jueves, 6 de noviembre de 2008

After Dark

La novela comienza a las 11:56 p.m. y termina a las 6:52 a.m. Inversión de la realidad por el sueño: Murakami ha logrado escribir una historia parca y consistente con el mínimo de recursos estilísticos; una atmósfera sofocante tan exacta que da la sensación que una palabra de más saldría sobrando y una de menos echaría a perder el entramado. Una escritura serena con momentos de violencia; de ahí quizás provenga su efectividad y pasmo. Porque no sólo conocemos a la protagonista, Mari Asai, estudiante del idioma chino, sino a su misteriosa hermana atrapada en otra dimensión en alta mar, Eri Asai; al músico Tetsuya Takahashi; a Kaoru, ex luchadora y ahora gerente de un motel de paso; a una prostituta china; a un par de mafiosos, y al cuasi robótico Shirakawa.

La acotación temporal que constriñe las dos orillas del libro produce la sensación de antagonismo entre la penumbra y la caridad del nuevo día, un impasse contradictorio que sirve de puente para que Mari reencuentre a Eri, la chica popular y hermosa, todo lo contrario a ella: retrotraída, aguda, aislada y melancólica. Mari, mientras espera en un restaurante a que amanezca para regresar a su hogar, conoce a Takahashi, un viejo amigo de Eri quien removerá los recuerdos de Mari para que pueda salir de la penumbra. Pero no es una noche común: en la habitación de Eri algo está por ocurrir, algo de gran trascendencia. La televisión se enciende, a pesar de que está desconectada. Aparece la estática, las sombras bailan en el rostro de la profundamente dormida Eri. De pronto en pantalla aparece una habitación y un sujeto de traje sentado. Trae puesta una máscara. Los hombros suben y bajan, al ritmo de la respiración.


Ahora Mari se encuentra en el motel, ayudando a Kaoru y haciendo de intérprete de una prostituta china que ha sido atacada. Shirakawa, un oficinista apacible que ha robado el teléfono de la joven agredida, se nos aparece como la figura que está detrás de la oscuridad. Trabaja en la computadora de forma compulsiva, construyendo algo que apenas podemos intuir. Y Eri despierta, o eso parece. Pero ahora (¿por obra de una teletransportación o del sueño?) está del otro lado de la pantalla, donde el hombre misterioso de traje y máscara estaba. Es la misma cama de la habitación de la chica, pero diferente escenografía. No hay salida de ese salón donde la han enclaustrado, pero ¿quién? ¿cuándo? Hay una ventana. Se asoma, pero sólo puede divisar el mar. ¿Se encuentra en un barco? Nosotros la vemos desde su habitación; ella permanece adentro del televisor, vigilada por varias cámaras que nos sirven de ojos.


Murakami, a la par de esto, se detiene, engolosinado, en la descripción del punto de vista. A cada momento nos advierte que no podemos intervenir, que a pesar de verlo todo, no podemos alterar el devenir de los hechos ni los personajes pueden vernos. Somos privilegiados, como un Dios respetuoso del albedrío. Sin embargo, como ocurre con Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, al terminar de leer sentimos que el sueño, la irrealidad y lo extraño nos amenaza y vencerá, un día cualquiera, a la imposición de lo cotidiano. After Dark juega con la dicotomía noche/día para establecer el momento de encuentro de las dos hermanas separadas y unidas, precisamente, por el fugaz paso de la oscuridad. Una obra profundamente poética que estremece, que habla de la incomunicación, de la pérdida de la sensatez y que explora la soledad como una consecuencia de las sociedades modernas.


No creo casual que la reciente novela de Murakami sea en ocasiones un eco de la bellísima y triste Kioto, obra de Yasunari Kawabata, donde Chieko y Naeko se buscan a lo largo de toda la historia (por supuesto que la referencia más clara es La bella durmiente, no Kawabata). También, como cabría adivinar, no ignora en lo mínimo el más famoso relato dedicado a la oscuridad humana escrito por Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas; como cuando describe la misteriosa irrupción en el televisor del hombre de la máscara sin gestos, como un nuevo y más turbulento señor Kurtz. Al final, como ya insinué, la sensación es de incompletitud. No sabemos nada, sólo que algo ocurrirá. Es la hoja en blanco del día siguiente, como explica el narrador, con tono de profeta que sabe que un suceso no programado en la monótona realidad irrumpirá para sacudirnos. Al fin y al cabo el mundo ya se ha hecho así: un péndulo que de pronto cambia sus reglas de desplazamiento, para bien o para mal.

--Fugo Medina


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