domingo, 20 de abril de 2008

Ruido de fondo

Si se busca un representante claro de la novela norteamericana posmoderna, Don DeLillo es sin duda el más insigne. En 1985 se editó una de las narraciones capitales del posmodernismo: White Noise, traducida como Ruido de fondo y publicada por la editorial Circe en 1994. La historia se centra en la vida de una familia común por excéntrica: el padrastro, Jack, catedrático del seminario de estudios sobre Hitler en una universidad y divorciado cuatro veces; la madrastra, Babette, ama de casa aficionada a leerle las noticias a los ancianos; Heinrich, el hijo psicópata y aislado; Denise, hijastra que se erige en juez de la familia y Wilder, el más pequeño. También el mejor amigo de Jack, Murray, el George Constanza de la novela y profesor titular de la materia sobre accidentes automovilísticos.


La trama curiosamente “no trata de nada”. Tampoco es que sea digresiva, sino más bien mantiene la estructura de un show de televisión tipo Seinfeld. Somos testigos de los diversos hechos que van envolviendo a los familiares y que poco a poco se van uniendo en una estructura que resalta su caos. Narrada desde la voz de Jack, se nos presenta su inicial angustia por desarrollar estrategias de marketing para hacer más atractivo el seminario de Hitler, entre los que destacan su mediocre curso de alemán y su patético look nazi. Heinrich, el personaje antagónico, nihilista como todo joven ochentero, constantemente desafía y degrada a su padre poniéndolo en ridículo a través del uso de pruebas científicas recientes con el fin de refutar contundentemente su autoridad patriarcal.


Babette, por el contrario, tradicionalista y, por ello, alarmista, desea fervientemente morir antes que su esposo. Hacia la mitad de la novela, descubrimos que ha participado en un misterioso experimento para tratar de suprimir el miedo a la muerte con un comprimido. Involucrada en una relación turbia con el científico encargado de la investigación, Babette acciona el trauma del temor en su esposo para convertir la trama en un constante deseo de la represión psicológica. Rodeado por el bienestar capitalista de la euforia del supermercado, empujado a la compulsión de cuidar la salud, las calorías, el ejercicio y temeroso de los químicos de los alimentos, Jack anhela, más bien, el aura de un cuerpo resguardado en una burbuja de satisfacción al grado de hacerse adicto a los chequeos médicos exhaustivos.


El punto álgido llega cuando, debido a un accidente industrial, son evacuados de su distrito y se describe de forma sarcástica la euforia de la procesión de automóviles atorados en las autopistas para escapar del Niodeno-D. Tan irónico es el pasaje, que la nube tóxica (eso sí, seguida por varios helicópteros militares con reflectores) parece tener voluntad propia y los persigue hasta los refugios. Jack, incluso, se expone al gas y niega, en todo momento, por miedo, los resultados médicos que le diagnostican que “quizás” desarrolle una “masa nebulosa”. Al final de cuentas, se sugiere que el ruido de fondo de la radiación, de las ondas de los electrodomésticos y cables de alta tensión son los responsables de los desajustes mentales, de los traumas y de las fobias, como si el exceso de progreso produjera miedo a la fragilidad. La novela está cruzada por la indiferencia y la ridiculez de una sociedad gesticulante, encaprichada por lo correcto. No hay sitio para el pathos dramático: todo parece reducirse a la imagen concreta de un falsamente arcano lector láser de códigos de barra. Usted entenderá.

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