domingo, 30 de marzo de 2008

Del Quijote a Descartes (parte II)

René Descartes nació en 1596 en La Haye, Francia, y murió en 1650 en Estocolmo, Suecia. Fue un estudioso de la escolástica y tuvo una fuerte educación católica. Su escrito más importante e influyente fue el prefacio a su libro Ensayos filosóficos, de 1637, donde expuso la filosofía del método científico y al cual tituló Discurso del método. Según Descartes, la realidad estaba compuesta por dos sustancias que Dios había creado: la inteligencia y la materia extensa o física. Al aplicar los principios racionales de las matemáticas y la aritmética al pensamiento filosófico, Descartes desechó la tradición escolástica de comparar las opiniones de las autoridades como parámetro de demostración racional.

La premisa cartesiana del “cogito, ergo sum” (pienso, luego existo) plantea que la conciencia de estar siendo es una prueba contundente de la existencia. La simpleza del silogismo es la base de un sistema mecánico y nítido para explicar los fenómenos naturales. Descartes intentó despojar al pensamiento científico de las viejas concepciones espirituales. Así, sus tres postulados se convertirían en un clásico de las ciencias en su conjunto, a lo largo de los siglos: tener ideas claras y distintas.

Descartes, en una época de celosa vigilancia religiosa, estableció que había que dudar de todo lo que pudiera ser puesto en crisis racional. Lo más importante era desconfiar de la información captada por los sentidos. La incertidumbre en Descartes es un medio para alcanzar un conocimiento comprobable. Su método, como queda visto, de la misma forma que el arte de Velázquez, Góngora y Cervantes, trata de romper los tradicionales vectores del pensamiento occidental y someter a prueba las verdades que nos han precedido.

Sin embargo, cuando explicó que había un sistema de planetas que se movían alrededor del Sol, la Iglesia consideró que su modelo era herético y tuvo que modificarlo. Su esquema presentaba unos torbellinos de materia etérea en la que el espacio estaba lleno de elementos en distintos estados rotando en torno del Sol.

Contribuyó en el campo de la óptica al descubrir la ley de la reflexión. También pensó que la sangre poseía cualidades misteriosas (“espíritu animal”) y que el alma se encontraba en el hipotálamo, teoría que siglos después indagaría el ya consolidado Premio Nobel de Medicina Francis Crick.

Las contribuciones de Descartes originaron las futuras discusiones entre racionalistas y empiristas e inspiraron el modelo de la física de Newton. Pusieron en marcha en el itinerario occidental las bases del conocimiento racional de la naturaleza, en el sentido de que el observador podía indagar sobre el objeto de forma objetiva, diferenciada para obtener resultados claros. El pensamiento cartesiano se emparentaría, de igual forma, con las visiones de una monja en las colonias del Nuevo Mundo; en específico, con uno de los poemas más grandes de lengua castellana: el Primero sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz.

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