sábado, 3 de noviembre de 2007

El centro (in) móvil

Cierta vez alguien afirmó que en México los estados del norte trabajan, los del centro piensan y los del sur cantan. Esquema tan pintoresco como injusto para todos. Se presta, incluso, a una caricatura producto del regionalismo extremo. Lo cierto –queriendo ser más mesurados- es que, acaso en el fondo de quienes quedamos apenas esbozados en tal afirmación, cedimos a darle total razón. No menos verdadero es, por otro lado, el determinismo regional, o cierta tentativa de las comunidades por definir su identidad cultural a partir de su espacio geográfico y desarrollo económico. O viceversa.
Quienes vivimos en el norte hemos vivido la lejanía del llamado México profundo significado por el centro y el sur. Nuestra distancia puede colindar –en términos de algunos apóstoles de la cultura- con el estigma: es el norte empresario y capitalista, atolondrado y de origen chichimeca, inculto y semibárbaro. Es el norte “norteado”. Asimismo, la caricatura sigue en el espectro del folklórico sur. Éste tiene una suerte de artesanía: colorido y mimetizado con el paisaje que, sin duda, sufre los estragos de la pobreza. Y, como un privilegio de los antiguos dioses, las condiciones históricas y circunstancias políticas, el centro (o mejor dicho, el DF) se cuece aparte. Parece que ha sobrevivido aún en nuestro tiempo cierto culto a la metrópolis azteca muy propio de las antiguas sociedades teocráticas. La devoción consiste en que los provincianos le rinden tributo y/o impuesto a aquélla.
Centralismo administrativo o arcaísmo cultural, cabe hacer lecturas en ese sentido. La vida nacional se rige por una agenda debatida entre federación y localidad (estatal y municipal) cuyo último respingo fue la iniciativa de reforma del Artículo 122 referido a la educación pública del DF. El tema, al igual que todo en nuestros "debates de ideas", se polarizó: capitalinos vs. provincianos.
Con no poco grado de verdad, se percibe a los funcionarios del DF como santones mantenidos por el Estado. Una casta pensante, crítica, proveniente de algunos sectores académicos, ligada al progresismo socialista. Sintomático es que el gobierno capitalino pertenezca a un partido generalmente afiliado a una política de izquierda. Sea lo que signifique esto último, lo revelador es que la lógica presente es la de una pugna estéril cuyas raíces tengan más realidad en la cultura que en el aspecto puramente político. Más en la historia como proceso y menos en la política como proyecto.
La ilusión de la unidad nacional como visión extática de los candidatos en campaña y estadistas puede (¿debe?) esperar. México es una invención moderna, mas una diversa invención inacabada e inacabable. Con vasta inexactitud, norte, centro y sur encarnan apenas viñetas de nuestra compleja condición histórica. Norte y sur –con sus debidas diferencias abismales económicas- connotan la figura del “buen salvaje”. En los términos de la civilización culta, no es suficiente el progreso material ni la riqueza ecológica. El centro (en fin ombligo del mundo, siguiendo a la cosmovisión teocrática y religiosa) evidencia nuestras carencias. Curiosa manera de entender la historia. O más bien, de ignorarla.
Los derroteros de la posmodernidad apenas si nos salvan con la idea de la aldea global. Parece que, para tener conciencia universal, quienes vivimos fuera del centro debemos acceder a esta novedad material y conceptual acuñada por el capitalismo. Quizá sólo así seríamos contemporáneos.

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