miércoles, 13 de febrero de 2008

Novela posmoderna, ¿o no?

Algunas ideas de la narrativa posmoderna tienen su origen en las observaciones hechas por Tom Wolfe en su libro El nuevo periodismo. En él plantea el concepto de la “nueva novela social” aduciendo que la narrativa de la etapa moderna (con el ejemplo de William Faulkner) es incapaz de representar la realidad dinámica de la actualidad. Para él, existe la gran necesidad de regresar a los modelos olvidados por los grandes modernistas, o sea, a las características de la ficción decimonónica.

Este modelo, insiste, permite hablar de “la hipocresía y variedades de las metrópolis”. Wolfe expone que para ello la prosa se ha valido de dos innovaciones derivadas del periodismo: 1) el método de investigación, que permite documentar los procesos sociales; 2) el método subjetivo de captar y exhibir la novedad sobre los gustos, modas y poses de la comunidad. Ambos elementos son esenciales para la crónica, una forma útil para la narrativa posmoderna. Dicho paradigma permitiría una lectura realista de la novela, en el sentido de que dicha literatura no es densa, como sí lo son las obras de Joyce, Broch, Beckett, Wolf, entre otros.

La gran vitalidad que ha mostrado la llamada literatura “light” se debe en gran medida a que las características de este tipo de novela deriva de las técnicas utilizadas por los autores del siglo XIX. La saga de aventuras del capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte, por ejemplo, se apega al uso del folletín, a lo Dumas y a lo Dickens, y no se diga El código Da Vinci, de Dan Brown, el cual además asimila modos de representación de la narrativa policíaca y de misterio. El caso de la novela Satanás, del colombiano Mario Mendoza, depende en gran medida de noticias encontradas por el ojo curioso del autor en el periódico, tal y como funcionaban las historias de Hawthorne y del mismo Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde, texto que inspira en gran medida la historia de Mendoza y de su personaje, Campo Elías Delgado.

Para Brian McHale, que expone sus ideas en el libro Postmodernist Fiction, explica que hoy en día se privilegia la narratividad por encima de la experimentación vanguardista y el elemento estético. Se han suprimido las grandes proezas metafóricas a cambio de la claridad y el uso de un lenguaje lúdico. Se puede decir que Italo Calvino previó este cambio fundamental en el horizonte de la narrativa al proyectar seis valores de la literatura del siglo XXI expuestas en Seis propuestas para el próximo milenio: rapidez, levedad, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia (conferencia inconclusa). Tales propiedades intentan alentar la incursión permanente del lector en la literatura, ante la amenaza de la desaparición del libro en el medio hostil de la tecnología.

McHale escribe que dichas concepciones han modificado la novela histórica, la cual ha evolucionado como producto de una visión revisionista de determinados momentos emblemáticos de la cultura. El crítico explica que el verdadero problema de la “nueva novela histórica” no estriba en la relación de la literatura y la historia, sino en el elemento de la “representación” que tenemos acerca del pasado. De ahí que se plantee en estas novelas la correspondencia de la ficción con el suceso-emblema de determinada cultura, cuestionando con ello a la misma tradición. Ante esto, los elementos que ya había descrito Wolfe acerca de la documentación y el método subjetivo en periodismo aparecen como dos componentes esenciales de la nueva novela histórica, cuyos mayores exponentes son Carlos Fuentes, Fernando del Paso, Jorge Volpi, Napoleón Baccino Ponce de León, Norman Mailer, Thomas Pynchon, Timothy Findley, Edgar Lawrence Doctorow, Salman Rushdie, entre otros.

Finalmente, varios críticos han intentado desentrañar las características esenciales de la literatura posmoderna. David Lodge subraya que hay cinco estrategias elementales: la contradicción, la discontinuidad, la aleatoriedad, el exceso o la desmesura y el cortocircuito. Ihab Asan propone siete rasgos de la literatura moderna, y que la vertiente posmoderna amplía y modifica: el urbanismo, la tecnología, la deshumanización, el primitivismo, lo erótico, lo irracional y la experimentación. Peter Wollen propone seis oposiciones binarias entre propiedades modernas y posmodernas: narrativa transitiva contra intransitiva, identificación contra primer plano, sencilla contra diégesis múltiple, clausura contra apertura, placer contra tedio, ficción contra realidad. Douwe Fokkema bosqueja un número de convenciones composicionales y semánticas como el código del posmodernismo literario: inclusión, no selección o cuasi-no selección e imposibilidad lógica. Es claro que todas estas observaciones remiten al horizonte de la literatura moderna previa, y que estos sistemas de oposiciones no pueden rendir cuenta total de los cambios históricos experimentados por la narrativa actual.

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