domingo, 24 de agosto de 2008

Gantz

Dos jóvenes son arrollados por un tren después de rescatar a un vagabundo que había caído a las vías del metro y al cual nadie le prestaba ayuda. Degollados, experimentan el viaje al más allá: van reapareciendo conforme un rayo láser va reconstruyendo sus cuerpos, como un holograma. Conscientes de su accidente, no saben si han muerto o sobrevivido. Se encuentran en una habitación con otras personas y en donde hay una esfera negra enorme. Por las ventanas se puede ver la Torre de Tokio, por lo que deducen que han librado la muerte.

Sin embargo, tan sólo es el preámbulo para una encarnizada competencia por la vida. Gantz, esa misteriosa y divina esfera, les comunica en su pantalla que efectivamente, todos los que se encuentran en el departamento han fallecido. A continuación, de sus entrañas lisas extrae unos trajes y unas armas extravagantes, como de juguetes. Les indica que deben cazar a unos aliens que habitan en la Tierra, en una especie de dimensión yuxtapuesta donde los humanos no los pueden ver, más que los cazadores reclutados. El sistema consiste en que por cada extraterrestre eliminado, el competidor que lo haya cazado obtiene un cierto número de puntos. Hasta llegar al número cien, Gantz los libera, les borra la memoria y les regresa su vida normal.


El problema está en que los descreídos perecerán más rápido, además de que las complejas interacciones morales entre los participantes divierten desfachatadamente al endemoniado Gantz, al extremo de procurarles él mismo una diversidad de trampas. En el fondo, uno piensa que la esfera deífica pretende eliminarlos a todos antes de que lleguen al puntaje requerido. Este manga de Hiroya Oku, editado en 2000, tiene su versión anime y es una historia tan excéntrica que ha sido censurada y prohibida en distintos países (no sé si en México se transmite en televisión de paga). En Japón, la historia aún está inconclusa con casi 300 números editados; no obstante, la versión animada contiene 26 episodios.


La historia de los personajes principales que perecen en el accidente de metro, se complementa en cada misión con la de otros difuntos, generalmente víctimas de la violencia o eventos abruptos. En cada una de las intrincadas cacerías se enfrentarán a poderes cada vez más complejos, además de la constante sedición de Gantz. Para ello, Kato, uno de los decapitados en la vía, siempre vela por los intereses del grupo, al grado de exponerse con tal de que todos, sin excepción, puedan regresar aunque sea un día a sus vidas normales. Kei, su amigo de la infancia, se debate constantemente entre salvarse a sí mismo a costas de las muertes de los demás o ayudar a sus compañeros, así hayan sido unos asesinos o egoístas cuando estaban vivos.


La premisa es tan simple como la vida diaria: ¿la sobrevivencia justifica el vacío moral? ¿es posible vivir al margen de lo ético? En un momento dado los extraterrestres desaparecen del foco de atención y éste se concentra en la interacción de los cazadores. Unos, al ver que siguen vivos y que tienen poderes especiales, los aprovechan para someter al resto de los integrantes con tal de salir ilesos. Otros, como Kato, aprovechan para redimirse de sus actos. Sea cuál sea la situación, todos terminan en un momento dado lidiando con el miedo. La violencia y la injusticia, así como la negación de valores morales inmanentes, ceden ante el temor de volver a morir.


Es una fábula, como generalmente ocurre en la caricatura japonesa, que se vuelve una travesía psicológica profunda. A final de cuentas, uno de los personajes, psicópata y asesino, llega a cuestionar el odio que Kei siente por él: “¿Qué no ves las noticias? Los seres humanos se están matando diariamente en todo el mundo. Los gobiernos hacen guerras, matan a centenares de personas y tú me juzgas por matar a unas cuantas”. Gantz, espejo deformado del juicio final, no es menos adicto a la violencia que los humanos. A decir verdad, la serie utiliza como metáfora a los aliens con el fin de hacer ver que en realidad los otros, las minorías desechables, los que son diferentes y juzgados por los inmorales, que todos no somos tan distintos a los cazadores y a los extraterrestres. En el fondo nuestro silencio, nuestra indiferencia hacia los demás, nos convierte en cómplices de aquellos que aprietan los gatillos y toman sus decisiones absurdas en oficinas de lujo. No toleramos a un asesino en serie, ni a un criminal menor, incluso los sometemos a nuestra incoherente tiranía moral. A pesar de ello, somos capaces de consentir, sin congoja ni aspavientos, que nos gobierne a su antojo un perfecto psicópata y asesino en masas que justifica sus crímenes con el argumento de su ética suprema.

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