jueves, 15 de mayo de 2008

La angustia de las influencias

Henry James decía que los críticos literarios eran, secretamente, una cofradía de escritores frustrados. Tanto Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras, como Ricardo Piglia en Realidad y ficción, han sugerido algo parecido. Sabemos que la mayoría de los escritores tienen la costumbre de restarle importancia a las lecturas llevadas a cabo por los críticos. También conocemos la otra faz del asunto: los críticos a menudo llevan al extremo sus desconfianzas y prejuicios y juzgan, para bien o para mal, una obra desde el baluarte de sus preconcepciones.

Intentar dilucidar este conflicto sería una tarea titánica y, además, vacua y absurda. No creo que en realidad se trate de un problema, sino de un pretexto al que recurren tanto escritores como críticos. Bien visto, ambas disciplinas practican formas del discurso y sus existencias se fincan sobre la cimiente babélica de la escritura y la imaginación.

Hoy en día en el amplio mundo literario y académico resulta común toparse con artistas y críticos que paladean la idea de escribir alguna gran novela. Personalmente siempre me ha asombrado la tremenda ligereza que a veces nos ocupa al hablar de nuestras ambiciones literarias. Este extraño complejo romántico de escribir un libro parece ser más frecuente de lo que se piensa . Y no se diga en nuestro particular cosmos literario. Las ambiciosas obras “ab ovo” de las cuales nos enteramos son, por el simple hecho de plantearse como un proyecto literario, empresas tan desproporcionadas que a veces pienso en mí mismo y en mis amigos en ciernes de escribir algo como secretos y terribles personajes borgeanos. En el mundo abundan réplicas degradadas y mucho más soberbias de Argentino Daneri, el poeta autosuficiente e ingenuo del cuento "El Aleph".

Sorprende, de pronto, escuchar las imaginaciones febriles de nuestros amigos, compañeros, familiares o simples allegados acerca de mundos o personajes totalmente arrebatadores que aspiran a ser puestos en un libro sin parangón. Cuántas veces no hemos escuchado, en boca de una persona con ínfulas de Cervantes, una trama compleja, a lo Joyce, que nos parece genial y, muy en el fondo de nosotros—y a veces a flor de piel— podemos reconocer un atisbo de envidia o coraje por no haber pensando en tan iluminada estratagema.

Algunos libros nacen desde la semilla de un título primordial, que nos suena bien o que pensamos enigmático. ¿Qué historias podríamos escribir si se nos hubieran ocurrido primero títulos tales como Crimen y castigo, o El hombre sin atributos, o La mano izquierda de la oscuridad, o El corazón de las tinieblas, o La muerte de Virgilio, o En busca del tiempo perdido, entre otros más que se me escapan? Muchas veces el escrito va hacia atrás, hacia los tegumentos originarios de sus primeros capítulos. También podemos ir de en medio hacia delante y hacia atrás, en ritmo pendular. Otras veces de forma lineal.

Desgraciadamente, muchos futuros libros no pasan la frontera de la poderosa imaginación. Es desagradable darse cuenta cómo un plan poético o narrativo que consideramos valioso termina naufragando en un montón de garabatos o en la agonía de unas cuartillas inconexas, en franca discrepancia con nuestra imagen ideal, como sombras desgarradas que se proyectan a partir de objetos pertenecientes al mundo platónico. ¿Qué hace tan complicada la labor de escribir una novela sin mencionar el inconveniente de hacerla de forma convincente?

Si pensamos bien, son pocas las obras maestras que verdaderamente están en el canon porque lo valen de pies a cabeza. Otro puñado de obras se encuentra por debajo de la absoluta maestría, pero muy por encima de la abrumadora media. Otro tanto representan un rango no despreciable. Las más figuran en el inmenso cajón de sastre que conforma la totalidad de los libros que no le aportan ni le quitan nada a la literatura y a su exclusiva tradición.

Sin embargo, todos pensamos que podemos competir con los grandes libros. Una secreta vanidad nos corroe. Leemos por gusto a Homero, a Dante, a Cervantes, a Kakfa y a Joyce, a Borges y a García Márquez; pero también con la morbosa osadía de usurparles sus temas y sus estilos narrativos y poéticos. Y aunque nunca lo admitamos abiertamente, también los leemos con la soberbia de aquel que puede hacer mejor las cosas que sus maestros. Pocos tienen el valor de reconocer que lo más probable es que sus obras terminen en el ingente catálogo de libros no leídos por soporíferos, monótonos y nada geniales.

Lo anterior es comprensible hasta cierto grado. Harold Bloom expuso en La angustia de las influencias (The Anxiety of Influence) que la historia de la literatura es una batalla titánica que se da en el plano de la psiquis y en la individualidad de los grandes poetas, los cuales sufren un drama edípico al autoproducirse como escritores canónicos. Toda obra parte de una lectura previa de la tradición; los grandes hitos literarios nacen como una desviación o interpretación errónea de sus antecedentes. Bloom, al defender esta teoría, explica que la genuina angustia que genera el dominio del padre-poeta sobre el escritor en ciernes, produce en éste diversos caminos que lo llevan a transformar una lectura equívoca en una imagen literaria creativa.

Así, la resistencia a las influencias supondrá, según Bloom, la no consecución de un estilo propio ni dará como fruto una obra de respetables cualidades. El poeta cabal, con mentalidad fuerte, será capaz de reconocer sus limitaciones frente a los grandes escritores consagrados y podrá socavar su autoridad. La encarnizada incorporación de elementos novedosos en narraciones y poemas son intentos ansiosos por desbaratar las influencias del pasado y superarlas definitivamente. Son mecanismos, según Bloom, propios de una castración edipal que conllevan la revisión y remodelación de los significados aprehendidos defectuosamente. El escritor intentará regular las fuerzas de la tradición literaria.

Si consideramos la teoría de Bloom, quizás sufrimos de una soberbia inaudita que nos impide reconocer el valor de los clásicos. O quizás somos muy buenos lectores y extirpamos el significado de un texto en su estado virgen; o, en definitiva, no leemos a los “precursores” de nuestro gran canon. Y me desanimo al pensar que quizás la segunda posibilidad es la razón por la cual no se producen tantas obras legendarias y deslumbrantes.

Por otro lado, también prevalece el inquietante factor cultural que se ha derivado de la sociedad de consumo: la de estar fascinados con nuestro narcisismo a ultranza. Hoy en día todos, literatos o no, vivimos bajo la permanente seducción de un presente eterno. Estamos invadidos por la idea constante de rendir culto al cuerpo y a la imagen. También existe una insidiosa tendencia hacia un concepto de salud que pretende obsesivamente anular los efectos del tiempo y de la muerte. Quizás algunos rechazamos estas nociones o somos conscientes de ellas, pero vivimos en un medio del cual es imposible escapar.

Parecemos ser sensibles a un exclusivo tipo de angustia: por nuestro entorno, por nuestras mundanas necesidades: por los celulares y la ropa de moda; por los autos y por el dinero; en fin, por una compulsión de autodescubrimiento y autocontemplación cosmética y masturbatoria alentada por la omnipresencia del marketing. Si hacemos caso a Bloom, estos aspectos no guardan relación alguna con la angustia edípica que ocupa una parte fundamental en el quehacer creativo; lo cual va en detrimento, siguiendo al teórico norteamericano, de nuestros apetitos encumbrados de gloria literaria.

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