domingo, 25 de noviembre de 2007

Tercer Mundo

El Tercer Mundo es, como sugirió el poeta mexicano Octavio Paz, más bien Otro Mundo. En términos más sencillos, el Tercer Mundo no es sino una forma elegante, eufemística, de "países pobres". Con un fin igualmente discursivo, la ONU acuñó los términos "países en vías de desarrollo" y "países desarrollados" para hacer notar lo obvio: las desigualdades entre los países no industrializados y los que sí han alcanzado tal gracia mundana y mundial, hija del progreso, engendrado, a su vez, por la ciencia, la técnica.
Este Otro Mundo, fuente del nacionalismo tercermundista, ha inspirado la célebre novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. El Otro Mundo es el Macondo glocalizado (global-local) de la América Latina: Hermosillo, Sucre, Managua. Ante la pobreza material, la diversa y rica gama de posibilidades culturales y espirituales. Tal es la lógica del nacionalismo. Es el romanticismo social y político. Es el Otro Mundo vanamente hinchado por Bolívar y los caudillos históricos, algunos de los cuales se han visto reencarnar en un Chávez y en un López Obrador. Ni hablar del triste Fidel Castro. Un romanticismo que se yergue contra el otro: el extranjero, el no mexicano, el no latinoamericano. Es la pugna de lo cerrado y lo abierto. Quien se abre, se raja. Quien se cierra, aguanta y esquiva los embates del enemigo imaginario creado por la lucha ideológica. Es una guerra mítica.
En el fondo, sin más implicaciones trascendentales, el fin de nosotros, los unos, los nacionales, los mexicanos, los latinoamericanos, es el mismo que el de los otros: la paz, la estabilidad, el desarrollo. Si la historia de las desigualdades materiales inicia cuando un primer hombre dijo: "esto es mío", la historia de la igualdad de oportunidades para los menos agraciados por la industria está aún por escribirse.
Lo peor de todo, y lo de siempre, es la polarización -como bueno-malo, frío-caliente-, palabra común en nuestro lenguaje contemporáneo que refiere la necedad de las líneas ideológicas y de partidos (so pretexto de principios) en detrimento de una búsqueda real y patente de la verdad sin adjetivos: las acciones responsables a largo plazo, más allá de la preocupación por ser gobierno llevando agua a su molino. De alguna manera subrepticia, los términos acuñados por la ONU intentan romper con el viciado binomio de ricos vs. pobres, la disputa de los polos cerrado y abierto, los globalifóbicos y los globalifílicos. ¿Es así, en realidad, el mundo?...
Sólo los acuerdos y las negociaciones pondrían fin a la caótica disputa por el poder. Pondrían fin a los malos juegos de las instituciones gobernantes y a los chantajes divisionistas de los que aspiran al poder. Un nuevo entendimiento de la realidad franquearía el término ricos-pobres para un acuerdo que haga posible una redistribución de oportunidades y roles en el marco de la riqueza de los países.
Nosotros, quienes llegamos tarde a la modernidad y al progreso, nacidos en el autoritarismo, podemos aprender de los baluartes de las democracias occidentales, no a cerrarnos ni a abrirnos, sino la práctica del ejercicio de la autocrítica y la reflexión productiva, que vaya más allá de un profundo resentimiento sublimado en la novela de un premio Nobel de Literatura colombiano y hacer, sin polarización, de nuestro Tercer Mundo un verdadero Otro Mundo

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