miércoles, 12 de marzo de 2008

Del Quijote a Descartes (parte I)

El Quijote es uno de los representantes por antonomasia del arte de la elipsis barroca. La constante trasgresión del punto de vista descentra las posibilidades del lector para interpretar de forma total y unitaria la obra de Cervantes. Como ocurre en la pintura de Velázquez, el foco de la novela se encuentra en constante fuga. Hacia el capítulo IX, al final del VIII, el segundo autor (¿una figura oscura que se identifica con Cervantes?) encuentra en un mercado de Toledo los manuscritos originales de la historia del Quijote, escrita por un historiador árabe: Cide Hamete de Benengeli.

¿Quién es el autor de la obra? ¿Es una novela, una crónica o un documento histórico para dar fe de la existencia de un notable caballero? ¿Qué leemos? ¿Una traducción fiel del árabe o una traducción amañada? El constante cambio de voces narradoras impide que el lector posea certeza de lo que lee. El texto múltiple, polifónico, nace con el Quijote. Y surge en una nación cerrada, unidimensional, ortodoxa, vertical.

La elipsis autoral permite a Cervantes escritor eludir los conflictos con la verdad extra literaria, con la visión religiosa dominante. Al dotar a su mundo narrativo de la irrupción constante de la incertidumbre evita conformar una voz central, que ostente el sentido del mundo narrativo (¿por qué no se nos dice en qué lugar de La Mancha se lleva a cabo la aventura?). Si en el Quijote de 1605 los conflictos entre voces autorales desautorizan la versión que leemos, en 1615 la indeterminación narrativa alcanza su punto culminante cuando los mismos personajes son conscientes de su carácter libresco y, en consecuencia, de que son contemplados por una nueva entidad: el lector. Ante ello, las constantes imbricaciones literarias hacen difícil encontrar un eje desde donde podamos enfocar nuestras interpretaciones.

El mundo del Quijote, a diferencia del de Dante, es un orden sin dirección, hostil. El caballero de la triste figura ya no debe recorrer el orden jerárquico del universo, como lo hace Dante en la Divina Comedia: ahora recorre un mundo descreído, donde se ha desalojado toda certidumbre de Dios y el cosmos ya no es un sitio jerárquicamente rígido. Don Quijote no tiene un itinerario para sus aventuras, no hay una dirección definida. Es un mundo oscuro, donde la incertidumbre prevalece. En la segunda parte de 1615, en uno de los capítulos más célebres, don Quijote decide cambiar de dirección y en lugar de dirigirse a Zaragoza termina en Barcelona, de forma arbitraria, sin más que negarle al Quijote apócrifo de Avellaneda un centro de verdad.

Don Quijote se adentra en un universo corrupto, mundano; no en un orden armónico y divino, como el caso del italiano. Su rumbo no exige una coherencia con la constitución esférica del orden ptolemaico; más bien sigue el patrón de la elipse, donde el des-centramiento, en constante fuga, plantea un universo imperfecto (no circular ni esférico), indeterminado, donde la médula de sentido puede ser un loco idealista, un autor árabe, unos viejos manuscritos en lengua extranjera, o un lector desorientado, deseoso de encontrar una dirección en un mundo sin rumbo. La ausencia de eje nos permitirá acercarnos al cosmos, estudiarlo, buscar su sentido, su orden, su coherencia, pero desde la perspectiva de la mente y no sólo desde la visión religiosa o aristotélica. Isaac Newton, fundador de la física moderna, encarnó en su ley de gravitación universal el ideal del hombre que puede comprender a la naturaleza en su totalidad, en un sistema abierto que va más allá de explicaciones teológicas y de las verdades inmutables y cerradas.

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