domingo, 21 de octubre de 2007

La incomodidad de 300

No sé desde cuándo la crítica cinematográfica se ha venido desvirtuando. Ya se ha vuelto común que los supuestos especialistas en el séptimo arte usen lo que ven en la sala del cine para validar sus prejuicios. Umberto Eco ha definido bien esta tendencia y se conoce como sobreinterpretación. Se utilizan elementos de cualquier expresión artística para comprobar una teoría o una creencia personal sin necesidad de estudiar a fondo lo que se está interpretando. Se trata de un efugio que ya es costumbre en los críticos. Es lo que le pasó a Apocalypto y lo que le sucedió a la más reciente adaptación del cómic de Frank Miller, 300.
Se ha tratado de explicar que la función de la película es la de realizar una propaganda belicista. Críticas como la de Nazanín Amirian ponen de relieve que el film legitima la encarnizada campaña de Bush en contra de Irak e Irán. De hecho, la misma embajada iraní en España envió en su momento un comunicado para protestar en contra de la proyección de 300. Baste decir que la novela gráfica de Frank Miller ya existía desde 1998. Como bien ha explicado Gilles Lipovetsky, nuestra sociedad se ha vuelto sensible y pudorosa hasta la médula. Hay que ser políticamente correcto, aunque se sacrifique el tránsito de la libre expresión.
La película y el cómic se basan en los escritos de Herodoto, lo que constituye una visión de la historia que discrepa con el historicismo actual. Para los griegos, la historia estaba más cercana al relato mítico que a la explicación científica de estirpe cartesiana. Que si la película incurre en imprecisiones, como que eran más de 300 espartanos y que los persas eran mucho menos de un millón, es un hecho que no es pertinente en una ficción basada en un hecho histórico que ha pasado por el tamiz de lo legendario. Por si fuera poco, la película adapta una creación de Frank Miller y ésta toma datos de Herodoto, aunque hoy en día la batalla de las Termópilas es vista incluso como algo más cercano a lo mítico que a lo histórico. En este sentido, la película ni siquiera aspira a ser un documento fiel, puesto que, comprendan bien, es una ficción.
Ya entendido esto, sabemos que cualquier expresión artística proyecta valores e interpretaciones específicas. En la película no vi a ningún soldado norteamericano o incluso jamás aparece un espartano defendiendo la bandera de Estados Unidos. Es por ello que es descabellado utilizar un suceso estético particular para ostentar razonamientos que no están orientadas en el film de 300. No existe ninguna pauta que me indique que se trata de un panfleto pro yanqui. Los críticos se han justificado aludiendo que 300 habla de la guerra de forma “positiva” y piensan que ello es suficiente para llevar a cabo tales silogismos arbitrarios. Críticos, espectadores: se trata de la batalla de las Termópilas, no de la guerra del Golfo Pérsico. Es sabido que el código espartano era estricto e infalible, y que el alto honor de un soldado era alcanzar la heroicidad eterna a través del recuerdo de sus hazañas o de una “muerte hermosa”, que por cierto explica uno de los espartanos. El discurso de la película y el cómic es coherente hasta la médula, hasta lo enfermizo. En virtud de tal propiedad, se ha tergiversado moralmente este punto y se ha diagnosticado nuestra decadencia y nuestra insaciable sed de sangre y violencia. No lo creo tan mecánico: los espartanos vivían para la guerra; nosotros, para consumir las épicas sanguinarias que produce Hollywood, ambas cosas totalmente distintas. Si a la gente le encantara el festín guerrero, saldrían de las salas de cine a matarse a espadazos. El crítico, exagerado, también tiende a ignorar la sapiencia de los espectadores y los trata de embaucar, aunque ellos son más preclaros que esos inflados intelectuales paranoides.
El sopor y la casi idiotez de una parte de la crítica llega a las dimensiones de un pudor dramatizado, hipócrita y de una asepsia psicópata. Quienes son responsables de la guerra en Medio Oriente son los altos mandos de Estados Unidos y un puñado de terroristas, no una película. Sencillo sería retirar toda la expresión épica de la cultura, desde la Ilíada hasta Ben-Hur, para detener las matanzas actuales. Las películas y el arte en general no tienen la misión de aliviarnos de nuestras propias irresponsabilidades; ellas nomás rinden cuenta a la tradición estética. Tampoco es honesto utilizarlas para comprobar nuestras visiones particulares o verter en ellas nuestras frustraciones. Tengan para ustedes que su servidor es un reacio crítico de la guerra y la violencia. Pero no por ello voy a ver a Bush con capa espartana matando a persas que forzadamente para algunos representan a los ciudadanos de Irán. Es como si los centroamericanos se sintieran (hubo algunos) amenazados por la película Apocalypto. Ni los habitantes iraníes son aquellos guerreros de un hecho estético, ni los centroamericanos son los mayas de una expresión cinematográfica.
Es verdad que 300 está vista desde los ojos de un espartano. Pero el narrador es tuerto, quizá implicando la parcialidad del relato. Poco notado además han sido las secuencias de las batallas, verdaderamente innovadoras. Por ejemplo, cuando la cámara se instala sobre el hombro de un espartano e imita a un videojuego de nueva generación, o cuando la cámara se aleja y se acerca a distintas velocidades enfocando la trayectoria de las armas. O la sutil capa nebular que da el ambiente y textura de las páginas de un cómic. O la actuación de Gerard Butler, mimetizado con la mentalidad del complicado Leónidas.
Ignorar los elementos propios del film es subestimar la inteligencia del espectador. Cada cual sabe que se enfrenta a una cinta, no a un decreto de principios hostiles de Norteamérica. De lo contrario, corre el insignificante riesgo de pensar que está siendo objeto de una conspiración para que apoye la guerra al otro lado del mundo. Si los críticos persisten en sus obsesiones ideológicas, prácticamente cualquier tema terminará siendo prohibido. Deberán entender que un film no tiene ninguna obligación de arreglar lo que otros han transgredido. Cuando en una película aparezca un Chaplin vestido de George Bush y nos invite a considerar los beneficios de la guerra norteamericana estaremos ante el evento ideológico que tanto anhelan esos sofistas. Por el momento los invito ver la película y atestiguar el heroísmo espartano, que peleaban con espadas y escudos, hombre a hombre, comandados por su rey en el mismo campo de batalla, dispuesto a morir por ellos. No como hoy: con flechas teledirigidas, rifles de alto poder, tanques y morteros, mientras los presidentes se esconden y apoltronan en sus grandes mansiones o en la arenga de la diplomacia inepta elevada desde los pulcros asientos de la ONU.

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