domingo, 6 de enero de 2008

Copérnico, heliocéntrico

A inicios del siglo XV, ya en las vísperas del renacimiento, un oscuro astrónomo, médico, filósofo y abogado polaco postuló que la Tierra era el centro del universo. Desde las torres de Heilsberg, Allensteiny Frauenburg, comenzó a fraguar sus primeros esbozos que, a la larga, harían que la mentalidad medieval, que se había erigido sobre el implícito orden divino del sistema ptolomeico, comenzara a transformarse a través de la duda vital que planteaba el cosmos.

Su sistema consistió en una deposición del centro. Copérnico rescató de la oscuridad el viejo esquema de Aristarco. En el sistema heliocéntrico del polaco, la Tierra y los demás planetas giran en torno al Sol, el cual debía permanecer inmóvil. Su teoría heliocéntrica, que apareció sistematizada en De revolutionibus orbium coelestium (1542) fue enérgicamente atacada y ridiculizada por la Iglesia. Sin embargo, las ideas de Copérnico aún se apoyaban en nociones clásicas, como en el esquema de la esfera de Eudoxo, aunque sin el movimiento rotatorio.

El esquema del astrónomo polaco podía dar cuenta de las translaciones anómalos de Marte, Júpiter y Saturno, las cuales no eran explicadas a cabalidad por Ptolomeo. La representación de Copérnico se convirtió en el prototipo del universo más estudiado a finales del siglo XVII, a pesar de ser incluido en 1616 en el catálogo del conocimiento prohibido de la Iglesia católica. La incipiente geometrización del espacio, el hacerlo mensurable, contribuyó decisivamente a las posteriores obras de Galileo, Kepler y Newton. El lenguaje con halo místico y religioso que bordeaba toda teoría del cosmos mutó de pronto. De repente se pasaba de demostraciones geométricas a problemas algebraicos. Sin embargo, el sistema esférico ideado por Aristóteles aún permanecía en la nostálgica imagen de un universo hecho de órbitas circulares, donde cada una de ellas describía a un enorme cosmos concéntrico.

La degradación de los cuerpos

Las observaciones que realizó Galileo, gracias a su telescopio, revelaron manchas en la superficie solar: la luna tenía cráteres y montañas, una superficie irregular; Júpiter arrastraba consigo pequeñas lunas; la vía láctea sólo era una mancha informe de polvo y luz. Contraviniendo las ideas de Aristóteles, de que en el cielo sólo podían haber objetos esféricos y nada más, Galileo enseñó a los hombres incrédulos del renacimiento que el cielo era un lugar donde la materia adquiría distintos relieves, amorfos y corruptibles. La materia celeste en realidad no era expresión de la perfección divina, sino de la degradación humana.

Ante las férreas críticas de sus contemporáneos, Galileo comportó un modelo sencillo, de una simplicidad, sin embargo, precursora, caro patrón a seguir por Kepler y Newton. En 1612, como producto de algunos estudios sobre flotación y manchas solares, el científico italiano fue criticado y enfrentó las acusaciones que la Iglesia le formulaba, pues el pensar que la Tierra se movía y giraba constituía una herejía. Dos años después, un sacerdote denunció las prácticas de Galileo; éste, orillado por tal situación, redactó una carta abierta donde pedía la libertad de investigación y el respeto por los límites de la interpretación científica y teológica.

El cardenal jesuita Roberto Belarmino exigió a Galileo que no tomara literalmente la teoría de Copérnico ni que intentara forzar la inmutable revelación bíblica para acomodarla a interpretaciones herejes. El sistema de circunferencia de Galileo mostró un universo donde las verdades eran movibles, finitas, dispersas y refutables con base en la observación directa. A pesar de que Galileo creía en la idea heliocéntrica, aún permanecían viejas trabas aristotélicas en sus concepciones. Las órbitas circulares del viejo astrónomo todavía comportaban un halo armónico heredado por el cosmos esférico tradicional.

A pesar de ello, en el año de 1633, Galileo fue obligado a abjurar en contra de sus descubrimientos. De ahí la legendaria frase: “Y sin embargo, se mueve”. Fue condenado a prisión perpetua, misma imposición que fue matizada bajo el rubro de arresto domiciliario. Su acérrima defensa de la labor del científico prefiguraron momentos críticos en la evolución del pensamiento. Como Severo Sarduy lo había explicado: el momento del barroco coincidiría con la vida de uno de los más importantes hombres de ciencia. Alumno del hermético Tycho Brahe, el joven Kepler pensará en un orden elíptico, plenamente barroco, para desmantelar la mal fundada maquinaria del geocentrismo y para explicar un universo desprovisto de centro.

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