jueves, 24 de julio de 2008

A pesar de Viena y París, de Tokio y Barcelona...

Siempre me ha parecido impresionante el esplendor intelectual que surgió en la Viena de finales del siglo XIX e inicios del XX. Hoy en día el halo misterioso que existía alrededor del surgimiento de la inteligencia en una geografía determinada ha sido dispersado por condiciones económicas. Los intelectuales se reúnen en lugares donde se les aprecia y, sobre todo, donde esta estima se transforma en una buena paga. Son los intelectuales en fuga. En mis años de estudiante, ya hace bastante tiempo, me parecía enigmático cómo es que un cúmulo de pensadores pudieron surgir en determinada época y en un lugar exacto. ¿Por qué la antigua Viena de Francisco José? ¿Por qué no, digamos, hay filósofos, arquitectos o escritores de tal genialidad en San Marino o en las Islas Fiji?


Ensayaré una lista, con el riesgo de omitir a algún legendario, de aquel imperio que estaba en plena degradación: Loos, Otto Wagner y Joseph Olbrich; Musil, Klimt, Kraus, Schoenberg y Gustav Mahler; Wittgenstein, Ernest Mach y Freud. La lista, que se puede hacer más extensa, es por sí sola muy sugerente. Es un periodo de lucidez apabullante. La Basilea del siglo XIX, para poner un ejemplo de una provincia menor, albergó simultáneamente a Bachofen, Burkhardt y Nietzsche, tres intelectuales de grueso calibre.


Pienso, inevitablemente, en la España de los Siglos de Oro: Herrera, fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Góngora, Quevedo, Cervantes, Lope de Vega y Gracián, a los cuales secundaron los más jóvenes, como Tirso y Calderón. De igual forma podemos elaborar un listado de la España de inicios del XX: Unamuno, Pérez Galdós, Azorín, Maeztu, Ortega y Gasset, Madariaga, Azaña, Valle Inclán, Pío Baroja, Falla, Machado, entre alguno que seguramente se escapan de mi memoria achatada. No puedo excluir a los genios del 27: Lorca, Salinas, Cernuda, Guillén, Aleixandre, Alonso y Alberti.


También me remito al exclusivo grupo del Boom latinoamericano: Cortázar, Fuentes, Vargas Llosas, García Márquez, Gil de Biedma e, incluso, Pitol y Kundera se les unían ocasionalmente en Barcelona. Imperdibles en la alma mater del París sesentero: Derrida, Barthes, Foucault, Althusser, Kristeva y Lacan. Pienso, de igual forma, en la fuerza magnética que pudo convocar en Japón, en el Tokio underground, en algún momento dado, a Mishima, Tanizaki, Kawabata, Abe y Oé. Ante tales ejemplos, y bajo el pecado de hiperbólico, me parece increíble que el universo no haya colapsado o no se haya creado un agujero negro, como corolario fehaciente de la teoría del caos.


Sería igualmente curioso si pensamos a la inversa: nunca me he topado con un listado de estas dimensiones épicas en países que nos constan como meros y extraños caprichos de la geografía. Son de esos casos que nos hacen dudar acerca de la naturaleza ontológica de su ser: ¿Cuándo iré a o dónde queda Belice, Liechtenstein, Chad o Papúa Nueva Guinea? ¿Cuáles serán sus escritores, sus filósofos locales, sus figuras de impronta?


A riesgo de parecer ignorante, diré que tienen mucho en común con nosotros. Quizás un groupie de Metallica, en su cuarto adornado con motivos zen y afiches de Britney Spears, con libros de Auster y Marx imbricados con revistas de Batman y Superman, con una amplia colección de DVD’s de Tarantino, escuchando ópera y frente a una calle sin pavimentar y llena de vendedores de pescados y verduras frescas, escribirá en su blog, acaso, sobre lo arbitraria que le resulta la existencia de la pequeña provincia de Hermosillo. Imaginará, probablemente, que no nos interesa el arte o que somos indiferentes a la filosofía; que ignoramos la arquitectura o que ni siquiera somos capaces de concebir a Freud; que somos unos salvajes que no sabemos nada de U2 ni mucho menos de Mozart o Berlioz.


Si supiera que en la región hay escritores, intelectuales, pintores y hasta verdaderos aspirantes al Nobel, sin dejo de sarcasmo alguno. Si supiera que en las calles de Hermosillo se ven atisbos de pintura vanguardistas en los murales o que hay galerías donde se exponen intentos de un arte verdadero y original, honesto. Si supieran que sabemos de Mozart, que podemos referirnos con soltura a las grandiosas óperas del Palacio Garnier, que se cree en las letras de Radiohead y U2, o que en las librerías se pueden encontrar las obras completas de Kafka y Lovecraft o los libros de Dan Brown y Arthur Golden. O que es muy simple hacerse de las películas de Kubrick o de los documentales de Winged Migration o, incluso, hacerse de las frivolidades del Hudson Hawk y de Jim Carrey.


La dispersión del mundo global, así como la existencia de islotes, propician un equilibrio entre los distintos enfoques del pensamiento humano. Así es maravilloso pensar en Hawking en los pasillos oblicuos y borgeanos de Cambridge; Rushdie en las montañas místicas de la India; Sheldrake, en algún instituto californiano sondeando los poderes de la mente; Saramago en su castillo con sabor a cigarrillos Camels en los valles de Portugal; DeLillo, en algún apartamento en medio del ruido neyorquino; Yoshimoto, conferenciando en inquietantes y luminosas universidades en Tokio; Gao Xingjian en algún café londinense o Ha Jin en algún bazar de Atlanta; Crick en Alemania, repasando las neuronas y las posibilidades del ADN; Bono meditando en las tierras áridas del África; Minsky, en los bosques ermitaños de Denver, ideando robots que generen conciencia; Miyamoto, encerrado en sus jardines budistas en Kioto, creando videojuegos que terminan siendo obras de artes; Albarn en la cuadrícula del Tibet.


Quizás un prodigio, como una perla perdida en las profundas turbulencias de un mundo disperso, se encuentra escribiendo hoy, ahora mismo, la obra definitiva del siglo XXI, o fraguando las ecuaciones para la teoría total del cosmos, o soñando con la música del porvenir, o pensando en los esbozos de un nuevo arte arquitectónico, o quizás esté obsesionado con los diseños de los genes… quizás en el Congo, o en medio de un campo caótico en Afganistán, o en alguna playa de la bella Haití. Qué hermoso es saber, a pesar de Viena y París, de Tokio y Barcelona, que aún subsiste la diversidad del pensamiento.

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