miércoles, 17 de octubre de 2007

Miradas oblicuas

Los pueblos (y también los individuos) creemos tener un concepto y una imagen unificada de sí mismos y frente al mundo. La llamada identidad nacional, por ejemplo, es una construcción que, sea para bien o para mal, ha cohesionado o intentado unir las diversas fuerzas sociales, étnicas y, sobre todo, culturales de la basta geografía de nuestro país. Sin embargo, en estos tiempos de mercado, de oferta y demanda, de descrédito del poder, los discursos que predican la unidad en la patria simbólica y en una serie de iconos o estereotipos nacionales, están condenados al fracaso.
La revista Wow (vol. 14, enero-febrero 2004) publicó hace tres años los resultados de una encuesta realizada en Shangai, China, en la cual se explora la visión que tienen los habitantes del lejano país acerca de México. Treinta ciudadanos chinos (de entre 20 y 25 años de edad, entre estudiantes, maestros, banqueros, obreros, médicos y policías) respondieron a preguntas como: “¿Qué le viene a la mente cuando escucha el nombre de México?”, “¿Qué impresión tiene de México?”, ¿”Le gustan los productos mexicanos?”, “¿podría mencionar algunos ejemplos?”, “¿Cómo son los mexicanos?”
Las respuestas van de lo insólito a lo cómico, representando así una serie de miradas mediatizadas por las invenciones políticas, demagógicas, mercadológicas, o sencillamente por el azar como producto de la lógica arbitraria de la historia.
El cien por ciento de los treinta encuestados afirmó haber oído hablar de México. Un hecho sorprendente en un país de 1.29 millones de habitantes, aunque no del todo imposible considerando nuestra cercanía con EU, al grado extremo de que alguien contestó: “Pensé que era un estado norteamericano”, “es el país menos desarrollado de Norteamérica”, “es un hermanito de EU.”
Ante el proyecto que artificial e ilusamente pretende unificar la imagen del rostro nacional ante nosotros mismos y los demás, hay chinos que acerca de México perciben “Sombreros de paja y cactus” o “los cactus comestibles, es un país alegre en el desierto.” Y en un acto de sorpresa, algunos otros opinan: “Sus habitantes tienen vidas fáciles, felices y placenteras”, “es un sitio turístico de moda, con misteriosos lugares incas, murales y Maqubicu” (Machu Picchu, Perú) y “el futbol es bueno, pero sus habitantes no parecen ser muy altos”.
Por una parte, el concepto e imagen que el otro, es decir, el extranjero, tiene sobre uno, el nacional, es a veces una proyección indirecta de lo que, como pueblo, hemos consciente o inconscientemente sembrado a lo largo de historia. Por otra parte, tal concepto e imagen resulta también de la casualidad en la que, de manera inevitable, las identidades nacionales se envuelven en estos tiempos de comunicaciones y contactos de distintos tipos.
Así pues, que un ciudadano chino piense que México es una isla o cuna de ruinas incaicas, representa, por supuesto, una franca ignorancia; pero es, asimismo, parte del fenómeno caótico de información, abigarramiento y confusión, en el que actualmente nos vemos envueltos los ciudadanos del orbe. Que la imagen de México haya sido históricamente el charro, Cantinflas, Pedro Infante, María Félix, es, en ese sentido, un icono incierto y parcial, aunque capaz de funcionar en la formación de una idiosincrasia.
En el caso de China, tales miradas no coinciden a veces con estos iconos, pues aquéllas se desvían de la identidad unificada supuesta por el proyecto nacionalista mexicano. La historia, el mercado, el azar, nos proveerá de nuevos iconos "propios" y actuales.

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