cervantes crea una situación ficticia cuando un amigo de él le da consejos de cómo redactarlo, mientras que en la segunda habla como autor histórico de ambos libros, sin que medie ninguna anécdota inventada. Giovanna Calabró insiste, en contrasentido con Presberg, que en el prólogo a la segunda parte jamás se menciona el nombre del Quijote apócrifo ni el nombre del autor anónimo, con lo cual Cervantes inserta a Avellaneda en una dimensión imaginaria, imponiéndole una dependencia hacia la segunda parte como una emanación más de la ficción quijotesca.

En el capítulo XL de la segunda parte, se menciona por primera vez la existencia de la supuesta continuación, en donde Cervantes utiliza el capítulo XI del falso émulo para asimilarlo al universo de don Quijote. En él se cuenta que el Caballero de la Triste Figura y Sancho Panza tienen pensado ir a Zaragoza, pero en el camino se encuentran con un par de lectores del libro apócrifo. Uno de ellos les explica que en la segunda parte de Avellaneda se intuye un alejamiento de don Quijote de su amada Dulcinea, a lo cual el viejo caballero andante reacciona indignado clarificando que él nunca olvidaría a su musa.

Por igual, el lector explica (en realidad son dos caballeros que leen el falso Quijote) que Avellaneda le ha cambiado el nombre a la esposa de Sancho y a éste lo han dibujado “comedor, y simple, y no nada gracioso”. Más aún: se especifica que el verdadero autor de la primera y la segunda parte es Cide Hamete Benengeli, el árabe. Así, también se enteran que Avellaneda los ha hecho ir a Zaragoza (capítulo XI) por lo que don Quijote, para desmentir a este “historiador moderno”, decide partir hacia las justas en Barcelona.

En el capítulo LXXII, amo y escudero llegan a una venta donde se encuentran con un personaje del libro de Avellaneda. La peculiaridad de esta escena radica en que Álvaro Tarfe es invención del autor anónimo; Cervantes lo asimila a su narración y lo incorpora con la finalidad de desmentir a su imitador. Don Quijote le explica que su “alter ego malo” es obra de encantadores. Don Álvaro, un poco confundido por conocer al verdadero don Quijote, decide firmar una declaración ante el alcalde para asentar que don Quijote y Sancho Panza de la versión apócrifa no son los mismos que había conocido en ese lugar. El narrador añade que don Quijote se sintió satisfecho, pero que no le preocupaba demostrar que la narración cervantina era superior a la ideada por el imitador, a cuyo arte le faltó la capacidad para deslindar el mundo de la ficción de la existencia histórica de los autores.

viernes 23 de enero de 2009

El corazón delator, cómic

Cómic de Alberto Breccia, basado en el cuento de Edgar Allan Poe, déscargalo aquí.





Inquieta compañía, de Carlos Fuentes




Oriente, Occidente, de Salman Rushdie




martes 13 de enero de 2009

Puto Quevedo enamorado

Cuando me preguntan cuáles son las nuevas tendencias en la literatura contemporánea, desde lo más profundo de mi ignorancia contesto: “no sé... yo ayer estaba leyendo a Balzac.” Y, por supuesto, no es que haya estado leyendo al novelista decimonónico francés: es sólo una respuesta abrupta de mi espíritu rancio y reaccionario.

El poeta español Francisco Gómez de Quevedo y Santibáñez Villegas (1580-1645) quizás hubiera contestado a la misma pregunta con un exabrupto genial y ácido. Su visión implacable y cínica del mundo nos hubiera transportado en una sentencia a una paradoja a un tiempo escatológica y sublime. Más que rancio y reaccionario, el Quevedo que se deja leer en sus poemas es un tipo cuya obsesión barroca por los contrastes estéticos, morales y espirituales, hace pensar que el mundo no siempre está en esta o aquella ribera. La tierra es redonda y se puede ver de todos lados. Sin embargo, mundo sólo hay uno y todos nos vamos a morir. Por tanto, la sordidez de la realidad confluye en una simbiosis con lo noble.

Quevedo, el estoico aristócrata, se revuelca en el burdel con las meretrices y escribe solemnes sonetos a Lisis, presumiblemente una amada inalcanzable. Bien, dejando a un lado este choro mareador a manera de disquisición filosófica, el caso es que, como dice el corrido de la banda Laberinto, “era cabrón el viejo.”

Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece,
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.

Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato puteril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía;

mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,

si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.

________________________

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
_________________________

Sólo un lujurioso cursi -o un descreído esperanzando en la trascendencia del amor post-mortem- sería capaz de escribir algo así. Cuando me pregunten cuáles son las nuevas tendencias de la literatura contemporánea, en mi cinismo diré: “no sé... yo ayer estaba leyendo al cabrón de Quevedo.”


martes 6 de enero de 2009

Soy un fue, y un será, y un es cansado

El 2009 se adelantó con la crisis mundial y la guerra en la zona de Gaza. La renovación de la esperanza en el género humano que simboliza el fin y comienzo del ciclo anual se antoja ridícula.

La historia nos ha mostrado que somos incapaces de aprender de los desastres y que transmitimos de generación en generación lo peor del pasado. La avaricia y la violencia han abierto el conteo regresivo hasta el final de año.


La sociedad se muestra cada día más escéptica y pesimista, indiferente en casos extremos. A pesar de ello, los mensajes de amor y armonía abundan ahí donde las personas viven en estabilidad. Que les manden una tarjeta con buenos deseos a los familiares de las víctimas en Gaza o a los niños que mueren de hambre a cada hora alrededor del planeta. Siempre ha sido más sencillo predicar moral cuando no estamos involucrados directamente en los eventos, cuando no tenemos ni la más mínima idea de qué se siente que una bomba enemiga te arranque a un hijo, a un padre o a un amigo.

Es un hecho que, aunque quisiéramos, no podemos hacer nada para ayudar. Creemos que el futuro arreglará por sí mismo los desmanes del presente. Nos las ingeniamos para protegernos tras el yelmo de la tolerancia, la educación y la racionalidad. No podemos ver que cualquier tipo de ética está condenada al fracaso. Tanto el complejo sistema moral de un terrorista como el de un fanático israelí están manchados con la sangre de los inocentes.

Igualmente nuestra racionalidad está teñida con la ignominia de siglos y siglos de historia de intransigencia. Y el hoy es pasivo: en todo el mundo las personas se están matando entre sí mientras disertamos sobre la tolerancia. De la discordia, del fuego diría Heráclito, proviene todo intento de conciliar los opuestos; pero queremos hacer de la metafísica civilización. Adherirnos a cualquier creencia, sea de la estirpe que sea, es un escape de lo que realmente somos: avaricia, violencia; guerra perpetua. Pero sin frenos, terminaríamos despeñados, si es que ya no hemos avistado el precipicio.

Un post amargo para una realidad que se nos cierra, nos aplasta. ¿Nos queda ser estoicos? ¿O más bien hedonistas? Qué se hunda el mundo, que se vaya al diablo. Quizás lo más sensato sería renunciar. Que cada quien se las arregle. ¿Qué no siempre ha sido así? Que los que hacen la guerra la solucionen, y si no pueden hacerlo, pues nos queda esperar hasta que se maten entre ellos y nos dejen un mundo devastado, pero con paz.

Quizás es hora de darle la espalda a la razón, que sólo ha producido estupideces y exceso de buena voluntad para que los más aptos sobrevivan a costa de la buena gente. Que los religiosos recen para que los bandos que ocupan las armas en lugar del diálogo se exterminen entre ellos, sin que haya daños colaterales. Pero es mucho pedir. Porque queramos o no, hemos venido a aprender a través del dolor y la muerte, a través del castigo. Aunque lo queramos negar, estamos hechos de un río que no se detiene en ningún punto.

No es tiempo para la ética; habrá esperanza cuando sea preciso. Hoy no hay tiempo para derrocharlo en vacuidades: todo lo que puedas, déjalo ir. “Ojo por ojo y el mundo se quedará ciego”, aunque sea la ley que se ha impuesto desde que el hombre es hombre. Hemos continuado en el empeño de corregir los errores de quienes se equivocan en nombre de un absoluto, como si desde nuestro sitio pudiéramos discernir y juzgar los actos de los otros.

Esta dinámica sólo suspende lo inevitable: es claro que no se resolverá nada en Gaza más allá de una endeble tregua que amenazará a las nuevas generaciones. Se ha inoculado ya el odio del futuro. Así preservamos en la desdicha. La esperanza no nos prepara para el miedo o el mal; más bien es un asentimiento para soportar el éxtasis de la inmolación.


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