sábado, 12 de enero de 2008

Y sin embargo, Cortés

El machismo es una de las características más notables de la cultura mexicana. Ya sea que vivamos en la apacible provincia o en la estridente capital, nuestra visión de los roles masculino y femenino (lo activo y lo pasivo) está determinada por ese pecado premoderno que niega, hipócrita o cínicamente, la equidad de capacidades y derechos entre hombres y mujeres. O más bien, de hombres sobre mujeres.

No olvidemos, a propósito, que la idiosincrasia de México comienza con un trauma, una violación histórica: la Conquista española sobre el mundo indígena.
Cuando Hernán Cortés (1485-1547) conquista la antigua Tenochtitlán, hoy ciudad de México, hablando sin rodeos, lo hace violentamente. Niega, aplasta, hiere la voluntad del otro: indígenas y mujeres.

En sus Cartas de relación (Coyoacán, 15 de mayo de 1522), dirigidas al emperador Carlos V, Cortés omite toda referencia relevante a su compañera indígena, la Malinche, figura clave quien le sirvió de enlace para conocer la estructura de la sociedad azteca y así dominar. En el símbolo del mestizaje, es decir, la unión de un español y una indígena, ésta es aplastada, usada, negada totalmente. Comienza ahí la historia del México heredado por un antepasado turbio.

Contra todo, y a pesar de algunos, se ha avanzado en la redefinición de los respectivos roles. Hoy ninguna persona cuerda podría negar los potenciales igualmente válidos de hombres y mujeres. Tenemos mujeres en la política, en el ámbito académico, artístico y empresarial, lo cual ha resultado, para bien o para mal, en la competencia entre géneros. La omisión de Cortés parecería ya no funcionar.

Sin embargo, la figura del conquistador español viene y resucita en este o aquel autoritario jefe político o policial, en algún frustrado y soberbio funcionario que busca imponerse sobre el otro, en un líder carismático que subliminalmente ansía el poder. Es el macho que llevamos por dentro en nuestro subconsciente colectivo y que, como una maldición, reaparece y causa estragos.

Como todo trauma, éste es complejo y tal vez aún no lo superamos. Por un lado, la noción de lo masculino y femenino como activo y pasivo respectivamente, impide avanzar y, por supuesto, madurar como sociedad. Por otro, la respuesta no está en el feminismo (o hembrismo) recalcitrante.

Imágenes como la de la abnegada madre mexicana, símbolo de la fecundidad y la conservación, tienen hoy un sentido confuso: la mujer, sea cual fuere su edad o clase social, quisiera ser más bien tomada cuenta que respetada, pues hay formas de respeto francamente caducas. No sólo parir, sino, como dice una antigua canción, también escoger hacia dónde ir.

Tal vez sea un lugar común, pero acaso la respuesta no esté sino en la conciencia, en la educación por parte de la familia y las instituciones. No es nada fácil, pues la historia del machismo implica toda la historia nuestro país. Así como la Conquista es una herida profundamente fresca, nuestro machismo es la cicatriz de esa herida. Borrar esa cicatriz es acaso nuestra misión histórica.

0 reacciones:

Publicar un comentario

Aceptamos las críticas constructivas y destructivas, pero no aceptamos comentarios anónimos y normalmente los eliminamos. Con escribir su nombre al final de su nota basta. Que tenga un buen día.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...