domingo, 3 de febrero de 2008

Nueva York bajo ataque: Cloverfield

1: Si uno piensa en los arquetipos, los rascacielos representarían los anhelos místicos del ser humano. Recordar las grandes montañas idealizadas en donde viven los ermitaños y los grandes sabios del taoísmo y el budismo. Símbolos de la cercanía con el cielo, de la trascendencia y la superación de lo mundano, eran el refugio para el hombre en busca de paz. Las grandes ciudades, estrechas, además de buscar optimizar el espacio, se construyen bajo el principio del vértigo: edificios descomunales, cumbres extáticas del crecimiento capitalista.
Si algo nos aterró del 11 de septiembre de 2001, fue el derrumbe de dos signos fálicos de la misticidad económica norteamericana: las montañas de los sabios y guías espirituales se desintegraban, convertidos, como diría Góngora al referirse a lo efímero, “en humo, en polvo, en sombra, en nada”. Si las cúspides de los mismos dioses eran vulnerables, ¿qué nos podía pasar a nosotros, simples esclavos del salario mínimo?

2: Nuestra civilización está hecha para erradicar la idea de caos de nuestra vida. La cultura funciona creando burbujas, espacios para protegernos psicológicamente. La casa, el departamento de una persona, el trabajo, deviene signo y, obviamente, significado. Sucede lo mismo con la comunidad y con las ciudades. Son capas invisibles que nos proporcionan el confort necesario para olvidarnos de que habitamos un mundo frágil que puede salirse de balance con un simple bombazo en Europa, con una contingencia de mercados en Wall Street o, más dramáticamente, con una amenaza de meteorito. Hasta los mismos políticos ven justificados sus puestos al proporcionar a los ciudadanos una especie de colchón para que se sientan asegurados. Ante tantos filtros mentales, el mundo contemporáneo hace casi inservible e innecesario el concepto del amor como figura del refugio ante la intemperie del ser.

3: Luego está la incapacidad de ceder un terreno de lógica a la ficción para dejarnos arrastrar hasta su estética. Los críticos amargados nos dicen que es inverosímil que alguien se mantenga grabando con su videocámara el ataque de un monstruo titánico a Nueva York. De entrada, resulta difícil que una criatura como la de Cloverfield aparezca, así que el argumento falla el blanco. Con la explosión de los sitios como Youtube, grabar este tipo de sucesos no sería para nada remoto, muy al contrario: sería una exigencia, algo imprescindible. Lo que deberíamos de indicar sería que si bien es cierto que la técnica de la cámara en primera persona es un recurso ya gastado (y que presenta pocas variables), en Cloverfield el acierto es mostrarnos desde esta perspectiva a una criatura creada a partir de un ordenador, destruyendo los edificios y mandando a volar la cabeza de la Estatua de la Libertad. No todos los estudios arriesgarían su inversión millonaria para mostrar todo el esplendor informático de una criatura polifémica desde el punto limitado de una handycam. Es un riesgo que el cine de hoy, miserable y sin imaginación, tenía que correr.

4: Las quejas se multiplican: desde Los Angeles, pasando por México, hasta Barcelona y más allá en Japón: el vértigo, los mareos, la nausea. A mí también me ocurrió. Primero pensé que había sido una metida de patada tremenda, pero después me convencí de que había una intención deliberada. No creo que un evento de la magnitud de esta historia sea un día de campo. A veces es difícil ubicar planos, ver en su totalidad a la bestia, pero es parte de la complejidad que entraña la visión única del lente ciclóptico. No hay por qué complacer en todo al espectador: la película incomoda, angustia, aturde, mueve al asistente hacia el morbo. Cloverfield se las arregla para no perder profundidad y hay menudas escenas donde el atacante es enfocado con claridad, y en distintas partes del film. Quizás los episodios de batalla sean la parte más floja en cuanto a que el alocado y superficial camarógrafo, en total pánico, logra captar excepcionalmente el avance de las tropas por el centro de la ciudad para cerrar el paso a lo que parece ser una pata del monstruo submarino. Con todo el movimiento y el estruendo, salí con ganas de vomitar lo que había consumido. Parecía que me habían dado una paliza. Mi compañera sintió lo mismo. Resulta riesgoso que la película intente crear el efecto parecido al que se obtiene al subir a una montaña rusa. Muchos lo aceptarán, otros no, rotundamente. A pesar de ello, siempre aplaudiré cuando un ideal estético compromete con osadía su totalidad con tal de sacudir al pasivo, cómodo y apático espectador de cine.

5: Un oficinista se dirige a Midtown, lugar donde al parecer mantienen cercada a la criatura. Mientras todos huyen, él avanza con un grupo de amigos a través de una geografía devastada y hostil. En contra de la lógica, del instinto de supervivencia, de la cordura, de su amistad, de su madre, del ejército y de la colosal amenaza, el personaje principal sigue en sentido contrario sólo para encontrar y salvar a la mujer que ama. Sabemos que el argumento es de lo más cliché y un patrimonio universal que Hollywood se ha apropiado. Señalar esto no resuelve la incógnita moral que este planteamiento entraña: ¿Qué haríamos en dicha situación? ¿Escaparíamos para salvarnos o volveríamos por los que amamos? Es una interrogante ética que todos, en algún momento, tenemos que responder o descubrir. Por eso no se me hace ridícula la proposición de Cloverfield. En la forma, consistente con el contenido, se refleja el idealismo del director: sobre una cinta que filma lo que parece ser una cita entre los enamorados, se superpone, borrando el recuerdo, la grabación de esa noche destructiva. A pesar de ello, la supervivencia del amor, quizás, es lo que nos salva del caos, bajo cualquier forma que se nos presente. En el fondo, lo que el guionista Drew Goddard y el director Matt Reeves quieren transmitir, es que las civilizaciones son frágiles. No son los edificios ni los monumentos simbólicos los que hacen a las sociedades humanas, sino nuestra capacidad de actuar bajo una convicción sacrificial. Ante los reclamos de sus conocidos, el protagonista decide ir hasta el epicentro sólo por ella. A mí, como a muchas personas, quizás nos parecería una decisión descabellada. Pero eso responde a que estamos imbuidos en nosotros mismos, en esas burbujas psicológicas que nos conservan “centrados”. El amor que manifiesta el oficinista es uno de los valores que escasean y que fácilmente se devalúan bajo las capas de superficialidad que ostentamos. Ineludiblemente, el amor a las personas terminará siendo nuestra única posibilidad de salvarnos.

0 reacciones:

Publicar un comentario

Aceptamos las críticas constructivas y destructivas, pero no aceptamos comentarios anónimos y normalmente los eliminamos. Con escribir su nombre al final de su nota basta. Que tenga un buen día.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...