jueves, 31 de diciembre de 2009

Top películas 2009

Este año al igual que el anterior no ha sido agraciado por sus buenas películas. Al contrario: muchas decepciones nos rondaron este 2009 fílmico. Slumdog Millionarie me fue recomendada por muchísima gente, tanto intelectual como lego en el mundo del cine. Prometía: gran fiasco del afamado director de Trainspotting, el buen amigo Danny Boyle. Una historia romántica ubicada en Nueva Delhi, que retrata de forma sociodramática la posibilidad del amor en un mundo carcomido por la violencia, la avaricia, los juegos de poder y la hipocresía de los medios de comunicación. Esperaba un final sorprendente o bizarro, pero Boyle decide quedar bien con la tradición cinematográfica de la India y al mismo tiempo con la moral conservadora que ha dominado al cine de Hollywood.

Fue también el año en que al fin pudimos ver en la pantalla grande la obra maestra de Allan Moore: Watchmen. Una película extraordinaria, un guión muy sofisticado y fiel, una historia intrincada y difícil para las masas, un reparto adecuado y unas tomas impactantes. Watchmen, a pesar de manejar una trama complicada, corrió el riesgo de presentar el conflicto de la Guerra Fría tal cual lo expone Moore en su novela gráfica. Creo, no obstante, que el film pagó cara esta complicidad: al final pasó sin pena ni gloria, aunque sea superior a la más reciente entrega de Batman, The Dark Knight.

X-Men Origins: Wolverine cumplió las pocas expectativas sin nunca ser una maravilla. Se reconoce, aunque sea nimio, la aparición al fin de Gambito y del temible Deadpool (aunque desastrado por sus poderes lanza-rayos). También vimos el regreso de la curvilínea e indecible Megan Fox en Transformers 2, una película sosa en su trama, pero apabullante en su despliegue técnico con los magnánimos robots. A pesar de contar una historia muy tonta, Transformers 2 me ha fascinado porque cumple con su objetivo primario: una secuencia de batallas destructivas y difíciles de concebir, óptimas para que la adrenalina fluya sin que quepa ningún tipo de racionalidad.

Es el mismo tipo de cine que ha sintetizado magistralmente el ilustre Roland Emmerich. Con 2012, hemos sido testigos de los prodigiosos efectos especiales, de la poca importancia de la trama y de la falsa dramatización de las relaciones humanas. No importa el individuo, sino el destino planetario: la humanidad. Y ésta se define, para Emmerich, como aquella facultad primaria de supervivencia, el mismo instinto que nos ha llevado a fundar la civilización. Claro que la película está repleta de errores, como plantear los desastres geológicos de forma lineal (persiguiendo a los protagonistas que escapan en un auto antes de ser alcanzados por un terremoto). No obstante, con 2012 Emmerich ha compactado la poética de los últimos 20 años de cine comercial: escenarios apocalípticos, romance, familias que se reencuentran, tragedia, superación personal, unión y un final feliz, esperanzador. Mensajes, todos, recurrentes en la filmografía hollywoodense.

Desgraciadamente es el mismo signo, el mismo corte que James Cameron nos hace tragarnos durante 160 minutos con su más reciente cinta: Avatar. Decir que el mérito de la película reside en su elocuencia gráfica es una verdad de perogrullo. La trama es la misma de siempre, narrada de forma tan descarada que uno sale decepcionado de esta fantasía simplista tipo Disney: rebasada por los excesos de los efectos visuales, los mejores hasta la fecha, y loables hasta el cansancio, la historia indudablemente resulta un derroche. Es una renuncia implícita a la imaginación de la que tanto han alardeado en el aparato visual; uno espera con ansias la maravillosa vuelta de tuerca y, penosamente, nunca llega. ¿De nuevo el Elegido, no bastaba ya la Biblia para contarnos eso? ¿Es necesario un presupuesto de 500 millones de dólares para aleccionarnos con el mismo romance de “aprendizaje” y el mismo panfleto ecologista que ya todos sabemos? ¿Los mismos villanos: soldados locos y corporaciones maléficas? ¿El buen salvaje del añejo y citadísimo Rousseau? Una película que termina por hartar, si es que se sabe pensar al mismo tiempo que se observa, por supuesto.

Qué notable diferencia: Inglorious Basterds. Tarantino no sólo ha hecho polvo a su anterior Kill Bill (muy aburrida por momentos), sino que es el talento actual que más ha comprendido que la innovación del cine no dependerá de los efectos visuales, sino de su capacidad de contar bien una historia, de sus habilidades para establecer diálogos tensos, de exhibir conflictos profundos colectivos e individuales, de su imaginación para crear una ética aparte de las frívolas producciones comerciales. Tarantino no quiere respetar la historia, para ello están los Spielberg y los Polanski. Tarantino corre riesgos porque es capaz de imaginarse el holocausto nazi. De ahí la suerte tan chusca de un Hitler enanizado y estúpido, tan lejano a la figura hierática de los documentales o libros de texto; o la imponente e intimidante actuación del sanguinario Christoph Waltz. Inglorious Basterds es, dentro de este grupo, el mejor y más digno largometraje de 2009. ¿Qué si su film es un show rendido a la monstruosidad de la violencia? ¿En qué mundo vivimos? ¿En la burbujita sonrosada de los Na’vi o en la intolerancia ya común que tapiza los periódicos y los noticiarios que alimentan a la masa insaciable? De entre la moral hipócrita y cursi del cine comercial y la ética corrupta de los hombres Tarantino se decanta por la segunda.

Pero a esta lista escuetísima le faltan, sin duda alguna, muchísimas más que se han quedado en la repisa por falta de tiempo: la asombrosa Ágora, The Curious Case of Benjamin Button, Surrogates, Up, Rec 2, District 9, The Lovely Bones e Invictus, del legendario Clint Eastwood, que dicho sea de paso me entretuvo con la sencillez de Gran Torino, donde un veterano de guerra entabla una sincera amistad con una familia coreana, mientras que experimenta una separación tajante con sus hijos ya casados. Mención aparte la horrenda y soporífera Harry Potter y el Príncipe Mestizo: no hay duda que cada año se superan para hacerla más aburrida. Para finalizar, mención honorífica a Ángeles y demonios, confieso que las correrías de Robert Langdon me mantuvieron atento, aunque claro, la idea de antimateria en unos frascos listos para pulverizar El Vaticano suena decididamente estúpida. Tal vez el año venidero sea extraordinario e ir al cine ya no sea una apuesta a ojos cerrados. Soy escéptico y amargado: lo dudo. Pero no por ello dejaré de desearles a todos ustedes un feliz año 2010.


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