martes, 29 de enero de 2008

Calorías y conocimiento

Un alumno en apuros me comenta con apremio que su profesor les ha pedido un ensayo sobre la película Schindler's List; complementa diciéndome que a todos sus compañeros les parece una tarea excesiva. No creo que todos sus colegas tengan la misma opinión, pero no me sorprendería que la mayoría sí. Cuando tenía a mi cargo una materia de apreciación de cuento contemporáneo, los estudiantes mostraban una pereza incomprensible a la hora de estudiar relatos breves. Sabemos que el grueso de la población no acostumbra leer libros extensos ni complicados. Es más fácil encontrarnos en el subterráneo con lectores de Dan Brown y J. K. Rowling que de James Joyce o Hermann Broch.

La resistencia a la lectura es una de tantas consecuencias de la cultura de lo indoloro. Paradójicamente, nos quejamos de todo: del gobierno, del mal estado de las calles, de la policía, de la programación televisiva y, en el caso de nuestro estudiante, del conocimiento mismo. No explico esto con el afán de decir la vieja piltrafa racionalista de que la lectura nos hará cultos y mejores individuos. Más bien muestro cómo es que tendemos, cada vez más, a exigir las mejores condiciones imaginadas para nosotros, para nuestra propia experiencia íntima y personal. La realidad social no tiene un menú tipo iPod con el cual podamos modificar a nuestro antojo lo que no nos guste.

No defiendo la filosofía conformista, sino que repruebo la actitud infantil de lo cómodo. Hay una gran diferencia entre criticar un método de enseñanza y quejarse por hacer una cuartilla de una película de poco más de dos horas. La inconformidad del incipiente historiador tenía que ver más con un asunto de relajamiento. Tal vez hubiera enloquecido si a su profesor se le hubiera ocurrido encargarles la lectura del libro de Richard J. Evans sobre el Reich, de casi setecientas páginas. Sería una alta dosis de calorías intelectivas. Ocurre lo mismo con las dietas: la lógica y la química nos explican que ejercitarse es la mejor manera de perder peso; la moda nos dicta que la fórmula es comer menos y tener a raya a las calorías.

Pero ambas opciones devienen quejas, ya que la primera implica tiempo y esfuerzo físico, y la segunda nos pide que olvidemos los deliciosos bocadillos y una fuerza de voluntad férrea. Incluso la liposucción tiene sus contras: mucho dinero y someterse al quirófano. La cultura indolora nos facilita esta vía y hasta existen dietas económicas para no dejar de comer y para eliminar los ejercicios, con lo cual no se realiza ningún “sacrificio”. Como nuestro desorientado discípulo, todos, en algún momento dado, hemos flaqueado ante la seducción del camino menos tortuoso.

El conocimiento, sin embargo, es una de esas entidades trabajosas, que requieren paciencia y esfuerzo, todo lo contrario al hedonismo de nuestra cultura cool. Tampoco el conocimiento implica un proceso que involucre dolor (algunas jaquecas, sólo eso). Aprender algo requiere, más que habilidad, curiosidad: así aprendimos nuestro idioma nativo. ¿Algún día terminaremos de tener el sentimiento que nos anima a acercarnos a algo y descubrir sus partes y funcionamiento? La historia nos enseña que el empeño humano siempre ha sido el impulsor de las civilizaciones. La indiferencia no se decanta ni por destruir ni por construir: acepta lo ya dado, como si el mundo fuera inmutable. Lo que decía el estudiante es reductible a esta curiosa forma de aborto mental: denme el planeta así, pues nunca cambiará. Eliminemos de la dieta, pues, lo impráctico, el exceso y quedémonos con la anoréxica apatía que nos ocupa.

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