martes, 6 de enero de 2009

Soy un fue, y un será, y un es cansado

El 2009 se adelantó con la crisis mundial y la guerra en la zona de Gaza. La renovación de la esperanza en el género humano que simboliza el fin y comienzo del ciclo anual se antoja ridícula.

La historia nos ha mostrado que somos incapaces de aprender de los desastres y que transmitimos de generación en generación lo peor del pasado. La avaricia y la violencia han abierto el conteo regresivo hasta el final de año.


La sociedad se muestra cada día más escéptica y pesimista, indiferente en casos extremos. A pesar de ello, los mensajes de amor y armonía abundan ahí donde las personas viven en estabilidad. Que les manden una tarjeta con buenos deseos a los familiares de las víctimas en Gaza o a los niños que mueren de hambre a cada hora alrededor del planeta. Siempre ha sido más sencillo predicar moral cuando no estamos involucrados directamente en los eventos, cuando no tenemos ni la más mínima idea de qué se siente que una bomba enemiga te arranque a un hijo, a un padre o a un amigo.

Es un hecho que, aunque quisiéramos, no podemos hacer nada para ayudar. Creemos que el futuro arreglará por sí mismo los desmanes del presente. Nos las ingeniamos para protegernos tras el yelmo de la tolerancia, la educación y la racionalidad. No podemos ver que cualquier tipo de ética está condenada al fracaso. Tanto el complejo sistema moral de un terrorista como el de un fanático israelí están manchados con la sangre de los inocentes.

Igualmente nuestra racionalidad está teñida con la ignominia de siglos y siglos de historia de intransigencia. Y el hoy es pasivo: en todo el mundo las personas se están matando entre sí mientras disertamos sobre la tolerancia. De la discordia, del fuego diría Heráclito, proviene todo intento de conciliar los opuestos; pero queremos hacer de la metafísica civilización. Adherirnos a cualquier creencia, sea de la estirpe que sea, es un escape de lo que realmente somos: avaricia, violencia; guerra perpetua. Pero sin frenos, terminaríamos despeñados, si es que ya no hemos avistado el precipicio.

Un post amargo para una realidad que se nos cierra, nos aplasta. ¿Nos queda ser estoicos? ¿O más bien hedonistas? Qué se hunda el mundo, que se vaya al diablo. Quizás lo más sensato sería renunciar. Que cada quien se las arregle. ¿Qué no siempre ha sido así? Que los que hacen la guerra la solucionen, y si no pueden hacerlo, pues nos queda esperar hasta que se maten entre ellos y nos dejen un mundo devastado, pero con paz.

Quizás es hora de darle la espalda a la razón, que sólo ha producido estupideces y exceso de buena voluntad para que los más aptos sobrevivan a costa de la buena gente. Que los religiosos recen para que los bandos que ocupan las armas en lugar del diálogo se exterminen entre ellos, sin que haya daños colaterales. Pero es mucho pedir. Porque queramos o no, hemos venido a aprender a través del dolor y la muerte, a través del castigo. Aunque lo queramos negar, estamos hechos de un río que no se detiene en ningún punto.

No es tiempo para la ética; habrá esperanza cuando sea preciso. Hoy no hay tiempo para derrocharlo en vacuidades: todo lo que puedas, déjalo ir. “Ojo por ojo y el mundo se quedará ciego”, aunque sea la ley que se ha impuesto desde que el hombre es hombre. Hemos continuado en el empeño de corregir los errores de quienes se equivocan en nombre de un absoluto, como si desde nuestro sitio pudiéramos discernir y juzgar los actos de los otros.

Esta dinámica sólo suspende lo inevitable: es claro que no se resolverá nada en Gaza más allá de una endeble tregua que amenazará a las nuevas generaciones. Se ha inoculado ya el odio del futuro. Así preservamos en la desdicha. La esperanza no nos prepara para el miedo o el mal; más bien es un asentimiento para soportar el éxtasis de la inmolación.


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