domingo, 9 de diciembre de 2007

Silencio místico

A la hora de revisar las contribuciones filosóficas del siglo XX, nos topamos con una de las figuras más oscuras y marginales del pensamiento occidental. Los libros de Ludwig Wittgenstein han representado un verdadero reto y trauma para los que hemos pretendido siquiera entender uno de sus numerosos argumentos. Esto se debe a que Wittgenstein procedía de una manera muy particular a la hora de abordar los problemas fundamentales de la filosofía, en una época donde predominaba la bibliografía del empirismo lógico y la enorme influencia del maestro Bertrand Russell se expandía a velocidad luz.

Wittgenstein nunca vio a la filosofía como una labor profesional, a diferencia de sus colegas británicos. La vocación filosófica fue para él una pasión devastadora, una forma de vida, una ley de estirpe espiritual. En sus escritos salta a la vista una perspectiva moral que se inmiscuye hasta en sus mecanismos lógicos más infalibles. El vienés pensó que el verdadero problema que corroía el quehacer del pensador se encontraba en las Academias de Filosofía. Ahí, según Wittgenstein, se jugaba con el sentido de las palabras, se hacía una parodia triste de la profundidad implícita en el lenguaje humano. Para él, ahondar en las complejidades de las ideas y en sus proposiciones formaba parte de un orden moral, que se había corrompido por obra de los filósofos triviales.

Wittgenstein pensaba que era una tendencia natural permanecer en la superficie de los eventos y que, por lo tanto, se requería de una enorme fuerza de voluntad para poder ir al fondo de las cosas. Claro: su postura era coherente con la ética kantiana, en el sentido de que el triunfo del bien moral sobre la inclinación natural hacía más difícil dicha búsqueda epistemológica, pero más satisfactoria y perfectible.

Una obstinada miopía impidió que por mucho tiempo la obra de Wittgenstein permaneciera inaccesible. Hoy en día no es muy distinto: pocos se atreven a nadar en los mares de su Tractatus Logico-Philosophicus (1921) y otros muchos desconocen los escritos del vienés. La impenetrabilidad de su obra se debe a diversos factores: está construida bajo las leyes de la lógica más severa, en una numeración decimal y escrita en aforismos. Añadido a ello, su modelo formula la correspondencia ideal entre el pensamiento y el mundo, el lenguaje y la realidad, hipótesis que lleva hasta sus últimas consecuencias.

Se notará de inmediato que el estilo de Wittgenstein nunca fue el del ensayo filosófico o científico, tan en boga en el “Círculo de Viena”, grupo del cual formaba parte. Difería de sus colegas en la forma de encarar los problemas. Por ejemplo: la numeración decimal de sus proposiciones sugiere una inquietante precisión matemática. Las proposiciones de la obra son casi siempre apodícticas y no dejan margen de error. No obstante esta frialdad de término, a veces me represento la estructura del Tractatus como una muralla en donde alguien ha pegado con alfileres frases e indicaciones sueltas; con lo cual, pienso, Wittgensttein trató de darle una faz irónica a su trabajo.

Curiosa e igualmente apasionante me resulta aquella proposición que busca destruir el concepto del “Yo”. Según Wittgenstein, las proposiciones o las ideas sólo tienen relevancia lógica si pueden enunciarse desde la no subjetividad. Esto quiere decir que en el ámbito de la lógica no es esencial lo que tiene significado. Sus argumentos se dirigen a demostrar que la lógica es autónoma, pues es la forma general de las proposiciones. Para el vienés, la lógica expresa la esencia de toda descripción y, como tal, la esencia del mundo. Es así que ésta adquiere un estatus de valor absoluto, pues es la única vía para la objetividad misma.

A través de estas argumentaciones, Wittgenstein llegó a una de los conceptos claves de sus posteriores Investigaciones filosóficas (1959): no existe un sujeto que se encuentre por encima de la lógica y, consecuentemente, un sujeto que pueda pensar ilógicamente. Así, el sujeto empírico, para el vienés, no es el autor de la filosofía, porque ésta no puede explicarse psicológicamente. Lo que llamamos filosofía no tiene un objeto preciso, por lo tanto no existe un sujeto filosófico. Ella sólo delimita lo pensable y lo impensable, lo que se puede decir y lo que no.

Wittgenstein da un giro enorme en el desarrollo de su materia y sus ideas van adquiriendo un matiz propio del pensamiento budista. Wittgenstein afirma que el lenguaje y la lógica, por un lado, y el mundo por el otro, son una unidad. Ambas partes, fundidas, están contenidas en la certeza de que no podemos ir más allá de estas determinaciones. Es imposible pensar ilógicamente el mundo porque hasta lo ilógico posee su coherencia, su orden racionalizable. El mundo, el lenguaje y la lógica nunca podrán ser contempladas desde afuera. Nos encontramos atrapados en su esfera. A la inversa o, mejor dicho, paralelamente, la unidad del yo y el mundo es también inevitable, pero no podemos demostrarla. Wittgenstein ensaya aquí un salto mortal: el solipsismo, que encierra al yo y al mundo. El mundo es sólo mi mundo.

“5.62. En realidad, lo que el solipsismo significa es totalmente correcto; sólo que no puede decirse, sino mostrarse.
Que el mundo es mi mundo, se muestra en que los límites del lenguaje (el lenguaje que yo solo entiendo) significan los límites de mi mundo.
El mundo y la vida son una sola cosa.
Yo soy mi mundo (el microcosmos).
El sujeto pensante, representante, no existe”.

Al final, Wittgenstein sugiere la temeraria actitud de que, una vez que hayamos subido por la escalera de lo decible, y hayamos comprendido la relación entre mundo y lenguaje, hay que tirar la escalera y no volver. De lo que no se puede hablar es mejor no decir nada. Para el vienés, es un acto de sabiduría, un golpe de iluminación, una victoria moral sobre la tendencia natural de decir las cosas, el permanecer en el silencio místico.

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