sábado, 29 de septiembre de 2007

La felación perpetua

En la pasada entrega, me propuse deslindar el filme La vida de los otros (2006) de mi impresión general sobre el cine europeo. Mi escepticismo se vio matizado gracias a esta película capaz de entretener, conmover, pero, sobre todo, narrar y recrear toda una atmósfera histórica sin caer en la trampa del realismo ramplón. Amén de lo visceral, hoy quiero dejar manifiesto mi aversión hacia una vertiente del cine mexicano, con la ligera sospecha de que no habrá posibilidades de matizar mi discurso.
Batalla en el cielo (2005) de Carlos Reygadas (quien también dirigió Japón en 2002) se erige como alternativa y sólo llega a convertirse en síntoma. ¿De qué? De una falta –supongo que ya alguien lo habrá dicho— en el orden de lo moral y lo estético: la pretensión. Afirmar esto respecto a obras ampulosas y fallidas es, cierto, un lugar común. Pero tal recurrencia verbal no le resta veracidad al caso.
Ante la ausencia de industria, es decir, recursos, infraestructura y todo aquello que rige las condiciones objetivas de producción que, a largo plazo, posibilitarían mercado y público diverso, Reygadas (como quien se aleja de la realidad para volver a ella y redimirla) se regodea en el afán de expresión personal y, puesto que el raudal a tanto alcanza, pretende reflejar la situación nacional. Al parecer, el “alma nacional” cinematográfica no quedó olvidada en las películas de Emilio, el Indio Fernández. Tampoco está archivada en los reportes oficiales del subsidiado cine setentero, que improvisaba –con fondos de los poquísimos contribuyentes y las múltiples empresas estatales— una versión mexicanizada del marxismo o del existencialismo, muy en la tradición cubana de Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea.
El tópico nacional se reformula y vuelve siempre como señuelo. Cada vez que un director mexicano (léase Francisco Vargas con El violín) procura impresionar franceses en Cannes, habrá de recurrir a la sufrida y profunda mexicanidad, esa entelequia manipulable en la que casi todo cabe. Así, Carlos Reygadas adereza la tácita lucha de clases, por una parte, con cierto simbolismo o la falacia estereotípica; y por otra parte, con una estética de la fealdad que entiende al sexo como artilugio provocador. “Hay tensión social, étnica, religiosa, económica, existencial...”, declaró el director a El país (14, 10, 2005), autocomplaciéndose.
La apuesta de Batalla en el cielo es la de una historia desdibujada en una serie de pasajes e imágenes que lo mismo responden al folklore de una peregrinación católica que a la experimentación de desnudos en primer plano. Asimismo, Carlos Reygadas parte de la premisa de que usar a gente común, no actores profesionales, provoca un mayor efecto de realidad en el espectador. Prescinde de actores en aras de la verosimilitud y, por otra parte, nos presenta a Ana, una joven rica que se prostituye, envuelta en una ambigua relación sentimental con Marcos, el chofer de su familia.
En la primera escena asistimos a una toma explícita de sexo oral. La última, fiel a la inciativa transgresora de la primera, redunda en lo mismo. En el transcurso, nos enteramos que el encuentro sexual entre Ana y Marcos, alcanza connotaciones de confidencia. Éste, en complicidad con su esposa, ha secuestrado a un bebé, que muere. La culpa lleva a Marcos a un estado de penitencia.
Si la sola trama resulta prometedora, su realización no cumple con su cometido, pues el argumento se ve diluido por el tono afectado de un guión desigual e insólito. Con pretensiones miméticas y poéticas a la vez, los personajes se enfrascan en un temple dispuesto por su condición social, lo que no obsta para que, de repente salgan de su insipidez. “La cagaste, pendejo” le dice la esposa de Marcos, cuando éste le confiesa, sin tapujos, que se ha acostado con la hija del jefe. Y siguen abrazados en la misma cama.
La profundidad y el laconismo sólo se conjuntan cuando le precede una suerte de genial sutileza. De no ser así, se corre el riesgo de obtener el acartonamiento, la pose, la trampa de un realismo meramente provocador que, más allá de retratar o recrear estéticamente una "realidad", sólo consigue asustar a las buenas conciencias con groserías y mamadas.

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