domingo, 10 de febrero de 2008

Activismo sui generis

Hace unos meses, navegando en la Internet, me encontré la página de una celebridad: Johan Norberg (1973), quien se autodefine como “a Swedish writer devoted to globalisation and individual liberty” (un escritor sueco dedicado a la globalización y la libertad individual) y cuyos propósitos en la página son “share my latest thoughts and explain what I am doing to promote global capitalism” (compartir mis últimos pensamientos y explicar lo que estoy haciendo para promover el capitalismo global).

Es peculiar que Johan Norberg provenga, como él mismo lo dice, de la militancia izquierdista, convirtiéndose en un liberal de la tradición clásica, hasta proclamarse paladín del laissez faire. Ahora lo vemos realizando manifestaciones en protestas por acciones proteccionistas del Estado, como las distribución de bananas de contrabando y arroz en una protesta en contra de las tarifas y aranceles en el Servicio de Aduanas de Suecia. Es una celebridad polémica y original.

La labor de Norberg es, en primera instancia, polémica porque términos como liberalismo (o neoliberalismo para los que suponen en el “neo” un despectivo), capitalismo (con el epíteto de “salvaje”) y globalización, forman ya parte del lenguaje demonológico propios de las discusiones académicas e intelectuales. En ese sentido, se gana la impopularidad de la elite supuestamente progresista. Aun en el contexto menos especializado, neoliberal es un término que casi nadie aplica hacia sí mismo. Sería como decir que uno está de acuerdo en que el Estado venda y privatice los terrenos, de tal manera que los trabajadores de Cananea u Oruro, Bolivia, sean explotados con una miseria de sueldo mientras los dueños (léase, burgueses, para usar a Marx) se enriquecen a costas de aquéllos. Nadie que se considere políticamente correcto hará una afirmación en ese sentido. Y por supuesto, alguien que sea lo suficientemente inteligente y avezado sabrá que ésa no es sino una mera caricaturización de lo que históricamente el capitalismo ha significado para los países occidentales.

Asimismo, es original porque se ha tomado muy en serio eso de promover la globalización, al grado de que ha escrito un libro en donde defiende lo que es, para el pensamiento resentido del Tercer Mundo, aparentemente indefendible: In defense of Global Capitalism (En defensa del capitalismo global, 2002) y, a su vez, ha dirigido un documental llamado
Globalization is Good (La globalización es buena, 2003), en el cual describe cómo exitosamente se ha llevado a cabo el proceso de la liberalización de la economía en dos diferentes países: Taiwán, Vietnam, y cómo en Kenia la oposición al libre mercado ha frenado el desarrollo.

El resultado de este fenómeno es, según la postura de Norberg, en beneficio de los ciudadanos de esas naciones que han adoptado el liberalismo. Ésa es la tesis central del documental. Ha sido sosamente tachado de adoctrinante. No hay cosa tan más obvia. Después de todo, la mayoría de los productos periodísticos lo son, en el sentido de que no sólo informan, sino orientan una visión, una valoración de una problemática. Por eso mismo, no creo que sea el propósito del escritor sueco hacer un estudio desinteresado e imparcial, sino plasmar sus pensamientos (ergo, su ideología) sobre los fenómenos económicos. No hay nadie engañado o manipulado. En el jardín de la pluralidad posmoderna, casi todo es una elección individual en el mercado de las opciones intelectuales. Hasta el l
iberalismo.

En el aspecto de lo frívolo –que es a veces lo más revelador— no dejo de notar el aire de celebridad que Johan Norberg proyecta en su imagen. Es un tipo que conjunta un perfil de avanzada del hombre (varón) del siglo XXI: guapo, inteligente, escritor, culto (¿gay?). Estamos ante un activista comprometido con la sociedad. Sólo que éste no es un hippie trasnochado o un enfurecido globalifóbico (o altermundista) que rompe los vidrios de joyerías y boutiques en Cancún o en Suiza, sino un joven vestido a la moda que cree y argumenta sobre la viabilidad de la liberalización de la economía. Es un activista metrosexual. No un resentido con el mundo, sino un creyente en las potencialidades benéficas del libre mercado. No ve el mundo con el escepticismo y la culpabilidad del europeo socialdemócrata, sino con el vigoroso optimismo de, según Marx y Fukuyama, la última de las ideologías: el capitalismo global. Y una vez más, entre estas dos opciones, el consumidor tiene la última palabra.

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