sábado, 15 de diciembre de 2007

Miseria de la política

Es un lugar común decir que el oficio de la política es el más desvirtuado de todos. En efecto, lo es. Nuestro escepticismo ante los políticos ha llegado a ser tan nato y radical como la ceguera fanática que, normalmente, supone abrazar tal o cual bandera partidista. La mesura no es una virtud mexicana. No tiene cabida en nuestra idiosincrasia e imaginario nacional. Vamos de la exaltación en la elección presidencial al desgarre de la cruda sexenal.

No es extraño, pues, la ausencia de un proyecto serio y viable de lo que, en materia de orden público, queremos y podemos ser y tener. Aspiramos a la democracia y al bienestar social por decreto presidencial, como en los tiempos de José López Portillo; o improvisamos la crítica y la conciencia social en los sectarismos demagógicos muy al estilo perredista. Asimismo, no es extraño tampoco que la política per se nos parezca degradada, y que los políticos, por ley humana natural, se degraden solos en el poder.

Acaso intentando salvar lo insalvable, hacer política es una cosa, gobernar es otra. Gobernar es, mal o bien, hacer cumplir las leyes, ejecutarlas. (“Hacer creer” según Nicolás Maquiavelo, ese perverso estadista florentino y universal). Hacer política es interpretar las leyes con objetivos meramente ideológicos, ir en bola para asaltar el Congreso Nacional como única autoridad moral y legal. Tal es nuestra pobreza cultural. En este caso, las vías políticas a la solución de problemas nacionales no son, para nuestra vergüenza, las más civilizadas o menos peores, sino las más largas, absurdas e irresponsables.

La política se hace. Aun más: la política se dice. Genera discursos y declaraciones de prensa. Apela a los formulismos clásicos de “pueblo” y “soberanía”. Hace y dice aquí o allá. Su fin es su principio: la conservación misma. Todo y nada: su visión es parcialmente apocalíptica y absolutamente maniquea. Culpa a los otros, los de enfrente, los contrarios. Si la verdad es, por naturaleza, excluyente; el diálogo y la razón, por naturaleza, son incluyentes. Pero hemos preferido la estrechez de criterio.

Ante este mezquino escenario, la clase política figura, por lo tanto, como una especie en vías de autoextinción, pues el mundo no soporta más bloques ideológicos ni polarizaciones de partido. Gracias a Dios. Aún pesa en la memoria europea el triste peso del nazismo, el fascismo y el socialismo totalitario, así como en nuestros lomos las dictaduras de izquierda y derecha latinoamericanas. Un mundo en ruinas, el cual se nos ha legado.

Más allá de referir su función pública, en México el vocablo del oficio más desvirtuado de todos despierta connotaciones más vivenciales y concretas. El político es el más altisonante y rimbombante. Ser político es ser “labioso”, diplomático (en el sentido más negativo del término), y nunca decirlo. Es saber gesticular y siempre decir lo mismo en la trinchera. Su lenguaje es el de una pirotecnia verbal: atolondra a su interlocutor, apacigua suspicacias de su audiencia y escupe a sus enemigos.

Quizá en el aspecto práctico sea difícil discernir entre hacer política y gobernar. Los conceptos y las realidades rara vez coinciden. Quizá sea más fácil, para nosotros, víctimas y cómplices de la política, apenas si asimilar los vicios y costumbres de ésta, postergando así la toma de conciencia que transforme nuestra cultura populachera y mediocre en algo más, y que ellos, sólo ellos, los políticos, sigan siendo los mismos pobres gandallas.

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