domingo, 25 de mayo de 2008

Una apología de Bono

Hace ya dos años la legendaria banda irlandesa U2 visitó México. Los medios masivos dieron, por supuesto, una amplia cobertura a tal evento. La agrupación musical liderada por la figura célebre de Bono (Paul David Hewson) y compuesta por the Edge (David Howell Evans), Adam Clayton y Larry Mullen Jr., fue el fenómeno del momento.
Se cuenta que, tiempo antes de tal concierto en el Estadio Azteca, y cuando cientos de fans aguardaban por ya algunos días para comprar un boleto, Bono se acercó a ellos después de un ensayo saliendo del estadio en su camioneta y les preguntó que si cuánto tiempo hacía que estaban allí para luego retirarse. A los pocos minutos, cientos de pizzas empezaron a llegar: Bono, en un franco acto de desprendimiento que recuerda y recrea de manera análoga a la multiplicación de los panes y los peces, había sacado su tarjeta de crédito e invitado la comida para sus fans. Después de todo, hay que dar de comer al hambriento, y más quienes están en mejores posibilidades económicas de hacerlo.
Con todo derecho, puede uno dudar de las intenciones ulteriores de un famoso y rico que hace este tipo de hechos. Puedo uno dudar de que, si entonando solemne y efusivamente el éxito “One”, se podrá cambiar al mundo. Lo que no puede uno dejar de lado es notar cómo, sin pretensiones demagógicas y pseudo-comprometidas, alguien con suficiente fama y dinero como para vivir muy cómodamente se toma la molestia, más allá de las máscaras ideológicas del altermundismo, de solicitar el 1% del presupuesto federal de los Estados Unidos para el combate del hambre y la pobreza en África.
Se ha cuestionado la labor de Bono señalando que éste se limita a practicar la caridad cuando, según su criterio, debería ejercer la justicia social. La de Bono es, sin duda, una especie de caridad, mas no por eso reprobable. En su acción social-humanitaria y el sustrato bíblico-cristiano que lo inspira, me parece un caso excepcional e interesante del mundo contemporáneo. Las estrellas de rock, tanto más abstraídas de las realidades sociales, más parecen ser aclamadas y seguidas. Lógico. Cedemos a la tentación de una válvula de escape significada en el glamour, la fama, el dinero y, sobre todo, la frivolidad, pues las realidades sociales de pobreza, marginación, etc., no son agradables para nada y para nadie.
Ante esto, la obra de Bono ante la ONU y su papel de mediador en la condonación de la deuda externa de los países de África, puede confundirse con una inquietud genuina y a la vez ingenua, capricho de rockstar, o estrategia de marketing. Juzgar las intenciones internas de un persona es temerario, así que no debiéramos intentar fungir como jueces morales al respecto.
Personalmente, creo –como han dicho expertos en la materia— que la condonación de la deuda externa no es la alternativa más viable para resolver el problema de la pobreza en África. Las teorías económicas de las estrellas de rock no solucionan necesariamente los problemas sociales de los países pobres. No importa. No es ése el punto. No es Bono un político o un funcionario público con tales responsabilidades, ni el mesías elegido para resolverlo, como pretenden serlo ineficazmente los demagogos de moda en América Latina; pero tampoco va a suceder nada grave o dañino si Bono realiza una campaña para erradicar el hambre en el Tercer Mundo. No obstante, y contra todo, es muy loable su labor pública y privada para concientizar y actuar contra tales problemas.
Uno de los leift-motiv que ha inspirado las letras de U2 es el amor y el pacifismo, mas no un amor eros, fácil y frívolo, sino un amor a la criatura humana, una hermandad guiada por cierto deísmo ecuménico. (Letras que, para algunos, ávidos de novedades bajo el sol, no pasan del mainstream del rock-pop ochentero.) Bono, cual irlandés, fue criado en un contexto cristiano. Hijo de padre católico y madre protestante, el cristianismo no organizado de Bono deja entrever una conciencia espiritual capaz de sintetizar lo mejor de sí: la universalidad. Universalidad que se acerca a cierto ecumenismo, pues la cinta que Bono porta en su cabeza durante sus últimos conciertos tiene como propósito hermanar y establecer los lazos de las tres principales religiones del mundo occidental: la luna islámica, la estrella de David judía y la cruz cristiana en coexistencia.
El mensaje de Jesús le parece a Bono susceptible de ser moderno o actualizado. Bono, anglo, universalista y representante cool del cristianismo contemporáneo, parece distar del revolucionario socialista latinoamericano que pretende armarse de valor con armas y quejas que se acercan más al autoritarismo y al caudillismo clásico. Su objetivo no es revolucionario, sino reformador. ¿Habría otra opción por la cuál apostar en un mundo polarizado por las paralizantes fuerzas ideológicas como si la Guerra Fría no hubiera sido suficiente?
El logro de las iniciativas de Bono pueden desembocar en la conciencia de que, si bien el mundo parece irredimible en términos espirituales, al menos hay gente que procura, no navegar con bandera ideológica por él, sino aportarle algo en el inmenso mar de desesperanza y miseria. Y tal iniciativa incluye, por supuesto, pagar las pizzas de un grupo de admiradores hambrientos.

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