domingo, 21 de septiembre de 2008

Decir adiós de noche

Una de las características más llamativas del libro de Manuel Llanes, Decir adiós de noche, es su economía de lenguaje que produce dos efectos principales: por una parte, centra la atención en el contenido de sus historias y por otra nos dan la sensación de situaciones transparentes en el sentido que la galería de criaturas que habitan sus relatos aparecen en primer plano, como si se enfocara a través de un microscopio o como un relieve egipcio en un muro blanco. Esta cualidad obviamente refleja el empeño del autor por trabajar al límite su lenguaje y escoger el sustantivo y el adjetivo más contundentes. La atmósfera total del libro fluctúa, en virtud de esta cualidad, entre los pasajes tétricos y las escenas melancólicas; o a veces presenciamos una fusión entre la confesión y lo fantástico.

Pero no creo que el libro de Llanes pertenezca a un género definido. También tengo la hipótesis de que el autor así lo quiso. Sin embargo, sus cuentos están unidos por la desgracia y la incomprensión con la que se topan sus personajes. También en dado momento cada uno de ellos participa en algún tipo de revelación de su naturaleza física e interna. Para hacerlo más extremo, cada una de las narraciones delatan algún tipo de frustración que a final de cuentas nos transmiten cierta impresión de miedo o, a lo menos, de incomodidad.


Como si fuera poco, la mayoría de estas historias están lejos de tener tramas cerradas o totalmente explícitas. En Decir adiós de noche encontraremos relatos que a menudo nos permiten realizar inferencias, pero que no son concluyentes. La dosificación de datos, en ciertos pasajes, me hicieron recordar los cuentos de Raymond Carver, aunque debo aclarar que fue un sentimiento muy personal (que me ocurrió con el cuento titulado “Autorretrato con árbol y abuelo”, con “Corrección de estilo para una nota suicida” y “Limbo”). Por lo mismo, me vi obligado a releer el libro varias veces para, de alguna manera, encontrar determinadas explicaciones que me dejaron intranquilo. Obviamente sólo encontré más dudas.


No quiero que se preste a una malinterpretación y piensen que el libro abunda en reticencias cuando en realidad prevalece una admirable mesura y una excelente manejo de las situaciones, al punto de, en ocasiones, imaginar los pasajes como si fueran secuencias cinematográficas. El conjunto de los relatos es tan completo que, como ya insistí, sorprende la economía discursiva con que se han tratado las narraciones. Si bien es cierto que esperaba leer un libro pulcro, me agradó de forma singular la agilidad que el autor ha puesto en su composición. En una época donde ya no hay tiempo ni para leer un poema de Francisco de Quevedo (pero sí un ladrillo de Dan Brown), el libro de Manuel resalta por su cuidadosa elegancia a la hora de contar y desarrollar sus tramas.


Nomás imaginen esta galería de personajes en contextos cotidianos y urbanos: una siamesas lujuriosas, un estúpido con dos cabezas, la tétrica abuela consumida por un cáncer, un hombre lobo, un expolicía corrupto que en su vejez medita sobre sus actos, dos demonios voladores y filosóficos, una muñeca ambulante, un hombre-rata y una mujer gorda que esconde debajo de una falda descomunal a una criatura devoradora de humanos.


Tengo que hacer mención especial a uno de mis favoritos: “El año de la rata”, donde un hombre de pronto se convierte en un roedor escatológico, y en donde se nota por supuesto el ambiente kafkiano más denso de todos los cuentos (Kafka ha influido de forma definitiva en este autor). O “Aurora”, donde contemplamos el renacimiento de la humanidad después de una guerra atómica que ha terminado con la vida en la superficie de la Tierra. O la extraña muñeca que nos retrotrae al mundo del terror asiático. Lo que además une a estos textos es su naturalidad. No hay explicaciones sobre por qué tal personaje ha nacido así o por qué ocurre tal o cual situación fantástica. Simplemente el transcurso es aceptado como algo posible.


No es algo tan difícil de imaginar en un planeta donde existe una región en sombra y la duda se ha vuelto moneda corriente en nuestro tiempo. Con la caída de las justificaciones vitales de la historia, como las ideologías y los métodos científicos clásicos, el mundo se ha sumergido en la incertidumbre y en el juego de las posibilidades (baste preguntárselo a un estudioso de los electrones o de economía). No hay lugar para la razón, sino para regiones de certezas expresadas como elecciones del azar. Es en esta atmósfera donde los cuentos de Llanes dinamitan nuestra psique al grado de la morbosidad y nos arrastran, inquietantemente, a nuestros propios fantasmas y frustraciones.

Hugo Medina

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