domingo, 26 de agosto de 2007

El disco borgeano

El pasado 24 de agosto se festejó el nacimiento de Jorge Luis Borges. A la luz del evento, algunos críticos resaltaron una larguísima conversación entre Tomás Eloy Martínez y Paul Auster, que apareció en el periódico La Nación, en su sección ADNcultura. Sobre todo se enfatizaron aquellas palabras dirigidas al autor del Aleph. Ciertamente ha sido muy comentado lo que se dijo en tal encuentro, pero se dio un peso excesivo a la frase que Paul Auster utilizó: para él, Borges es “un escritor menor genial”. Según el escritor neoyorquino, el que Borges no haya escrito novela en cierta forma demuestra su tesis, aunque olvida que en aquella época la poesía dominaba el panorama de la literatura mundial (además de que no le hacía falta con la capacidad de condensación que ostentaba). No sin arrogancia, aunque más cuidadoso, Tomás Eloy Martínez apunta que en su juventud pensaba que Borges era un escritor capaz de cambiarle la vida, pero hoy, desengañado, lo mira “distante”. Y argumenta: “Quizá porque hay en él un conflicto no resuelto entre lo que escribía y lo que sentía o se permitía sentir”. Y sí, de hecho en sus entrevistas insiste en que no es una persona fría, a pesar de que se deduzca lo contrario de sus escritos.

La misma necesidad de asesinar al padre también contagió a Borges. Para él era exagerada la bibliografía y estudios acerca de la obra capital de Cervantes e incluso le simpatizaba más el Persiles. El autor argentino, uno de los primeros en explorar las relaciones entre el realismo y lo fantástico, mantenía una pasión de amor-odio con el Quijote, el fundador de dicha dualidad que después el realismo mágico llevaría a sus últimas y conocidas consecuencias. Lo que en el Quijote es conflicto al servicio de la ironía, en Borges la realidad y lo onírico, por llamarlo de algún modo, es una dupla que nos revela que nuestros sentidos se equivocan profundamente a la hora de conocer el universo. La constante duda epistemológica, llevada al extremo, se asimiló como un elemento constitutivo de las ficciones en Latinoamérica.

Si la realidad y la imaginación producen una amalgama que multiplican o reducen las posibilidades del cosmos, entonces sería posible escribir ficciones en donde la tensión entre lo real y lo maravilloso se integren en una historia perfectamente verosímil. Pienso que a partir de la obra de Borges, considerado en su época como el mejor cuentista a nivel mundial, la narrativa latinoamericana comenzó a crecer desmesuradamente hasta lo que es hoy. Los juegos borgeanos son un clásico, no sólo en la literatura en lengua española, sino en Norteamérica (el propio Auster es ejemplo de ello), Europa y Oriente.

Eloy Martínez, a propósito, explicó algo capital: “Siento que estoy ante un gran escritor cuando me parece que expande los límites de la literatura. Algo que no sucede muy a menudo. Como Kafka. Hay una literatura antes de Kafka y otra distinta después. Nada puede ser leído de la misma manera”. ¿No ocurre esto con Borges? ¿No hay una narrativa distinta antes y después de él? ¿No se trata de una manera de concebir la identidad de la novela latinoamericana desde el punto de vista eurocéntrico, como si no se pudiera ver desde los márgenes? Sí, la narrativa nació en Europa, pero no olvidemos que el lenguaje del Quijote era el mismo que hablarían los artistas latinoamericanos. Argumentar que la narrativa es originaria de Europa y que por ello es una sustancia inmutable, es negarle trascendencia histórica y estética a los cuentos de Borges, a la poesía de Paz y a las novelas de García Márquez.

Quizás para Eloy Martínez, otro escritor memorable, la literatura es una competencia encarnizada y piensa en ella como si fuera una historia lineal, igual de válida para todas las culturas. Una de tantas premisas que sostiene el cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, es que las ficciones se repiten, sin ser iguales, y que pueden leerse como una cinta de Moebius, negando así la linealidad positivista. La narrativa posterior a Borges nos muestra la imagen de una América Latina cruda, a veces realista y otras tantas fantástica, torcida, hecha de retrocesos, avances, vueltas, dinámica y discontinua. Antes de él, había dos vías separadas e irreconciliables: la contundencia de la mimesis realista o la locura de la representación paradójica y en conflicto con la percepción objetiva. Hoy en día nos hemos permitido conocer las dos caras de la moneda, aunque como en “El disco” de Odín, y en contra de la evidencia, sólo tenga un lado.

domingo, 19 de agosto de 2007

Reseña: The Simpsons Movie

Mi aventura cinematográfica debería empezar en la fila de un cine de Hermosillo, pero no, inicia en mi sala en Tucson, desde donde comienzo a bajar ilegalmente The Simpsons Movie (2007), el intento de la 20th Century Fox de pasar a la pantalla grande la esencia del show que nos ha entretenido y puesto a pensar desde 1989.

Yo recuerdo que fue una tarde de mi infancia en que por puro accidente comenzó el primer episodio que vi de Los Simpsons después de el Güiri Güiri en TV Azteca, que me lleve el demonio si se llamaba TV Azteca, a lo mejor todavía era Imevisión. El punto es que eso me hace notar algo muy interesante. Los dibujos animados y su relación con los adultos.

La asociación que se hace de dibujos animados con niños, debemos recordar, es un invento de la mercadotecnia de los años cincuentas y sesentas, cuando Disney y la Warner Bros. se dieron cuenta de que podían poner la cara de sus personajes en latas de jugo y podían vender mucho más. Pero las películas donde aparecían estos personajes se seguían mostrando en funciones para adultos, junto con noticias sobre la guerra y películas con actores de carne y hueso.

Así que cuando era niño veía Los Simpsons porque se asumía que si algo estaba animado era para niños. Con Los Simpsons se volvió a la noción de una animación para adultos, en verdad las primeras temporadas no apelan mucho al humor de un niño, no había mucha comedia física ni personajes coloridos. En estas últimas temporadas la inclusión de celebridades y referencias a la cultura de masa también deben ser difíciles de captar para un niño que quiere ver un pokémon estallando en arcoiris rabiosos.

La película de los Simpsons es, sí, una muestra perfecta de lo que es el show, pero sólo en las tristemente famosas nuevas temporadas. Y es que no es secreto que existe un cliché que consiste en condenar las nuevas temporadas (muchos dicen que apartir de la cuarta temporada) por haber traicionado la calidad y la ingeniosidad de las primeras.

Se argumenta que la serie se ha hecho demasiado asburda y que Homer Simpson se ha vuelto más pendejo, que las situaciones son menos creíbles y que la constante aparición de celebridades es signo inequívoco de que la serie ha saltado el tiburón. Bueno, imagínense estas cosas de las que se quejan los detractores de las nuevas temporadas, puestas juntas en una hora y media de animación de calidad (que recuerda más a Futurama que a Los Simpsons) y ahí tendrán The Simpsons Movie.

No hay mucha profundidad, los villanos son locos sin causa y el amor y el heroísmo son rápidos e inexplicables, pero en verdad no importa mucho. The Simpsons Movie es una comedia muy gringa y que depende mucho de lo que ya se nos ha puesto en la cabeza a los fan de la serie, pero es también una obra de animación de calidad. Pero hay que aceptarlo, si yo fuese un marciano que nunca vio Los Simpsons, la mitad de la película sería completamente inexplicable.

Me acosté en cama y me puse lo audífonos para escuchar la grabación que algún sujeto hizo de la película en Suiza o en Dinamarca y me dispuse a disfrutar de la película en calidad DivX. Ah, por cierto, ¡no se pierdan el pene que aparece en la película!

Michael Chabon presenta a El escapista

Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay constituye una de las rarezas en el mundo de la literatura, no por su historia, sino porque es complicadísimo encontrarla disponible en español. Su autor, Michael Chabon, obtuvo el Premio Pulitzer con ella y fue publicada en el 2000. Dos años después, la editorial Mondadori puso a la venta su traducción castellana y hoy en día ni siquiera en las grandes librerías del país es posible hallarla. Y no es para menos, ya que el relato de Michael Chabon, que incluso ha colaborado para el guión de Spiderman 2, está basado en la genealogía canónica del cómic. Pocos ensayos han tocado el tema o hablado de la historia de este género de forma puntual (McCloud y Eco entro los pocos), labor que perfectamente lleva a cabo Chabon al profundizar en las implicaciones culturales de la historieta ilustrada.

La trama cuenta las peripecias de dos creadores que unen sus habilidades artísticas para enfrentarse a la crueldad de la Segunda Guerra Mundial. Joe Kavalier, obsesionado con las proezas de escapismo de Haudini, logra huir de la Praga asaltada por los nazis bajo la fabulosa sombra del Gólem, imagen que lo atormentará por toda su vida. Sam Clay es un prodigioso artista fascinado con los arquetipos y un ingenioso inventor de mitos, aunque acomplejado por ser judío en plena persecución alemana. Ambos crean a El Escapista, el más extraordinario hit de cómics en la época de Oro del género. Retrata, por supuesto, a los íconos históricos de este arte: Chester Gould, Alex Raymond, Jack Kirby y al magnífico Stan Lee.

A partir de ahí, Chabon examina con minucia, desde un punto de vista que pretende ser hebreo, a la sociedad norteamericana y da entrada a la bestia del capitalismo indiscriminado, que termina por devorar en el frenesí del mercado a la creación de Kavalier y Clay. La forma de la novela, que aparenta ser una biografía anotada, cuenta además el origen de El Escapista y el significado que implica ser un judío antes de la carnicería nazi. Con ello presenciamos de manera casi cinematográfica las aventuras de El Escapista contra los altos mandos de las fuerzas hitlerianas, transportar al Gólem afuera de Praga e incluso rescatar a Salvador Dalí.

El furor de las constantes amenazas que encara El Escapista, sin embargo, comienzan a perseguir al mismo Kavalier, cuando un supervillano obseso emprenda una delirante cacería contra ambos creadores. La ficción de Chabon es imperdible, llena de trampas y referencias, de meditaciones sociológicas y culturales, todo sostenido sobre la precaria perspectiva del inmigrante judío, lo que dota a la novela de una complejidad al abortar la tradición norteamericana de elaborar narradores vernáculos. Un relato híbrido que se nos presenta bajo la forma de una biografía y que además se nos vende bajo el título de un cómic. Es sin duda un artefacto seductor por su mixtura, el cual engloba en clave sarcástica una diatriba contra el voraz mundo del mercado: tres productos en uno: oferta irresistible.

lunes, 6 de agosto de 2007

Un coreano muy enojado con un martillo amarillo: Oldboy (2003)

Un hombre con un martillo en la mano da unos pasos por el corredor que lo llevará al único hombre que puede darle una respuesta que ha buscado por quince años. Ese pasillo está inundado de hostiles y sudorosos guardaespaldas. Oh Dae-su no puede darse el lujo de sentir reserva: está dispuesto a darnos una de las mejores secuencias de acción sin cortes de toda la historia del cine y sí: lo va a hacer.

Recuerdo haber visto
Oldboy (2003) y haberme quedado muy perplejo. Quería llamarle a alguien y hablar sobre la película, pero estaba solo en Tucson. Alguien me había puesto en una casa en medio del desierto para que estudiara en una tediosa maestría y no podía salir ni tener contacto con mis seres queridos. Sentí ganas de matar a golpes al hijoputa que me había encerrado. Sentí ganas de hacerme fuerte, de hacer ejercicio y alimentar la mascota satánica de la venganza.

El genial actor coreano Choi Min-sik interpreta a Oh Dae-su, un aburrido oficinista que es misteriosamente secuestrado y puesto en una prisión especial por quince años sólo para ser liberado en medio de un mundo nuevo y lleno de preguntas. La increíble trama que se desenvuelve alrededor de Oh Dae-su y sus oscuros captores es una muestra genial de suspenso, sazonado con la impresionante actuación de Choi Min-sik, un actor preferido del director de esta película, Park Chan-wook.

Esta película le habló más a mi alma que un trueno al oído. ¿Por qué? Me aventuro a decir que porque el alma latinoamericana es dada a la venganza, pues ésta es una sustitución inmediata de la justicia, un bien no alcanzable en nuestros países. El código hispano del honor que nos legaron nuestros sifilíticos abuelos españoles no hace sino agudizar nuestra inclinación al rencor, la venganza y la retribución violenta. Tenemos eso en común con Corea y los países con un nostálgico tufo feudal como Japón, China y Corea: Imposible pedirle a un coreano la flema civilizada de un sueco o un danés ante una ofensa personal: Park Chan-wook ha hecho de la venganza el leitmotiv de sus tres más famosas películas.

La venganza se adorna con dramáticos enredos y juvenil imaginería de violencia "cool", y secuencias de pelea que efectivamente salvan a esta película de ser un drama psicológico que no me molestaría en ver.

En Oldboy es difícil saber quién es el personaje que busca la venganza, Park se burla de las simpatías del espectador. Deliberadamente nos hace sentir las emociones más encontradas por los personajes más abyectos; lo valioso es que no logra esto con la sobadísima táctica de usar un antihéroe: lo hace con la compleja jugada de cambiar la importancia del personaje principal: en
Sympathy for Mr. Vengeance (2002) nos hace la misma trampa; las películas de Park no son para verlas en el estado de suspensión de intelecto con el que uno entra al cine a ver los éxitos de taquilla del verano.

Es difícil imaginarme Oldboy en aislamiento ahora que he visto la completa "trilogía de la venganza" de Park Chan-wook.
Sympathy for Lady Vengeance (2005) es, a mi ver, la más estéticamente lograda, aunque inferior en complejidad y en trama a Oldboy. Como sea, si usted vive en una ciudad pequeña y campestre como desde la que escribo esta reseña vaya olvidándose de ver estas piezas de arte fílmico en sus cines o en sus tiendas de vídeo. Al menos tenemos formas ilegales de verlas en línea. Suerte con eso.

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