domingo, 7 de octubre de 2007

Todos conocemos a alguien así

I

Tengo un amigo que lleva una vida agitada por voluntad; podría ser un raro espécimen. Toda la mañana trabaja en una oscura oficina de gobierno, donde desayuna y come. Por las tardes se da tiempo para asistir a clases de yoga, a un curso de alemán y al gimnasio. Al final del día cena viendo una película de su vasta colección, casi siempre Matrix. Entre una tarea y otra se da al oficio de responder a los mensajes recibidos a su celular y a veces interrumpe sus cursos para atender llamadas; también es adicto a su iPod. A pesar de su apariencia vacua, está convencido de que el mundo es víctima de una conspiración para que no se sepa que es producto de un tiránico sueño colectivo.


II

En virtud de ello mi amigo se percibe como una especie de filósofo. Se ha suscrito a una página de Internet donde le mandan una frase diaria. No importa que de un día a otro se contradiga, qué más da si ayer citó a Maquiavelo y hoy cita a Tagore. Nos enteramos de su filiación a través del servicio de Messenger, ya que a diario y por varias veces al día cambia su nickname, en un afán de ser maduro e inteligente. Sabe que no es el único en el mundo que posee epistemologías provisionales o, más sencillo, que desecha como papel higiénico ideas y conceptos. Como la gran mayoría, engulle referencias como si se tratara de un gran McDonalds de tradiciones del saber.


III

Cuando hay problemas en la señal de su servicio de televisión por satélite le dan ganas de hacerse revolucionario. Se indigna por la falta de ética de las corporaciones y los precios elevados que hay que pagar por sus servicios. Aparte, le molesta la complicidad que se adivina entre gobierno y empresarios. Intuye, sin ser preclaro, que el mundo ha dispuesto todas sus estrategias en su contra, presionándolo hacia un reducto. Recuerda una frase que le da valor: “El gobierno debería tener miedo del pueblo”. No es de Marx ni de Horkheimer, como bien podría cuadrar. Es de la película V for Vendetta. Al otro día, ecuánime y fresco en la oficina de gobierno donde trabaja, cambia su nickname por la frase del enmascarado de Guy Fawkes. Y aunque el servicio de televisión se restableció en poco tiempo, le ha declarado la guerra al mundo desde su chat personalizado. Es todo lo más que ha podido hacer por su ideología.


IV

Al otro día mi amigo llega al centro de Edimburgo alterado, a buscarme a mi departamento. Parece que tiene malas noticias. No llora, por lo que no ha muerto nadie. Pero está al borde de un ataque de histeria, por lo que intuyo que lo despidieron o tiene deudas. Me explica que no encuentra su teléfono celular desde que salió del gimnasio. Aprieta su iPod, como aferrándose al último bastión espiritual de su vida. Me hace un listado detallado de los aditamentos que contiene su teléfono: cámara de 4.0 megapíxeles, memoria de 128 MB y expandible a un 1 GB, navegador de Internet, entre otras que no logro entender. Me dice que ahí guarda información sobre las personas que conoce y agenda eventos. “Es como haber perdido un pedazo del cerebro”, me ejemplifica. “Es mi Matrix”, dice angustiado, como si le fueran a cortar las piernas.


V


Después me entero que el celular estaba en su oficina. No le había pasado nada y lo encontró en donde lo había dejado. Su nickname lo delató: “Soy feliz, estoy de vuelta”. Alude, quiero pensar, a que estuvo desconectado del mundo por algunas horas, como su servicio de televisión. Su pequeña depresión se ha arreglado. Después de aquella tribulación, me ha dicho que va a escribir su autobiografía, porque cree que su vida es bastante interesante como para ser leída. Más aún: usará Internet para divulgarla. La subirá a un blog que pretende abrir. Al parecer su "filosofía" matrix no le ha servido en mucho para despertar del fenómeno onírico en que se ha convertido su identidad.


VI


Los hombres de la Edad Media sabían perfectamente que sus identidades dependían de las exégesis oficiales de la Biblia. Las personas del Renacimiento comprendían que en cierta medida los guiaba una voluntad individual que los humanizaba. Los pensadores del Siglo de las Luces tenían en claro que los individuos sociales se definían por su capacidad racional. Los sujetos de inicios de siglo XX se veían como agentes históricos que evolucionan o superan estadios desfavorables. Nuestros contemporáneos viven en un vacío enlatado, en la indiferencia, de tal forma que todo es asimilable en un gran “fiasco ecléctico”. Construimos un dramático reality show personal, cuya audiencia somos nosotros mismos y que a nadie interesa mirar, aunque nos esforcemos en la propaganda de nuestras existencias aburridas.


VII

La identidad parte de fragmentos pegados expresamente y desmontados a nuestro antojo, como si fuera un menú o el escritorio personalizado de Windows. Son las conocidas filosofías psi: creer en un karma al estilo My Name is Earl o concebir la amistad como formar parte de un grupo de chicos populares y bromistas al tono de Friends. Creer que con un nickname en el Messenger se ha sido original o trasgresor. En este equilibrio precario en donde sostenemos las epistemologías provisionales nos es dable conceptuar la realidad como una creación de una Matrix, a pesar de que lloremos angustiados cuando la televisión falla o los celulares se extravían, comprobando con ello que ver el mundo como una película es una pretensión risible que se queda en la intrascendencia de las modas.



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