Un alumno en apuros me comenta con apremio que su profesor les ha pedido un ensayo sobre la película Schindler's List; complementa diciéndome que a todos sus compañeros les parece una tarea excesiva. No creo que todos sus colegas tengan la misma opinión, pero no me sorprendería que la mayoría sí. Cuando tenía a mi cargo una materia de apreciación de cuento contemporáneo, los estudiantes mostraban una pereza incomprensible a la hora de estudiar relatos breves. Sabemos que el grueso de la población no acostumbra leer libros extensos ni complicados. Es más fácil encontrarnos en el subterráneo con lectores de Dan Brown y J. K. Rowling que de James Joyce o Hermann Broch.
La resistencia a la lectura es una de tantas consecuencias de la cultura de lo indoloro. Paradójicamente, nos quejamos de todo: del gobierno, del mal estado de las calles, de la policía, de la programación televisiva y, en el caso de nuestro estudiante, del conocimiento mismo. No explico esto con el afán de decir la vieja piltrafa racionalista de que la lectura nos hará cultos y mejores individuos. Más bien muestro cómo es que tendemos, cada vez más, a exigir las mejores condiciones imaginadas para nosotros, para nuestra propia experiencia íntima y personal. La realidad social no tiene un menú tipo iPod con el cual podamos modificar a nuestro antojo lo que no nos guste.
No defiendo la filosofía conformista, sino que repruebo la actitud infantil de lo cómodo. Hay una gran diferencia entre criticar un método de enseñanza y quejarse por hacer una cuartilla de una película de poco más de dos horas. La inconformidad del incipiente historiador tenía que ver más con un asunto de relajamiento. Tal vez hubiera enloquecido si a su profesor se le hubiera ocurrido encargarles la lectura del libro de Richard J. Evans sobre el Reich, de casi setecientas páginas. Sería una alta dosis de calorías intelectivas. Ocurre lo mismo con las dietas: la lógica y la química nos explican que ejercitarse es la mejor manera de perder peso; la moda nos dicta que la fórmula es comer menos y tener a raya a las calorías.
Pero ambas opciones devienen quejas, ya que la primera implica tiempo y esfuerzo físico, y la segunda nos pide que olvidemos los deliciosos bocadillos y una fuerza de voluntad férrea. Incluso la liposucción tiene sus contras: mucho dinero y someterse al quirófano. La cultura indolora nos facilita esta vía y hasta existen dietas económicas para no dejar de comer y para eliminar los ejercicios, con lo cual no se realiza ningún “sacrificio”. Como nuestro desorientado discípulo, todos, en algún momento dado, hemos flaqueado ante la seducción del camino menos tortuoso.
El conocimiento, sin embargo, es una de esas entidades trabajosas, que requieren paciencia y esfuerzo, todo lo contrario al hedonismo de nuestra cultura cool. Tampoco el conocimiento implica un proceso que involucre dolor (algunas jaquecas, sólo eso). Aprender algo requiere, más que habilidad, curiosidad: así aprendimos nuestro idioma nativo. ¿Algún día terminaremos de tener el sentimiento que nos anima a acercarnos a algo y descubrir sus partes y funcionamiento? La historia nos enseña que el empeño humano siempre ha sido el impulsor de las civilizaciones. La indiferencia no se decanta ni por destruir ni por construir: acepta lo ya dado, como si el mundo fuera inmutable. Lo que decía el estudiante es reductible a esta curiosa forma de aborto mental: denme el planeta así, pues nunca cambiará. Eliminemos de la dieta, pues, lo impráctico, el exceso y quedémonos con la anoréxica apatía que nos ocupa.

4 reacciones:
Alo Dino trajeado:
Como profesora hoy cuando me enfrento a este tipo de situaciones recuerdo lo dificil que era para mi en alguna epoca concentrarme en comprender la importancia de ciertas tareas.
Muchas no las hice,algunas las disfrute,porque exigir esa tarea especificamente es la pregunta, si hasta yo se que podria aburrirme...
Saluditos
Cocó
P.D. Hoy no acentuo cuando no quiero, jeje.
mmm.. ok. la cultura del menor esfuerzo.
yo creo, por otra parte, qe el mundo es un lugar hostil para el qe no están preparando las escuelas. no sé si siempre ha sido así, pero al menos últimamente es la tendencia. entonces, el disfrute y la tarea de encontrar conocimiento se está qedando en los ámbitos de fuera de la escuela, o en muy pocas manos (¿o se está dividiendo la tarea?): las de los nerds qe mueven al mundo y qe (según la esfera) ofrecen la tecnología y el conocimiento suficientemente digerido a los demás para qe no tengan qe esforzarse. "qe ellos me hagan mi ipod, yo me dedico a disfrutarlo y a hacer dinero"... "qe ellos filosofen por mí (tarea innecesaria) qe yo me dedicaré a administrar el negocio d ela familia, a disfrutar el ipod, etc"... "que esos otros muevan el mundo, qe yo lo pensaré y conceptualizaré"...
una división qe siempre ha existido, qe va creciendo... no deja, sin embargo, de ser muy peligrosa. y esa pereza para esforzarnos por entender lo qe no es de nuestra área también puede serlo. saludos
Profesora Figueroa: Antes que nada gracias por comentar. El problema a veces estriba en que el profesor cree que le facilita el trabajo al alumno, pero jamás podrá haber un acuerdo acerca de qué le causa disfrute a una persona. Sólo podemos acercarnos al ideal. Sabiendo esto, creo que interviene gran parte de nuestra voluntad para realizar algo que no nos agrade. Cuando estemos en el mundo laboral habrá tareas de nuestra profesión que no nos van a gustar hacer, aunque nuestro trabajo lo disfrutemos. Pienso que cada vez somos más paternalistas con los alumnos. En mi época no había Internet, ni PC siquiera para poder hacer trabajos presentables. Pero sólo es mi opinión. Saludos.
Carmen ce: Gracias por comentarnos. Tienes razón en cuanto a señalar que siempre ha habido esa división y que hoy se ha acentuado. Hoy los métodos educativos intentan convertir la sesión de clases en una especie de entretenimiento para evitar que el alumno se aburra. Ante los videojuegos y el chat poco tiene que hacer la educación tradicional y los nuevos modelos. Quizás se deba hablar con honestidad de una crisis de los paradigmas de enseñanza.
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