lunes, 14 de diciembre de 2009

Dios y sus estadísticas

La estadística está en contra del Creador: 2.038.334 son las personas que ha matado Dios, aproximadamente, en la Biblia, sin contar diluvios, masacres u otros desastres meteóricos de los cuales no se cuenta con un número exacto de víctimas. Satanás sólo tiene 10 homicidios en su marcador (y en complicidad con Dios). Estos datos fueron expuestos por Steve Wells, un psicólogo australiano que se dedicó a estudiar la Biblia con este único objetivo: el de la estadística y el dato frío y desnudo. Aunque no aparecen en el conteo de Wells los detalles subjetivos de cada asesinato, tal desbalance entre el bien y el mal nos hace cuestionar el dudoso comportamiento del Dios occidental: por un lado, el bien justifica cualquier cosa, incluso el asesinato en masa; por otro, nos hace preguntarnos si la “ética” del Creador no está algo enferma y retorcida, como el demiurgo demoniaco imaginado por Nietzsche.


Para nuestra desgracia, ambas cuestiones son intrascendentes: la idea de un Dios panóptico, omnipresente-vidente, con un plan indescifrable y con una sabiduría que escapa a nuestras deficientes percepciones y raciocinios, impide cualquier tipo de juicio. ¿Cómo saber las intenciones de aquella Inteligencia que ha creado la celeridad del átomo, la violencia de las galaxias, el sistema sanguíneo y la música espectral de las neuronas? Si juntamos todo el conocimiento científico, nos daremos cuenta que estamos ante la historia de una estupidez: cada paradigma acreditado por la ciencia ha estado errado; sucedió con los modelos naturales clásicos, con el sistema ptolemaico, con la física de Newton, con los teoremas de Gödel, con la incierta mecánica cuántica y con la relatividad. Son sistemas incompletos, aptos para conocer una minucia del universo. Ante tales expectativas, conocer “las razones” divinas sería decididamente ingenuo.


Lo que sí se puede entender, más bien, sería el imaginario que existe en la Biblia: ¿qué nos dice este Dios homicida? No es extraño que en una época como la nuestra, donde “el centro” desde donde nos pensamos ya no existe, se descrea fácilmente de una idea milenaria y arquetípica como la de Dios y se sustituya por cualquier otra, como la moda o la obsesión por el dinero. Se trata de un síndrome actualísimo: la soberbia de la razón ilustrada, fundada en la idea de progreso ascendente. Los telescopios confirman lo que ya sabemos en el fondo, que estamos solos en el vasto universo; la historia ya no es un móvil del espíritu hegeliano, sino una sucesión razonada, un silogismo resuelto por la mente humana. La dualidad grecolatina, del cuerpo y el alma, ha desaparecido; el cuerpo reclama su venganza, su momento de extraño carpe diem ante su transfondo de soledad.


Palladas y Epicteto escribían sobre la angustia de tener un alma esclava del cuerpo: “Soy una pobre alma encadenada a un cadáver”, cantaba el segundo. Teresa de Jesús diría que el cuerpo es “la cárcel del alma” y en Primero sueño Sor Juana nos muestra a su espíritu desprendido, por un instante, del peso de su carne. Así visto, un Dios que asesina es irrelevante: es un liberador, porque según el libro de Romanos, el que vive en pecado ya está muerto. No sólo eso: los doctores de la Edad Media se encargaron de expandir el miedo a los sentidos: ellos nos confunden, nos hacen caer en las tentaciones terrenales. Los castigos del cuerpo eran ejercicios espirituales comunes para liberar al alma. Si somos creativos, hasta podemos pensar coherentemente en un Dios liberador. Misteriosas vías que, lamentablemente no nos llevan a una conclusión definitiva.


Contemporáneamente, el cuerpo se ha sublimado bajo su sometimiento brutal, como los ascetas que se reprendían con pequeñas torturas: las cirugías estéticas, las dietas rigurosas para desecar nuestros organismos, las enfermedades alimenticias, la higiene extrema, el temor a las enfermedades son, en el fondo, variaciones de una mentalidad primitiva, ni siquiera teológica. El tatuaje, el piercing, y hasta los videos de Marilyn Manson son formas de un arquetipo que ha estado con nosotros desde épocas inmemoriales, mucho antes de la religión. Lo que cambia es el horizonte semiótico, el signo; recordemos que hay siempre un desplazamiento de su transfondo: un cuchillo significa un arma cortante, pero también transmite la idea de un falo y sus consecuentes objeciones antifreudianas; es decir, implica todo un paradigma movedizo según el contexto histórico-social.


Para los antiguos, un Dios asesino era justo, liberador y, ante todo, inspiraba temor. Para nosotros, es arbitrario, represor, incomprensivo, sádico e inspira, para muchos, la misma repulsión que un Hitler. Todo ello debido precisamente porque la muerte se opone a todo progreso materialista; nos niega como cuerpos, como constructos-sujetos, como idea histórica de la razón. Vivimos en una especie de hedonismo contradictorio o más bien adherido como una cirugía estética a ideas religiosas y primitivas que pocos intuyen, cegados por la invención, en el siglo XVIII, de la razón y alentada por su gemelo: el positivismo decimonónico. Nuestra era no es especial: es más ingenua de lo que nuestra soberbia científica nos permite, siquiera, pensar o imaginar.

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