domingo, 2 de marzo de 2008

Identidades asesinas

Escrito con un estilo literario inconfundible, Identidades asesinas, de Amin Maalouf, se inscribe en los amplios estudios culturales que intentan modificar nuestra manera ordinaria de conceptuar las condiciones y mitos que rodean la existencia autóctona de los individuos. Como sabemos, la escritura de Maalouf siempre ha encontrado su racionalidad en la opaca línea que separa Oriente y Occidente. El propio Maalouf, al relatar su huida del Líbano debido a la guerra en 1976, y su posterior acomodo en París, ha explicado que su vida sólo es imaginable en ese espacio limítrofe. Su libro intenta analizar los más hondos conflictos de la civilización que han llevado a las grandes matanzas históricas. ¿Qué es, pues, lo que impulsa a un ser humano a matar a otras personas, bajo el pretexto de la patria, la religión, la ideología o la etnia?

La angustiosa búsqueda del escritor libano-francés postula, subrepticiamente, que si aceptamos la diversidad de pensamiento y costumbres en el planeta, consecuentemente estaremos afirmando nuestra singularidad como individuos y asumiendo responsablemente nuestras pertenencias culturales como colectividad. La vía contraria, la de la negación y la violencia, carece de sentido porque al arrebatarle las señas de identidad al otro (para aludir a la gran novela de Goytisolo) implícitamente elevamos nuestra condición a un estado puro e inmutable; antinatural.

Maalouf ahonda en los supuestos aceptados universalmente. Cuando nacemos, estamos fatalmente determinados a sumir una identidad, una pertenencia única, valiosa y cuya posesión es nuestra única forma de existir. Hoy en día prevalece la desalentadora devaluación de las experiencias personales. Se cree que ellas no añaden nada a la conformación de la identidad. Importa mucho más el lugar donde nacimos que el cúmulo de vivencias adquiridas a lo largo de los años.

Maalouf, con el ánimo de un buscador de fósiles, advierte: ¿Cómo será posible la conservación de la cuna autóctona cuando el mundo globalizado se parece cada vez menos al lugar de donde venimos? Éste será el gran problema del siglo XXI. En un contexto amplio, donde poco importan las propiedades vernáculas, las identidades asesinas tienen más probabilidades de expandirse y destruir la convivencia entre los hombres. Los grupos que alientan y creen en la identidad diferenciada y en la naturaleza inmanente de ésta van a contrapelo de la configuración de mutua dependencia que implica un mundo interconectado y masivo.

El paso, para el escritor libano-francés, debería ser el siguiente: sustituir la vieja idea tribal del hombre por la urgente admisión de la “mundialización” en el escenario de nuestras vidas. Es axiomático asimilar los cambios vertiginosos que la aldea global trae consigo, para ser capaces de modificar nuestros actos, nuestras costumbres y convicciones, así como nuestra visión acerca de la compleja manera de ser de las otras culturas. Al ser conscientes de nuestras particularidades de identidad, se abre la posibilidad de pensar de la misma manera tolerante a la vasta herencias de los otros pueblos y, así, hacerlas parte de nuestra existencia; comunicarnos, al fin y al cabo, en un nivel que sobrepase los lenguajes económicos y políticos de los gobiernos.

Pero se corre el riesgo, en un medio social que cambia a la velocidad del sonido, de quedarnos encerrados en los prejuicios o complejos del pasado. Si no nos es posible imaginar un mundo que haga parte de su itinerario, a través de su vastas red de comunicaciones instantáneas, las ideas de justicia, libertad y tolerancia, entonces debemos estar listos, necesariamente, para ver un escenario en donde el recrudecimiento de sublevaciones radicales e intransigentes sea el pan de cada día. De nosotros depende el surgimiento de una identidad basada en conceptos de coexistencia y no en preconcepciones esencialistas. Si fracasamos, tal y como se entrevé, estaremos contribuyendo a la formación de legiones sanguinarias, de seres extraviados en el amplio mapa de aquella identidad, por desgracia ya tan común, que se inspira en el odio y en la negación absoluta.

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